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miércoles, 14 de mayo de 2014

Otra vez Kiko


Otra vez Kiko
El verdugo de los mendrugos


El motín de Esquilache acabó mal. Acabó mal para el pueblo, para España, digo. Supuso un retraso cultural porque los españoles no estaban preparados mentalmente, culturalmente, para recibir ideas entonces modernas —alguno diría vanguardistas—. No puedo aplaudir la decisión que tomó el pueblo hace tres siglos.
Sin embargo, el motín de Medina sí merece a mi modo de ver un aplauso.
Medina del Campo, localidad de Valladolid, tierra de vinos y catadores de reconocido gusto, parece que se ha indignado al conocer que su ayuntamiento contrataba a Kiko Rivera, Riverita, como DJ para sus fiestas. Bueno, mentiría si me quedara aquí, aunque me gustaría que la noticia fuera exclusivamente esa. En realidad la indignación es porque le pagan once mil euros de dinero público —el ayuntamiento dice que solo cinco mil—. A mí me indigna también. Pero lo que me revuelve el estómago es que él pida esa suma o que alguien valore a este tipo como ¿cantante?
El caso es parecido a preguntarse si Chigrinskiy —ex del Barça, ¿lo recuerdan?; no pasa nada, casi nadie lo recuerda; él tampoco recuerda que estuvo allí; tampoco recuerda si fue jugador de fútbol; lo mismo pasó en el Madrid con Flaubert, ¿recuerdan?—, repito, si Chigrinskiy vale los cerca de veinte millones de euros que se pagaron por él. Parecido a si mi queridisísima amiga Belén vale los miles de euros que dicen a la semana —cien mil, dicen; no me creo tanto—.
Según Florentino Pérez uno vale lo que genera. La ética y otras cuestiones no económicas no cuentan.
Y este botarate de postal lleva en el mercado de la música… ¿cuánto? ¿2 años?. Aunque puede que ya pinchara en su casa —no me refiero a globitos lubricados, no penséis mal, que os conozco—. Y pinchar en la casa de uno es como querer hacer unos largos en las olimpiadas pero entrenar en una piscinita Toy. ¿Las recuerdan?
Hay jetas que campan a sus anchas en una península en la que debería resucitar don Quijote para atizar a tanto tragabilletes y robacarteras mimado que no ha sudado en su vida, y que vive a desgracias de un pueblo socialadormecido —porque si despierta quizás habría asesinatos y suicidios en masa—. Con sudar me refiero a currar un poquito, y me refiero a curro, desde limpiacoches a médico, no al juego caprichoso de un niño que ya de joven quería ser jugador del Madrid, —jjuhghjfjhfftuf, perdón, se me metió un tiburón, creo, en la boca, pero no me reía— ¿o era entrenador?
A lo mejor los de Medina querían traer un mono de feria.

