miércoles, 16 de julio de 2014

La amenaza del otro


La amenaza del otro
El niño cielo

Sonó el timbre a eso de las 9:15.
—Soy el del currículum.
—¿Cómo?
—Eh… ¿Es ahí donde están haciendo la obra? Es que hablé ayer por el interfono con el jefe y me dijo que podía traer el currículum aquí.
—Ah. Pues sube.
Abrí la puerta. Vi cómo bajaba el ascensor lleno de sueños y lucecitas. Oí cómo se abrían las puertas allí abajo. El hombre dio un paso para entrar en él y no pudo dejar de respirar el olor a obra. Sus ojos miraban el suelo sucio de polvo, con la madera y los cartones que tantas veces había colocado otrora. Sentía como si entrara él de verdad, como cada mañana, en la casa de un extraño en donde picar y picar hasta quedarse sordo. Pensaba que esa era otra oportunidad que Dios le daba, y le pedía que se hiciera realidad, cerrando los ojos y apretando el botón número 2. Su pecho se hinchó para soltar la última expiración, como el que va a un combate, a un torneo, a una plaza, a un campeonato en el que se lo juega todo. ¿Me va a preguntar? ¿Le explico yo antes de que me diga… «Ya te diré algo»? Al pronunciar esas palabras en su cabeza le dio un golpe de ansiedad. Soltó aire. El ascensor subía. Yo estoy dispuesto a todo, pensaba, se automotivaba.
El ascensor llegó a mi planta. Se abrieron las puertas. No le había visto nunca.
—¡Hola!
Mientras sonreía me ofrecía su currículum desnudo, en una sencilla hoja, mirándome a los ojos. Lo cogí.
—Vale, se lo doy a José en cuanto lo vea.
Apenas un segundo y su rostro mudó levemente, se entristeció; pero era una tristeza tímida, retraída, casi imperceptible. Él no imaginaba que yo sí la había captado. Tragó saliva. Me había entregado su tesoro y ¿quién era yo? ¿A quién le acababa de entregar su oportunidad? El otro, el jefe, le dijo que lo trajera aquí, pero no era yo.
—¿No está el jefe?
Ya sabía que no, yo se lo acababa de decir. Realmente quería preguntar «¿Está el jefe? ¿Puedo dárselo yo?».
—No, él no está. Yo soy el dueño del piso. Él está haciendo la obra aquí. Pero yo se lo doy en cuanto llegue. No te preocupes.
Cómo no se iba a preocupar. Yo soy un desconocido. Otro. Y me había dado su tesoro.
—Pero él me dijo que lo trajera aquí…
Era inseguridad. Creo que quería decir «¿Puedo esperarme hasta que venga?».
—Sí, es que José vive aquí, o sea, arriba, en el tercero. Supongo que sabría que se lo daríamos. Él habrá salido pero baja de vez en cuando a ver cómo va este jaleo. Tú no te preocupes que yo se lo doy.
En ese momento se asomó el albañil de mi obra a coger unas herramientas. Había escuchado la conversación; estaba trabajando en la pared contigua. Era como la llegada al saloon del sheriff, Robert Mitchum, en El Dorado. Se miraron un segundo. Se accionaron los gatillos. Ese también era el otro. Ese era el que estaba trabajando. El otro. Y para mi albañil este también era otro. El otro. Y el jefe no está.
El pianista dejó de tocar.
Desconfiaba. Veía su tesoro en la basura.
—Bueno, es que me dijo que sí le interesaba…, es que yo le dije así por encima lo que había hecho…, y… Yo puedo venir cuando sea.
Miraba su currículum en mi mano. Me hablaba a mí con la necesidad de marcharse habiendo hecho todo lo posible, a pesar de no saber dónde acabaría su tesoro.
—Cuando sea. Ahora, en agosto, septiembre. Que a mí no me importa…
Lo decía con entusiasmo.
—Mira. Yo se lo voy a transmitir igual que tú me lo has dicho. Igual.
Sonreí para darle confianza.
—¿Tienes su teléfono? —osó.
Evidentemente mi sonrisa y mis palabras no habían dado resultado. Ahora mismo solo hablar con el jefe podría devolverle a un estado de seguridad y consonancia con lo que había venido a hacer. Quería salir del piso con algo. Y no lo conseguía. Su duda crecía, pero seguía sonriendo para demostrar positividad, confianza, entereza. La desconfianza no la transmitía su cuerpo sino sus palabras. Por una vez no le traicionaban sus instintos sino la razón.
—Bueno, sí lo tengo pero no te lo puedo dar.
¡Zas! Nuevo golpe.
—Ya. Lo entiendo. No pasa nada.
Volvió a mirar su currículum en mi mano. Quería despedirse de él. Era todo lo que me dejaba. Me dejaba parte de su futuro, una esperanza, el pan de sus hijos, la luz de su casa. Yo solo podía sonreírle y atenderle.
—Gracias, eh —se despidió.

