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lunes, 10 de octubre de 2016

Los auriculares o La realidad


Los auriculares o La realidad
El niño cielo

El materialismo en exceso, como casi todo, es muy malo. Pero no me negarán que las cosas tienen cierto valor. Hay cosas que aparecen en nuestras vidas como algo fresco o divertido; hay cosas cuyo valor desconocemos hasta que son creadas y puestas en nuestras vidas. En estas veo yo los auriculares.
Resulta que decide uno caminar por la realidad: puede uno ir a por el periódico, al estanco, al súper, a por sus hijos al cole, al banco —la cosa se va poniendo cada vez más bonita—, al examen de conducir o B1 de inglés… En un momento dado puede echar de menos unos auriculares. Escuchar la música que a uno le gusta en ese momento dado puede salvarnos la vida. La realidad es demasiado insoportable para prestarle toda nuestra atención, así que uno puede decidir libremente ponerse sus canciones favoritas, incluso tararearlas aunque le miren a uno por la calle —escuchar a Robe «Carne y hueso. Se muere el mundo de hambre alrededor», en La ley innata—:
—(Mira el flipao ese).
—(¡Qué miras, infeliz!)
Puede dejar uno de pensar que en su trabajo ha oído noticias de que pueden cerrar y empezar los despidos, por ejemplo. Cuestionaba Millás que alguien pudiera soportar el 100% de realidad, decía que por eso nos engañamos y aceptamos o nos gusta que nos engañen en aproximadamente un 30%. Después de observar un poco parece que la realidad crece en su«insoportabilidad». ¿Qué tal si añadimos un porcentaje más de evasión?
Cuando uno camina a por el periódico, al estanco, al súper…, puede uno encontrarse, por ejemplo, con una joyería que cierra, con un salón de juegos que abre, o con un local que está en obras. Mira uno ese local y piensa que es otro negocio que cerró. Otro mira ese local y piensa que es otro emprendedor que surge y se arriesga. Hay también quien mira ese local y ve que hay una inversión alta en levantar un barra de bar, en mesas, en albañilería y fontanería para un baño de minusválidos. En último término está el que mira y ve el fracaso de un negocio anterior pero que se ha transformado en lucha y ganas para no rendirse y decirle a la vida «Basta»; ve que está uno ahí mirando cada detalle, la zona del negocio, el tipo de gente que habita, preguntándose si sepia o calamares, si mantel de plástico, de tela o de papel, si televisión, si internet, si periódico a diario, si un camarero, si el menú a 9,95 o 10,95, si postre, si camisa blanca.
Entonces acaba la canción, pero empieza otra.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Somos lo que educamos


Somos lo que educamos
El niño cielo

Domingo por la mañana, bien prontito, me aburro y digo: «Voy a abrir el Twiter a ver qué me encuentro». Y, creyendo que uno se va a quitar las legañas con la idiotaexpulsión de un gran hermano, me sorprendo con una foto de un gráfico sobre educación en el mundo (países de la OCDE). ¿Fuente? La OCDE. España está a la cola en inversión educativa.
Visto así, rápido y hoy en día, siendo una nación esta que se resquebraja a pedazos y al borde de unas terceras elecciones —cerca de unas cuartas y a vista de unas quintas—, no es para prestarle atención, ya que además sabemos que desde hace años estamos en el precipicio de los resultados académicos.
Pero mira uno la fotito esa, por curiosidad, porque no se lo puede creer, porque puede ser falsa, porque las legañas, porque lleva un cubata en la mano o porque es educador, etc., cada cual que elija una causa, y se da cuenta de que estamos en la misma línea que Chile, Italia o Eslovaquia. ¿Eslovaquia? Resulta que Eslovaquia invierte casi lo mismo en educar a sus polluelos que nosotros. «¿Se han vuelto locos?» «¡Eso es tirar la casa por la ventana!».
Googlea uno «pib españa» y sale una imagen enorme: 1,393 billones USD (2013); «pib eslovaquia», 97,71 miles de millones USD (2013). No hace falta ser doctor en matemáticas ni tener la Medalla Fields para que la mente se dispare, vuele la imaginación… En Eslovaquia hay unos 5 millones de habitantes y en España unos 48 millones. Está claro que nos tomamos la educación ¡muy en serio!
Os voy a hacer una confesión: estaba un día por casualidad en un colegio con unos visitantes circunstanciales: profesores y alumnos suecos. El caso es que entablo conversación con una alumna y su profesora. Me hicieron una pregunta que aún hoy me impacta: ¿Por qué hay vallas y muros en el colegio?
Este punto y aparte era para reflexionar. La pregunta lo merece. No daban crédito a que necesitáramos muros para que los alumnos no se fueran de un colegio, lo que da una idea que lo que interesa la educación a muchos ciudadanos de este país. De la misma manera se sorprendían de los índices de fracaso escolar en secundaria y otras cosillas.
Recuerdo que me sentí tercermundista.
La inversión en educación no se ve en los bolsillos de los ciudadanos. Si ahora invirtiéramos de repente el doble —y no en ordenadores, que parece que es el único recurso, sino en más profesores y menos niños por aula— nadie llegaría mejor que antes a fin de mes. Además somos un país de urgencias, queremos resultados ya: mientras yo viva, mientras yo gobierne… ¡Claro, es que ponerme a recoger papeles del suelo o no tirar pipas, en definitiva, ponerme a cuidar el medio ambiente, cuando no veré resultados hasta dentro de 200 años, es decir, yo ya habré muerto…! ¡Ponerme a invertir en educación en pleno mandato cuando eso no da votos y en cuatro años podrían ventilarme por no haber invertido ese dinero en, no sé, devolver 400 euros en la renta o ayudas a compra de vehículos o bajar un 0,3% la luz…!
Pues ya está. No nos rasguemos las vestiduras. Somos lo que educamos.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Incendios