viernes, 7 de febrero de 2014

Ética, estética y patética


Ética, estética y patética
El verdugo de los mendrugos


Que Kiko Rivera, Riverita, no es un defensor de las formas no resulta un secreto difícil de ocultar, ¿verdad? No, no. Por favor, no os quedéis en la superficie, no voy por ahí. Es cruel juzgar a las personas por el físico, cada uno hace lo que puede. Lo verdaderamente importante es el interior.
Y ¿qué es el interior? Bueno, en el caso que nos ocupa no sabría por dónde empezar. Y no, por favor, insisto en que no lo digo porque podría perderme en el interior de Kiko. Espero que nadie confunda el mensaje por la mala elección de mis palabras. Por interior entendemos —más allá de lo obvio— lo central, nuclear, significativo, alejado de la periferia. Así que el interior parece algo sustancial, notable. Incluso me han dicho que la tercera acepción del DRAE apunta: “Que solo se siente en el alma”. ¡Wow! ¡Vaya frase!
Tan destacable es el interior que recuerdo la letra de aquella canción extremeña, «Esclarecido», en la que Robe golpea: «¡Críticos rajaré! ¿Pa’qué? Pa verles por dentro. A ver si puedo comprender qué coño es el talento»; «¡Voy a rajar a un juez! ¿Pa’qué? Pa verle por dentro. A ver si puedo comprender por qué soy tan ratero». La cosa es capital. Nos dice Robe con su filosofía castúa y natural que la única verdadera forma de entender es acudir al origen, al centro, al núcleo, al interior, al étimo, en una hipérbole —o eso espero— que alguna vez quisiera hacer realidad.
Tan importante como el interior es el exterior. Así al menos lo ven los equilibrados clásicos. El arte clásico, símbolo de belleza universal —en tanto que estética—, confía en el equilibrio interior/exterior o contenido/forma o significado/significante. O sea: hay cuerpos buenorros con los que pasear y no ir nunca al cine ni comentar un libro; hay mentes realmente «frungibles», pero que sea en la oscuridad de una caverna; y, por último, la gracia de saberse afortunado por tenerlo todo en su justa medida, sin que sobre, sin que falte.
¡El exterior, Kiko! No, no. No digo que Kiko Rivera sea «solo» exterior. Estoy gafado con las expresiones, ¿eh? Digo que el exterior está ahí, en nuestras vidas, como parte tan natural como cualquier otra. Y de hecho hoy lo cuidamos mucho. ¿Crees que tú no le das importancia? Cualquier chavalín de 15 años flipa cuando se publica un listado de las chorbas con las que «has frungido», con las que incluso más de uno se ha tocado, de cerca, quiero decir, o sea, que han coincidido por ejemplo en un paso de cebra en la calle —y lo de cebra no lo digo por alguna de ellas, que son muy monas, es un recurso formal; si hubiese dicho «cebras» sí. ¡Una sola «-s» lo que cambia!—. La pregunta sería: ¿al invitarlas a casa a ver tus tigres —vaya fauna— les veías por algún agujerito del escote el peazo corazón bombeante de emotiva sangre roja y entusiasta honestidad —templo sagrado— o te quedabas en el neumático que te transportaba a esa sensación de ternura y calma que te daba tu mamá?
¡Oh, la forma!
Pues sí, majo, las formas importan. Importa amar. Pero también importa no ir dejando hijos por los hospitales como cadáveres en una guerra —aunque solo lo hagas por Gallardón—. Sobre todo porque uno después resulta que quiere darle consejos a su hermana pequeña o a un higienista dental. ¡Y no quiero ponerme «estupendo»!, para eso ya está Max. Solo digo que lo de fuera importa para que no nos hagamos la picha un lío. Y lo de la picha tampoco lo digo por eso que estáis pensando, yo no le voy a decir a Kiko que se haga nada ahí abajo, ese no es mi estilo. ¡Estilo! ¡No me creo que no lleves un cochazo! Sí, hombre, pa’ligar. Llevarás un buen motor y una buena carroza. Pues eso: dentro y fuera.
Porque llamar «imbéciles» a los demás es de ser un tío con estilo, de buenro. Resulta fácil llamar imbécil a alguien y no caer en la cuenta de que uno puede estar en algún proceso acusado de plagio musical —yo no digo ná—; y no sería así de haberse preocupado por ser original, o sea, por las formas. Y eso de andar pareciendo lo que no eres…, ¿no ves que también son las formas? Sí, hombre, por eso de que vas por ahí con que si trabajas mucho y tal, cuando llevas dos días trabajando, como quien dice, y te lo has pasao sin dar un palo al agua. Aunque sin quererlo —leitmotiv de tu vida— puedes ser un innovador, un vanguardista: estoy convencido de que los tatuajes en menos de 24 horas serán: «hamor de madre» o «prefierro morír depié k vivír derrodiyas». ¡Y no pasa ná! esmás, ¡tanim portantes el cón tenido en tú vída kespero cón ánsíass ell diaqe te ma tri cules en Filo-Sofía. ya mamé. y yo tam bién.