sábado, 5 de julio de 2014

No hagas nada


No hagas nada
Espe Or

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», cantaba Rubén Blades. A mí desde luego me las da todas, a pesar de que ya he visto cosas así muchas veces. Quizá soy muy ingenuo.
¡Jóvenes ninis, no desesperéis más, siempre habrá alguien que decida esforzarse por vosotros! Así es. El Gobierno acaba de anunciar que dará 300€ al mes, durante 6 meses, ahí es nada, a la empresa que contrate a un joven con estas características.
Algunos de estos jóvenes han pasado por dificultades para conseguir estudios. Es cierto. Pero de los 840.000 que están en esta situación no todos van a salir corriendo a apuntarse a esta oferta —vale, ahora se apunta uno desde internet—.
Algunos de ellos se han reído de sus padres, de sus profesores y de cualquier figura que represente juicio y autoridad. A mí me encanta Hermano mayor. Allí se puede saber un poco más de lo que hablo. Si no fuera suficiente, observad, preguntad a padres con hijos en esta situación o a educadores por los que pasan 100 alumnos al año. Sus palabras son de primera mano. Ejemplo real 1 —evito el nombre y otros datos, claro está—: Anónimo, último hijo de 5 chicos de una familia de clase media-baja. Ahora tiene 32 años. Lo conozco desde hace unos 18 años. Sacad cuentas. No acabó la Enseñanza Secundaria —antes BUP—. Se levanta desde entonces a las 13:00 horas del mediodía, come la estupenda comida de mamá, juega a la videoconsola de sus hermanos hasta las 24:00 horas y a dormir. No es necesario entrar en más detalles. Y ya sé que no todos son así. Ejemplo real 2: curso gratis de manipulador de alimentos, 4 ninis al final de clase dando el follón, interrumpiendo a la profesora, pidiendo cada dos por tres tiempo para salir a fumar, mirando el móvil e incluso uno de ellos pidiendo el certificado una hora antes de acabar porque se tiene que ir. Curso gratis. Y ya sé que no todos son así.
El caso es que mi decepción llega al recordar la cantidad de jóvenes muy pero que muy bien preparados que se ven obligados a marcharse porque nadie les ayuda. Trabajaron duro en el cole, escucharon a sus progenitores, algunos sacrificaron salir de fiesta a menudo, muchos serían muy inteligentes, otros no tanto. Creyeron que su esfuerzo tendría recompensa. Su recompensa ha sido perder de vista a familia y amigos. ¿No hay 300€ para que alguien les contrate aquí, cerca de los suyos, cerca de su sueño tan peleado, y nos enorgullezcamos de que un día dirijan nuestro país o la sanidad o la educación o la investigación en I+D o…?
Pues no.
¿Ayuda para aquellos? Y ¿por qué no también para estos? Repartamos la ayuda. Todos necesitamos ayuda alguna vez.
Ahora están de moda muchas cosas… Hay de todo. Incluso Miley Cirus. Está de moda también rechazar la meritocracia, y la pregunta es: ¿si no por mérito por qué razón se valora a una persona para ejercer profesionalmente? ¿Quién quiere un camarero que se equivoque con los platos y la cuenta? ¿Quién quiere un odontólogo que te saque el diente equivocado o no se lave las manos? ¿Quién quiere un bibliotecario que desordene los libros? ¿Quién quiere un educador que no se prepare su materia para enseñar? ¿Quién un vendedor que no te busque soluciones a lo que quieres?
Estamos como estamos porque no somos exigentes con los profesionales que nos rodean. Desde los políticos, que no saben ni inglés ni son profesionales del cargo ministerial que ostentan, hasta… cualquier profesional incompetente pero que es mi primo, mi vecino, mi cuñado, mi amigacho, mi amante. Lo vemos todos los días en la tele, no quiero aburrir con ejemplos.
Aún recuerdo cuando se contempló la posibilidad de que un alumno de ESO pudiera pasar de curso no ya con dos sino con cuatro materia suspendidas. Aquella superidea revoloteó durante unos meses. Quizás incluso vuelva. De alguna manera habrá que ocultar el 38% de fracaso en Secundaria.
Quevedo hace 400 años: «España, ¡buena estás! ¿Y no hay remedio?».
Larra: «En este país, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos».
Valle-Inclán, atemporal: «¡En España es un delito el talento!», «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo».

martes, 1 de julio de 2014

El fútbol no se toca VI


El fútbol no se toca VI
Eva tacazo

—¿Te llamó Ángela?
—Sí.
—¿Y?
—No puede quedar esta noche, tenía médico de guardia; así que te quedas sin conocer a la de intercambio.
—Vaya. Estos médicos… ¿No tienen otra cosa que hacer que ir a casa de otros a pasar la noche.
—Bueno, cuando te toca uno hay que aguantarse. Peor están ellos que han de estar toda la noche con desconocidos.
—Sí, pero les damos de comer y cama gratis.
—No es obligatorio. Depende del anfitrión.
—Yo no me la juego.
—…
—Cambiando de tema, ¿cómo ves lo del mordisco de Luis Suárez?
—Abatible.
—¿Qué dices?
—Sensual.
—Tío, te hablo en serio.
—Misterioso.
—¿Algo más que sinestesias o metáforas?
—A ver. Todo lo que te he dicho te lo digo en serio, melón. Piensa un poco.
—¡Ahhhh!, ahora caigo. Pero ¿tienes pruebas de algo?
—No. Pero ¿qué te parece que el entrenador de Uruguay diga en rueda de prensa que va a dejar su relación con la FIFA o no sé qué? Uno no se desvincula de una Federación o de una Asociación de esa manera, de la noche a la mañana, por algo que además no le llega directamente… Y acuérdate de lo de Mou.  
—Misterioso… Ya. Sí, puede ser.
—Huele mal. Si ya te he contado yo que en mi trabajo he visto muchas cosas, imagínate en organismos tan altos, tan públicos y a la vez tan cerrados. Los repartidores de postizos como tú no lo podéis entender porque trabajáis solos, pero las empresas están…
—Contaminadas.
—Yo no digo que sea porque a lo mejor los uruguayos se enfrentan a Brasil, pero ahí dentro de la FIFA se cuecen habas muy negras. Mira los partidos políticos y las cuentas B, mira los bancos y sus tóxicos, mira a la gente en su casa y en la calle… Apesta.
—Joder, qué profundo te has puesto. Y trágico.
—Tú has preguntado.
—Pero era como… Yo qué sé… Tener una conversación así…, superficial, rapidilla.
—¡Se han pasao con Luis Suárez!
—Eso ya es otra cosa. ¿Verdad que es mucho?
—…
—Yo creo que con los 9 partidos sobraba ya. Se han pasao tres pueblos. ¿Echarlo del país y no dejarle entrar a un campo en meses y tal? Eso ya me suena a chivo expiatorio.
—Ahora eres tú el que ve misterio, pero con otras palabras.
—No. Yo lo que digo es que paga él por otros que hacen cosas que son incluso más graves. Es como si el comité que decide estos casos cambiara cada año o cambiara sus criterios cada año, ¿sabes lo que te digo? Es que ha habido cosas peores, siendo objetivos, y se han sancionado mucho menos.
—A-ba-ti-ble. Te lo estoy diciendo.
—Bueno, sí, vale, abatible, ya lo he pillado. Pero es que luego te has ido ya al ser humano, a la vida radical, al ontos, a la moral utilitarista y humanamente desvalorizada y todas esas filosofías tuyas que te embotan la cabeza. Y me la embotan a mí que es peor.
—O sea, que si lo dices tú sin filosofar vale, pero si yo lo trasciendo estoy pirao o algo así. A lo mejor es que no quieres ver ciertas realidades.
—A lo mejor. Es que la vida no es tan seria, tío, que te pones de un trascendente que un día de estos despegas y acabas viendo al principito allí en su asteroide, con la rosa y todo.
—Sería el día más feliz de mi vida.
—¿Ves? Con lo bonita que es la vida aquí, ¡en la tierra!, «¡on the ground!». Mira qué airecico tan bueno, mira qué olor a tapitas, saborea la cerveza que nos vamos a tomar ahora, saliva como el perro de Pavlov, ¡mira esa de ahí, la de las bolsas! ¡Ala! Eso sí es un misterio por resolver. ¿Cómo se hacen mujeres así? Ya me estoy imaginando su olor…, su sabor…, y su todo. ¡Uf! Vamos a entrar ya, que necesito refrescarme, ¡que está para darle un bocao! ¡Es para hacerle un Luis Suárez!
—Sensual.
—… Sí. Eso… ¡Vale! Eres un capullín. No te rías. Al final me has llevado donde querías.
—Te lo dije al principio: abatible, sensual, misterioso. Aunque yo diría que tú me preguntaste pero lo que realmente querías era darme tu opinión, que venías desde casa rumiándola.
—Joer, pues tienes razón. No he podido hablar con nadie aún del tema, por lo de mi trabajo. Yo ya sabía que te ibas a poner más pesao que matar un cochino a besos y lo que quería era hablar yo. Sí, sí. Es cierto.
—Estaba claro. Eres un egódoxa.
—No sé qué es eso pero no quiero ni saberlo. Deja ya eso de juntar palabras extrañas para definir cosas, tío, que pareces un diccionario para académicos. Levanta el pie del pedal.
—Eso es lo peor de todo.
—¿El qué?
—Nada. Tú puedes decir «chivo expiatorio», que no sabes ni de dónde viene eso, y yo tengo que levantar el pie… Anda, venga, pide ya que el que necesita la cerveza soy yo.
—Es que no te entiendo, tío, no sé por dónde vas ni por qué te cabreas.
—¡Nada! Que después de la conversación que hemos tenido todo seguirá igual. El fútbol no se toca.

miércoles, 25 de junio de 2014

El fútbol no se toca V


El fútbol no se toca V
Eva Tacazo y Díptero impertinente

—¡Ya era hora, macho. Llevo aquí 2 minutos ya!
—Entre que aparco, pongo el tique, saludo a Marisa, la de la pelu de al lado… No sé. Se me ha ido el santo al cielo.
—Bueno. Te lo paso porque luego me llevas a casa.
—Venga, invítame a una cervecita.
—Y otra para mí que me la estoy finiquitando… ¿Te enteraste de lo de Las Palmas?
—Hoy estoy un poco depre.
—¿Deprimido? Pues a casa en un rato y a la cama.
—No. Depredador. ¿Alguna chica maja por aquí?
—Llevo 2 minutos, te he dicho. No he tenido tiempo ni para
—Pues para la cerveza sí que has tenido.
—Estaba sediento.
—¡Se cayó el mito del macho man español!
—Bueno, no me cambies de tema. El Córdoba-Unión Deportiva Las palmas.
—A ver. ¿Qué ha pasao ahora en tu mundo futbolístico?
—Dos tercios, Joselito.
—El mío congelao.
—Se jugaban los 3 el ascenso a primera división e iban
—¿Los 3?
—Ummmm. Los 2. No sé en qué pensaba. Pues eso: iban 1-0 para Las Palmas, en su casa. Y ya con el tiempo casi cumplido empiezan los aficionados a saltar las líneas de seguridad, las vayas de protección y tal… Era como ver El señor de los anillos pero en technicolor, y en vez de una banda de orcos era una marea de plátanos a la caza de sus héroes, el orejón de Légolas, el enano y los otros. Y los tíos se quedan ahí, en las bandas, animando, sacándose las camisetas, insultando al Córdoba..., tipo pasivo-agresivo, ¿sabes?
—Lo de plátanos es un poco estereotipo, ¿no? No está bien que digas esas cosas.
—Calla, calla… Si ya lo sé, es por hacerlo épico. Escucha. El árbitro detiene el encuentro. Llama la los delegados y les pide que avisen por megafonía para evitar sanciones o cosas peores… Minuto 96. El árbitro ya nervioso, y los jugadores inquietos.
—¡Los de un equipo y los de otro! Porque si yo me veo rodeao por una marabunta, aunque sea de mi equipo, me acojono. La masa, ya sabes, Ortega y Gasset.
—No los conozco. Da igual. ¡Y venga a chorrear aficionados; mayores y niños descolgándose! Eso sí, se quedaban en las bandas.
—Sí. Pero tú imagínate que empieza a pasar el tiempo… o que el árbitro decide que hasta que no vuelvan a permanecer en sus asientos no reanuda el encuentro…
—¡Y estaría en su derecho!
—Hombre, es por seguridad. Aunque hay por ahí quien no lo entiende, quien no ve peligro en eso.
—Los aficionados ya te digo yo que no.
—Es que después la gente se pregunta por qué en las reuniones de vecinos se insiste en pedir la palabra y cuidar el lenguaje. Se empieza con un «No estoy de acuerdo» y se puede acabar como en mi piso el otro día: «¡Tu puta madre va a pagar eso!».
—¡Qué agresividad!, ¿no?
—Sí. Y si ves la peluca del presidente de escalera volar como un ovni mientras el picoleto del 3º se quedaba sentao en la silla… No olvidaré esa imagen.
—Es que el tío no está de servicio, ¿sabes? Ellos no son como los médicos.
—Claro, claro.
—Pues visualiza a los jugadores del Córdoba.
—Lo veo: no sabrían si tirar pal vestuario o coger una máquina del tiempo y jugar el partido en horario peninsular para que los energúmenos estuvieran aún maquillando su quehacer en día tan bello y soleado.
—Exacto.
—¡Cuánta tontera nacionalista filiófila y egódoxa hay en el fútbol!
—No sé qué has dicho, pero espérate, que no acaba la cosa aquí.
—…
—Esto es culito que veo, culito que deseo.
—Si el de al lao invade el campo yo también.
—Si la Pantoja no declara a hacienda yo tampoco. Total, le caen 2 años, paga y a casa.
—Esas cosas propias de la idiosincrasia sociológica humana, no genética o hereditaria, lo cual tendría una disculpa atributiva por irracional, sino aprendida, ambiental. Lo vemos y lo copiamos porque nos interesa o nos beneficia…
—¡O por no ser el único que no lo hace! El clásico «Más vale arrepentirte por hacer algo que por no hacerlo». ¡Qué chorrada de frase! Es que no se puede quedar uno quieto, sentadito, mirando al infinito como hacía José Mota, por ejemplo. Fíjate que está bien visto ser el único en ciertas cosas, como sinónimo de originalidad y creatividad; por ejemplo, montar negocios, grupos de música y tal; pero en otras es irónicamente sinónimo de borrego, de inútil, de parao, de mustio.
—…
—…
—¡Bueno, tú! Me decías que había más…
—Pues minuto 98 o así, la gente cantando, animando, saboreando y disfrutando de la victoria como si el ascenso ya hubiera pasado de ilusión a realidad, como si estuviera en sus bolsillos, como haríamos todos, claro.
—¿Todos?
—Vale. Tú no. Pero todos. Ya me entiendes… Y se reanuda finalmente el partido, porque parecía imposible sacar de allí a tantos aficionados y además quedaba supuestamente 1 minuto.
—Me lo veo venir.
—Saca el Córdoba de banda.
—Me estoy riendo ya.
—Pase cerca del área.
—Me quiebro.
—Falta al jugador del Córdoba y el árbitro da ley de la ventaja.
—Sigue, sigue.
—Otra falta de Las Palmas que el árbitro no pita.
—Se quiere quitar el partido de encima e irse a casita con sus niñas.
—Nadie adivina lo que va a pasar.
—Yo sí.
—Despejan pero el Córdoba consigue colgar la bola al área.
—¡Suéltalo ya!
—Toca un defensa que había subido a por todas y… ¡Gooooooooooooool!
—Ahí lo tienes.
—¿No te parece increíble?
—Tan increíble como la Champions del Manchester contra el Bayern. Cosas que pasan por no saber respetar al rival. Porque eso ha sido una falta de respeto… Ah, y tampoco han respetado a su equipo: 1 año luchando, 90 minutos de agonía, todo para nada. Les desconcentran y permiten al otro entrenador agrupar a los suyos para dar un último arreón.
—¡Pobres jugadores!
—Y entrenador.
—Y el club.
—Y la buena afición. La afición cuerda, la que anima a los suyos y no insulta al resto.
—Sí.
—¿Por qué va uno al campo a insultar al otro, al contrario? ¿Por qué es más fácil destruir e insultar que construir o halagar? ¿Por qué alquilan en las bodas caballos blancos como espectáculo?¿Por qué?
—Pareces Mourinho.
—Es que estos temas me encienden.
—No, si a mí también.
—Es como el que se cae al mar y le lanzan salvavidas y de tantos que le lanzan muere de un salvavidazo.
—Entre todos lo mataron y él solo se murió… Y ¿el Córdoba? ¡Te crees que se fueron al vestuario acojonaos! No pudieron ni celebrarlo ni saborearlo. ¡Y ascendieron en ese minuto! Estaban en la misma situación que los otros, y no pudieron ni festejar.
—…
—Deberían hacer algo con estas cosas. Hay mucho dolor ahí dentro.
—¿Dolor por unos colores? Así nos va… Y tú no te enteras: el fútbol no se toca, hombre. Solo faltaría que los energúmenos del fútbol se fueran, yo qué sé, al baloncesto, a ensuciarlo y pisotearlo también como a un felpudo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Oh, mundo


Oh, mundo
El niño cielo

Por el desierto, donde los mosquitos pican y las calaveras se derriten…
—Odio al mundo. Pero mi confesor, que además es psiquiatra, siempre me decía: «Quien mucho abarca poco aprieta». Así que voy a ir poco a poco. Odio España.
—¿Cura y psiquiatra?
—Bueno, así curaba el alma con más oficio. «Psique», alma.
—Ya. Y has dicho «decía». ¿Es que murió?
—No. Solo enmudeció. Así, de repente. Dejó de hablar. Y nadie sabe si es voto de silencio, si es una enfermedad…
—Claro, como no ha podido contárselo a nadie…
—Pues eso.
—¡Pobre hombre!
—No. Él está bien. Ahora practica golf.
—Ahí no hay que hablar.
—Y ajedrez.
—Ya veo. Sacando rendimiento a sus capacidades.
—…
—Pues si odias España te cuento la última para que vomites.
—Ya no me sorprende nada.
—Leo en internet, a lo mejor es una trola, que traducen poemas de Lorca a «lenguaje normal».
—¡¡¡Qué!!!
—Te lo dije. No sé si será, pero piodría ser.
—WTF.
—El Romancero gitano pasa a llamarse Los gitanos y sus movidas.
—¡¿Estamos locos?!
—Los creadores dicen que es para acercar a Lorca al público. ¡El mainstream!
—¿Acercar? ¿Acaso Lorca quería que le acercaran a Kiko Rivera o a Belén Esteban? Si hubiera querido acercarse a este hubiese escrito Nena, estás bien acolchada, o Nena, me crujes to lo negro, o Nena..., Nena. ¡Me cago en to lo que se menea!
—Parece que algunos profesores lo ven bien.
—Porque no lo entienden ni ellos. Pero lo peor es que ni lo intenten.
—Espera que tengo la noticia en el móvil.
—¿Tienes señal aquí?
—Tengo 7G.
—¡Qué tío!
—Mira, aquí: en vez de «Amor de mis entrañas, viva muerte / en vano espero tu palabra escrita» han traducido «Te estás columpiando y eso hace que me ralle un poco, ¿sabes?».
—¡Qué chapuza! ¿Eso es «lenguaje normal»? ¿«Normal»?
—…
—Además, está mal traducido. Sería: «Buenorra que me rajas la panza cervecera con tus chascos / (let me take a selfie) asín que mándame un wassap pa saber algo de tus curvas».
—Ahora saldrán diferentes versiones.
—Me voy a abrir las venas.
—No salpiques.
—¿Tú te imaginas que un fulano coge ahora el Anfiteatro romano y lo tira abajo definitivamente y monta una carpa de circo gigante?
—Para que los «normales» se hagan una idea, ¿no?
—¿O que se repinte un cuadro de Dalí pero sin surrealismo? Con los relojes tiesos. Porque yo veo un Dalí y tengo que esforzarme para entenderlo.
—Ahí está el meollo. ¿Esforzarse? «¡De qué vas, chaval!», te diría un «normal».
—De «normal» nada. Subnormal.
—Se acabó la cultura del esfuerzo.
—Se acabó el espíritu, el alma, lo que hay detrás, «Lo de dentro», diría Robe Iniesta.
—Y, ¡ojo!, que detrás de esta idea de genio coñón está el dinerito. Así se embolsan lo que dejan unos en la caja para leer cómo Lorca dice «Joder», «Hostia puta»… Ya me los imagino ahí: «Ostia, mira lo que pone: “Me mola quedarme empanado mirando arriba / Es una putada que el cielo mole tanto y esté tan lejos”». «Mola mazo, tío, es la ostia». «Joder, ya ves». «Ya ves, joder, es la puta ostia». «Ostia puta». «El Lorca este es lo más de la ostia». «Ostia. Es la caña». «Joder, qué buena ostia, ostia». «El puto amo». «¿Has visto al Rafa Mora ese de… hoy riéndose de la pava de la hermana de Kiko Rivera?». «No. Y ¿tú sabes si es mejor el Ultra Gig 7D500, con pantalla humana, o el Billy Joe 1001 GRRRR?».
—…
—El arte y la cultura se están amoldando a la idiotez humana.
—¡Mujeres y hombres y viceversa se ha abierto de piernas para que nazca su futuro Mesías que acabará con la creatividad individual y salvará a la supermasa borreguil de la amenaza intelectual!
—¿Te acuerdas cuando vimos la peli Idiocracia?
—No me la recuerdes.
—…
—...
—Oye, y ¿tu confesor ese qué hace con su vida?
—Ahora mismo se está preparando para dar el salto a la música muda.
—¿Instrumental?
—No. Muda.
—Y ¿cómo es eso?
—No sé. Es pionero.
—…
—Bueno. Pues ya hemos llegado. Aparca el camello y vamos a tomar unas cañas.

jueves, 15 de mayo de 2014

Una historia verdadera…


Una historia verdadera…
El niño cielo y  Korin Lumbago

Biblioteca Municipal, sala de estudio, 18:00 horas, un apacible y caluroso miércoles en el que atardezco altruista.
—Hola, buenos días.
—¿Sí?
—Mira, traigo unos libros que ya no necesito, me están ocupando espacio y… creo que aquí van a estar mejor aprovechados, la verdad.
—Aha. Pues, mira, si quieres puedes dejarlos allá.
Majestuosa, se limaba unas uñas descascarilladas y enfermas, uñas mortecinas, de cementerio.
—Ummmm. Sí… Bueno… ¿Tienes… por ahí algún carrito?
—No.
—Un carrito de esos para llevar…
—Creo que no, ¿eh? A ver… No.
—Es que… son más de 150 libros, ¿sabes? Yo creo un carrito de esos con los que vosotros…
—No. Ahora mismo no caigo.
—…
—Si quieres puedes preguntar abajo al bedel, a lo mejor…
Después entendí que tras esta frase se ocultaba «Ya te he dicho que no. ¡Lárgate! ¿Por qué insistes?».
—¿Abajo?, ¿eh?
—Sí. Por donde has entrado pero a la izquierda.
«Por donde has entrado te sales, subes al coche y puerta», querría decir.
—Vale.
Abajo. Garita del bedel. Si uno se asoma un poco durante la conversación puede ver cómo el tipo está sentado subrayando lo que parecía ser el temario de unas oposiciones. Tema 4. Aunque no acerté a ver a qué opositaba. ¡Lástima!
—Buenas.
—¿Sí?
—Es que he traído unos libros… para donarlos aquí a… y necesitaría un carrito para bajarlos del coche y llevarlos arriba.
Entre las cejas y las gafas, desde la cumbre por la que le miraba yo,  asomaba una mirada como de «¿Qué coño dice este?», pero que decía:
—¿Carrito?
Y nos quedamos ambos en silencio. Fue el mismo silencio con el que Clint Eastwood se enfrentaba en duelo a Lee Van Cleef en El bueno, el feo y el malo. Pero no traía el revólver. Era como si esa palabra, «carrito», le trajera connotaciones de antaño, de un tiempo en que soñó y jugó, quizás de su infancia tan lejana, quizás de un tiempo cercano en el que conoció algo así como un amasijo de hierros con unas ruedas que servía maravillosamente para transportar objetos.
—Sí.
El calor me inundaba. Me iba poniendo cada vez más nervioso. Sentía algo así como un ardor abatible, cierto hormigueo tenso desde el estómago, y me subía por los brazos hasta oprimirme el cuello. Se me abrían los poros como volcanes rojos.
—Pues… creo que no, ¿eh?
Ese «¿eh?» era una Black & Decker que me taladraba la cabeza porque yo sabía que lo que quería decir era «Pa’qué cojones trae este ahora libros aquí».
Yo miraba hacia la calle. Veía mi coche. Visualizaba mentalmente el maletero. Calculé en un segundo y medio que se trataría de unos ocho o diez viajes. Sabía que el tipo no iba a dejar su cómoda garita para ayudarme.
—Vale.
Subí de nuevo.
—El bedel dice que cree que no hay.
—Ya te lo he dicho… Es que… no me suena a mí que...
—Ya. ¿Entonces te los dejo allá? O sea, en la entrada de abajo, ahí en la rinconada, no puedo ¿no? Y luego ya vosotros… si eso…
—No, lo siento. Ahí es que no…
Queriendo decir «Tío pesao. Vete ya y deja de dar por culo con tus libritos. ¿Te has puesto hoy precisamente a dejar de ser “librógenes”? Déjalos allí o te los comes, pero déjame mirar el wassap que me he quedao a medias». Tenía la elegancia de un supositorio desnudo, de un lápiz de labios barato, un pelo cardado impostado, una camisa de un blanco agrio y una boca lánguida y vencida como un sauce llorón. Mascaba chicle y sus palabras salían forzadas, estiradas por la silla en la que se sentaba. En la piel de la cara aún humeaba el último cigarrillo que se había fumado.
—Vale, venga, pues… voy a ver.
—Hum.
Minutos después de sudor, gimnasio e indignación por las carencias de esta administración, me volví a acercar:
—Nada, que… te dejo si quieres mis datos por si alguien quiere…
—Si quieres.
—…
—…
—¿Tienes algún papel de justificante o… algo?
—Espera.
—…
—A ver, mira, aquí mismo.
Era una cuartilla pequeña, tipo post it, sin encabezado para datos, sin marca de seguimiento... En ese momento supe que mi firma iría a la hambrienta papelera en cuanto le diera mi culo a la tipa.
—¿Pongo también mi teléfono?
—Si quieres.
La miré con la incomodidad de un donante de esperma. La miré con la repugnancia de un mejillón crudo. La miré vencido, trabado, hueco, anestesiado. La miré como se mira una malformación ósea, como se mira una nevera vacía, como se mira la mente de un asesino confeso. La miré y vi una catarata gris y seca en sus ojos quebrados.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Otra vez Kiko


Otra vez Kiko
El verdugo de los mendrugos


El motín de Esquilache acabó mal. Acabó mal para el pueblo, para España, digo. Supuso un retraso cultural porque los españoles no estaban preparados mentalmente, culturalmente, para recibir ideas entonces modernas —alguno diría vanguardistas—. No puedo aplaudir la decisión que tomó el pueblo hace tres siglos.
Sin embargo, el motín de Medina sí merece a mi modo de ver un aplauso.
Medina del Campo, localidad de Valladolid, tierra de vinos y catadores de reconocido gusto, parece que se ha indignado al conocer que su ayuntamiento contrataba a Kiko Rivera, Riverita, como DJ para sus fiestas. Bueno, mentiría si me quedara aquí, aunque me gustaría que la noticia fuera exclusivamente esa. En realidad la indignación es porque le pagan once mil euros de dinero público —el ayuntamiento dice que solo cinco mil—. A mí me indigna también. Pero lo que me revuelve el estómago es que él pida esa suma o que alguien valore a este tipo como ¿cantante?
El caso es parecido a preguntarse si Chigrinskiy —ex del Barça, ¿lo recuerdan?; no pasa nada, casi nadie lo recuerda; él tampoco recuerda que estuvo allí; tampoco recuerda si fue jugador de fútbol; lo mismo pasó en el Madrid con Flaubert, ¿recuerdan?—, repito, si Chigrinskiy vale los cerca de veinte millones de euros que se pagaron por él. Parecido a si mi queridisísima amiga Belén vale los miles de euros que dicen a la semana —cien mil, dicen; no me creo tanto—.
Según Florentino Pérez uno vale lo que genera. La ética y otras cuestiones no económicas no cuentan.
Y este botarate de postal lleva en el mercado de la música… ¿cuánto? ¿2 años?. Aunque puede que ya pinchara en su casa —no me refiero a globitos lubricados, no penséis mal, que os conozco—. Y pinchar en la casa de uno es como querer hacer unos largos en las olimpiadas pero entrenar en una piscinita Toy. ¿Las recuerdan?
Hay jetas que campan a sus anchas en una península en la que debería resucitar don Quijote para atizar a tanto tragabilletes y robacarteras mimado que no ha sudado en su vida, y que vive a desgracias de un pueblo socialadormecido —porque si despierta quizás habría asesinatos y suicidios en masa—. Con sudar me refiero a currar un poquito, y me refiero a curro, desde limpiacoches a médico, no al juego caprichoso de un niño que ya de joven quería ser jugador del Madrid, —jjuhghjfjhfftuf, perdón, se me metió un tiburón, creo, en la boca, pero no me reía— ¿o era entrenador?
A lo mejor los de Medina querían traer un mono de feria.

martes, 6 de mayo de 2014

El fútbol no se toca IV


El fútbol no se toca IV
Eva Tacazo

—Oye, mira eso.
—¿Qué?
—El video… ¡Chema, dale voz!


—¡Qué fuerte…! Pero le devolverán el dinero de la entrada, ¿no?
—¿Solo te interesa eso?
—No, hombre. Pero, vamos, que también importa, ¿eh? Que pueden ser cincuenta euros a la basura. Que a lo mejor el chaval los estaba ahorrando. Imagínate que lo ha robao o se lo ha pedido a un prestamista. ¡Vaya sentimiento de culpa!
—A mí lo que me duele es que habrá quien piense que el chaval ha ido allí a provocar.
—Sí, sí. Eso seguro. Ponme otro quinto, Chema, que con el calor esto entra de dos tragos. Pongo el cuello así, de jirafa, mirando al cielo, y cae de golpe. Como un embudo.
—Es como si violaran a una chica y dijeran: «Claro, va en minifalda, de noche, por la calle, con los 3 primeros botones desabrochaos, y se le veía el tanga… ¡Violación fijo!».
—Hay que tener mucha jeta pa eso. Parece que vayamos pa’trás, involucionando. Yo a mi hija le tengo que decir que se tape. «Eres un antiguo», me dice. Y tiene nueve años ya.
—Presión por pensamiento de grupo, llaman los loqueros a esta vergüenza.
—Asusta el nombre.
—Un grupo altamente cohesivo e identificado, como los seguidores de un equipo, con defectos como falta de estudios superiores que ofrezcan un nivel cultural alto, homogeneidad elevada entre ellos…
—¿La homogeneidad no es buena?
—Hombre, bueno y malo… Si se parecen mucho entre ellos… A ver: siempre es mejor rodearse de gente diferente. Mejor. Pero es más cómodo y fácil rodearse de iguales, que nos dan  poca información contraria a la nuestra y no nos ofrecen otro punto de vista; porque, a lo mejor, quién sabe, podríamos estar equivocados. O sea, lo que queremos es que no nos mareen. ¿Entiendes?
—Bueno, un poco rollo psicológico raro de esos.
—A ver: si tú y cinco amigos muy parecidos a ti, con los mismos estudios, preparación, creencias, etc., tenéis que valorar en vuestra opinión cuál es el mejor jugador del mundo, ¡y todos sois del Madrid!, por ejemplo, ¿de qué equipo crees que elegirán al jugador?
—Ah, claro. Eso es así. Como ser del PP y no ver La Sexta.
—Pues eso es un defecto de los grupos, dicen.
—Ah.
—Además, hay que añadir un factor: estrés por amenazas externas.
—¿Estrés?
—Claro. ¿Tú has visto al chaval? ¿Crees que está acojonao o no?
—No lo parecía.
—Exacto. Porque está esforzándose por simular control de la situación, sabiendo que si se pone nervioso o se exalta el grupo lo percibirá como provocación física, además de simbólica por la camiseta.
—Vamos, que se imagina que si protesta o se queja o hace aspavientos se le echan encima… ¡Chema, otro!
—Se lo meriendan y el espectáculo puede continuar. Aquí no ha pasao ná.
—Lo sepultan en el cemento de la grada.
—Chema, otro para mí. Y unos boquerones.
—Y estos son los de «Els valors» y tal…
—Sí. Luego pitan ellos al himno de España y resulta que están en su derecho. Pero vamos, no podemos caer en la tontería de juzgarlos a todos por igual. Gracias. Oye, Chema, y ¿tú cómo ves lo del chaval?
—Yo cogía a todos los que le chillaban y los metía un año entero a estudiar… Pero no matemáticas. A estudiar algo que les hiciera entender la idiosincrasia, la conducta social, la tolerancia del otro, los derechos sociales… Ahí, por un tubo, en vena, en supositorio, to pa dentro, hasta que estén embutíos.
—…
—«Cráneo privilegiado».
—…
—El fanatismo, que es lo que se lleva, es criminal. ¿A qué van muchos al fútbol? A insultar, a agredir. Nos convertimos en cavernícolas. Volvemos a la tribu. Se desata la bestia ancestral. Podrían simplemente animar a los suyos. Pero no. Es mejor machacar al otro. Mira el otro día con lo del mono del negro del Levante, o lo del plátano… Lo que no se permite en la calle ¿se tiene que permitir en un campo de fútbol?
—…
—Y lo peor no es que se permita, sino que esté bien visto… «¡El horror!», decía Marlon Brando en Apocalypse now.
—Hum. Pues esta noche sale Rubí. ¿Te acuerdas de él?
—Me suena.
—Era directivo del Atleti de Gil.
—¡Anda! Ya me acuerdo.
—Pues va a explicar cosas sobre el dinero negro en traspasos y tal.
—¿Del Atleti?
—Del Atleti de Gil. Pero el Follonero le preguntará por hoy, seguro.
—¡Panda de chorizos uno detrás de otro!
—Hum. Ladrones, manguis, retrasaos, manirrotos, robaalmas, destrozahogares… No le preguntes a Chema qué haría con ellos que me da miedo.
—Y si tú estuvieras ahí de directivo ¿lo harías también?
—¿El qué?
—Trapichear. Llevártelo de aquí para ponerlo allí, pero con traje de chaqueta.
—No…
—Hum.
—Bueno, depende.
—¿Depende?
—No sé. Es que… A ver, robar no, ¡eh!… Pero, vamos, que…
—Que sí, ¿no?
—Bueno… A ver: tú estás ahí, currándotelo con los fichajes, yendo y viniendo, y las dietas o los incentivos, por ejemplo, ¡eh…! Lo que quiero decir es que a lo mejor se pegan unas curradas… Y eso podría estar incentivado. Y un incentivo a todos nos gusta, no digas que no.
—Pero ¿incentivos blancos o negros?
—Bueno, el color no importa, no vamos a discriminar ahora.
—Ya. Pues no lo veo bien, la verdad.
—Es que… es la presión del pensamiento de grupo esa que comentabas, que es muy fuerte. Si no es por mí. Es que… ¡Si lo hacen todos qué hago yo!
—¡Claro, claro! ¡Eso lo explica todo! Pero les acabas de llamar manguis, retrasaos, destrozahogares…
—¡Bah! Tú también lo harías, hombre. Ahora no te retractes. Si lo has dicho tú antes: la presión del grupo.
—¡Joer! Lo he dicho precisamente para explicar cómo nos dejamos llevar por defectos sociales que construimos mientras nos autoengañamos. ¡Es un error!
—Mira, no me líes, ¿eh?, que siempre haces lo mismo. Chema, otro quinto.
—Si te queda la mitad.
—¿Eh? Esto me lo bebo ya, mientras me trae el otro.
—¿Es eso o aparentas control de la situación para evitar la amenaza exterior, que en este caso soy yo?
—¿Qué dices? Que tengo sed y punto.
—«¡Y punto!» Vaya. Ya tardaba en salir la frase.
—¿Qué frase?
—La de Belén Esteban: «Y punto». Una frase despótica que usas cuando no tienes argumentos y estás nervioso. Chico, somos amigos, yo no soy tu amenaza.
—¿Qué amenaza ni qué amenaza? Que tengo sed… Y digo «Y punto» porque ahora resulta que vas a saber tú lo que yo pienso o lo que siente mi cuerpo, que solo quiere otra cerveza.
—Pues no te ofusques.
—¿¡Quién está ofuscado!? Chema, dile al mamón este que hoy se va a casa andando.
—¡Joer, cómo estamos!
—¡¡Si somos del mismo equipo qué hacemos peleándonos...!! Chema, la cuenta.

jueves, 1 de mayo de 2014

Café, copa y gato


Café, copa y gato
Eva Tacazo

—Bueno, todos los días no. Pero de vez en cuando está bien.
—Ya.
—Aunque empecé yendo una vez al mes o así. Y a los 3 meses ya iba cada sábado.
—O sea, que vicia.
—Ummmm. Engancha. No se puede explicar… Por eso no me entiendes.
—¿No?
—Es que…, es la sensación, ¿sabes? Además, la cafetería es supertranquila, con una musiquilla tipo «chill out» pero más juguetona, más cómic… Hay casitas, pelotitas, sofás, plataformas para que salten. ¡El café lleva dibujada la cara de un gato con la espuma!
—Pero ¿el gato te lo dan ellos o puedes elegirlo tú?
—Los gatos están ahí, a lo suyo; unos retozando, otros jugando; y al poco te viene uno y se entrecruza por tus piernas. También puedes acercarte tú, con mucho cuidado, claro. Los hay de muchas clases: angora, bengalí, ¡un bombay!, que yo flipé al verlo, británico, plateado, cartujo…
—Y ¿el callejero de toda la vida?
—¿…?
—Chico, vaya experto te has hecho en unos meses. En el instituto no te aprendías la columna del hidrógeno y te sabes ya todos los nombres de los gatos.
—La motivación… No es lo mismo, hombre.
—Será eso.
—De verdad, fui hace dos días y ya me apetece volver. Es una sensación tan relajante. Te pones a acariciar al tuyo y se te pasa el tiempo volando.
—Bueno, eso de tuyo…
—Ya me entiendes.
—Sí.
—Y miras a los demás y están igual, ahí, tranquilos, acariciando, sintiendo al gato, su respiración, lo que él siente, cómo mira, cómo observa, cómo mueve la boca… ¡Cómo se quedan tirados encima de cualquier cosa! Te ríes un montón. ¡Es que te los comes!
—Sí, sí. ¿Y sus necesidades?
—Claro, sientes sus necesidades. El animal necesita dar y recibir afecto, sentirse querido, deseado. ¿Entiendes?
—No, hombre. Que si le entran ganas de cagar…, se te caga encima, y te jodes y bailas.
—Sí, me pongo tutú, no te jode. Llévate un yoyó y hacemos pareja.
—Te lo digo en serio.
—Bah. Los gatos son muy limpios, hombre. Si lo necesitan van. Son muy independientes, saben lo que quieren y lo buscan. No tienes que preocuparte por esas cosas… Es sinónimo de ternura. Y también les encanta que les acaricien y jueguen con ellos. A mí me encanta jugar con ellos. Froto su panza, sobo sus patitas y su nuca…
—Y ¿qué dice Laura? Porque si te oyera… Alguna de la mesa de al lado te denunciaría por mirarla mientras acaricias a un felináceo de esos.
—Laura no lo sabe, no ha ido nunca. Además es una cafetería como otra cualquiera. Por qué iba a decírselo.
—Si yo no digo nada… Y ¿no te compras uno?
—Pos es que a Laura no le gustan. Ya ves.
—Ya. Pues serán limpios, pero a las 8 de la tarde les han tocao ya cincuenta personas, con sus manos y sus bocas, sus pulgas también.
—Chico, qué hipocondríaco eres.
—¿El qué?
—Que eso da igual. Eres muy exagerao, muy aprensivo.
—Ya. Bueno, entonces acabas. Un ratillo, ¿no?
—Una horita.
—Eso. Y te vas y ya está. A otra cosa.
—Lo dices así como si… no me importara. Me voy caminando y pensando en ellos. Bueno, con el que he estado.
—O sea, que fantaseas encima.
—¿Qué dices?
—No. Lo dices tú. Lo acabas de decir. Es lo que hacemos cuando conocemos a una chica que nos ha gustado o cuando nace nuestro hijo y no lo vemos a lo largo del día… Esas cosas, ¿recuerdas?
—¡Ya estás!
—Y ¿no repites?
—Normalmente no. Creo que repetí una vez. Es que vas y… ves a otro y… te apetece cambiar y tocar otro.
—Como los coches, los consoladores...
—¡Anda! No digas tonterías. Si no lo pruebas no puedes hablar.
—Si lo probara no hablaría nunca más. Antes me voy a Supervivientes.
—Si no te gustan los gatos no me creo que te vayas allí a rodearte de bichos.
—Pues no sé qué diferencia ves tú entre un gato y un cangrejo.
—¡Ala! Ya te has pasao.
—O las serpientes. Hay gente que colecciona. Y también las acaricia.
—No es lo mismo.
—Por la cultura.
—El gato es un animal de compañía.
—Bueno. Eso está por demostrar.
—Lo que quiero decir es que… es como una personita, como un niño, con los ojillos, y el ronroneo,
—eso, ronea también con él.
—Estás un poco arisco, ¿no?
—Debe de ser por el tema.
—Para tu información, somos muchos los que pensamos que los gatos son más reacios porque
—¿reacio o arisco?
—Son más reacios, ¡eh!, reacios porque descubrieron hace mucho cómo son las personas.
—Somos.
—Son. No me incluyo. Ya ves que yo sí me acerco a ellos. Lo que pasa es que a ti no te gusta dar cariño. El gato es un animal que gusta a la gente que da cariño.
—Ya. Yo a mi hijo lo abandono cada día. Lo tiro al cubo de la basura y luego lo recojo en comisaría. Me lo dan comidito y todo. Y en casa duerme en el horno. Es lo que hacemos los tipos como yo con los niños hamburguesa.
—Los gatos son muy educados para el humor que tú tienes. No te duraría en el regazo ni diez segundos.
—Mi sentido del humor es porque este negocio me huele a gato encerrado. Ah,  y es fácil ser un gato educado estando tan cuidado y bien alimentado. Pero ¿cogerías también a los de la calle y los sobarías y tal?
—El gato tiene una manera diferente de llegar a tu corazón.
—¡Joder! ¿Eso es de Allan Poe?
—Solo te digo que ir allí a estar con ellos es incondicional, y mutuo. Él no pide dedicación constante.
—No, solo que va de mano en mano cada hora…
—He ido algún día triste y creo que lo nota. Y sobre todo me alegra. Me aporta. Me llena…
—Lo van a recetar los psicólogos. Un gato cada ocho horas. Después de las comidas. Y ¿qué te falta para que te llene?
—Peinarle, por ejemplo, fortalece tu relación con él para cuando vayas otro día y te reconozca.
—¿Le hablas?
—Todo el mundo lo hace. También con los perros.
—Cuando son suyos. O en cierta intimidad.
—Es importante forjar esa simbiosis.
—Yo lo hago con mi mujer. Pero, vamos, que me estás convenciendo, ¿eh?
—Es distinto, hombre.
—Y si voy con un gato mío ¿puedo entrar?
—No sé, vaya pregunta, tío. ¡Y si tienes pa’qué vas a ir!
—Eso digo yo. Si tienes pa’qué… La cuestión es tener o no tener. Pero si «no tener»…, ¿no te cuestionas nada de lo que haces? Bueno, déjalo. Y si voy con perro o con un oso hormiguero, ¿eh?
—No digas tonterías. Es una cafetería con gatos, ¡animal!