Incendios
La niña lluvia

—A mí me parecen cosas raras, Eugenia. En esas cabezas hay cosas poco claras…
—Bueno, no tanto, tía. Conozco parejas que se han divorciado y luego han tenido un hijo.
—Pero ¿cinco meses después? Raro. Abatible. Líquido.
—…
—Javi dice que en esos cinco meses la ha visto tres veces y, por supuesto, nunca en la cama. Además estaba siempre delante su abogado.
—…
—Se lo ha inventado, Eugenia. O eso o es de otro... Y se lo quiere encasquetar… Pero cuando se haga la prueba de paternidad será cuando salgamos de dudas.
—Mira, tía, para raro lo de mi jefa. Va y me cuenta que cuando va conduciendo con su hijo de cinco años, si pasa de 60 kilómetros por hora el niño empieza a llorar y a decir «No más, no más». Y si sube a 80 entonces el niño sigue pero grita. Y así… Con lo que tiene que bajar la velocidad y no pasar de 60. Sospecha que el niño le quiere evitar un accidente, algo así como los «precog» de Minority report, ¿sabes?
—Y ¿tú te lo crees?
—Tía, ¿crees que miente?
—Joder, Eugenia, tu jefa es una fantástica.
—Demuestra que miente.
—¿Qué dices?
—Tía, me molesta mucho que dudes de una mujer. Si hubiese sido un hombre te lo creerías, como te crees a Javi.
—De eso nada. Y no lo puedo demostrar porque para eso tendría que acelerar a 140 y poner en riesgo la vida de dos personas, y si hubiera un accidente me dirías: «¿Ves?». Y encima quedaría en mi conciencia. Pero no le des la vuelta a las cosas como haces siempre, yo no miro el sexo o el género de una persona para juzgarla.
—Pues deberías. Bastante yugo soportamos ya para que nosotras mismas… Es lo que dice mi jefa: «la segunda guerra es entre nosotras».
—¡Ah! Y ¿la tercera? ¿El cepillo de dientes que se introduce en la boca a modo de violación y rasca y rasca?
—¡El sarcasmo es el recurso del débil!
—¿Esas frases lapidarias las sacáis de un libro de autoayuda? Por cierto, ¿tu jefa también piensa igual con esa movida del ajedrez?
—Por supuesto. Lo condenamos.
—¿Ambas?
—Las mujeres lo condenamos. Y tú eres expéctica de esas porque no te lo han explicado aún.
—No me hace falta.
—Tía, el más importante es el rey, es el privilegiado, por eso se le mata el último. Y a la que todos quieren matar es a la reina.
—La fichas no se matan. Se capturan. Pero, bueno, es igual, déjalo, no pierdo el tiempo con esas cosas.
—Esa es la actitud pasiva que nos somete. Siempre te lo digo. Debes aprender a superar ese estado de inactividad primario para trascender y ver la profundidad de la vida.
—¡Ya! No, es que…, verás, yo lo veo más bien… racista: empiezan blancas.
—¿Empiezan a qué?
—Quiero decir que el primer movimiento lo hacen las figuras blancas, por tanto llevan ventaja. ¿Qué te parece?
—Mmmm, se lo diré a mi jefa… Sería cargar más las pintas a nuestro favor.
—Tintas.
—¿El qué?
—Nada.
—Te importa que se lo diga yo a Sonia.
—Yo no voy a hablar con tu jefa ni muerta, así que haz lo que quieras.
—Hum.
—Es más. Estoy abriendo mi mente femenina para acceder a esa profundidad… Quizá me cuesta y es muy torpe pero… veo un componente imperialista, anticomunista, feudalista…
—¿Sí?
—…
—Eso era lo de latifundios y tal…
—¡Los peones se sacrifican por figuras más nobles, con más movimiento y mayor puntuación! ¡Horror!
—¡Los peones…! ¡¡¡Los obreros!!! ¡¡El movimiento obrero!!
—Claro.
—Tía. Eres una máquina cuando quieres.
—Como el billar… A golpear a la bola negra hasta que la metes en un agujero.
—Ya ves.
—O la postura del perrito. ¡Por Dios, qué dominación tan abominable!
—¡Odioso! ¡Abominable!
—Por cierto, ahora que estoy en racha. ¿Os habéis dado cuenta de que las empresas lácteas explotan a las hembras para extraer la leche?
—¡Diossss! Me voy a ver a Sonia. Mañana te llamo, hermana.

jueves, 3 de marzo de 2016

Hipercorrecciones sociales


Hipercorrecciones sociales
La niña agua

La hipercorrección —o también ultracorrección o sobrecorrección— es un fenómeno por el cual, ante una insidiosa y exagerada búsqueda de elevada cultura, uno decide cambiar un término lingüístico estándar por otro superior, al creer que aquel estándar es erróneo o equivocado. Tratando de corregir, lo que producimos pues es una incorrección real. Un ejemplo práctico: «a la alza» (expresión copiada de «a la baja», sin tener en cuenta que, aunque femenina, la palabra «alza» comienza con «a» tónica, como «agua» o «arma», y debería ser masculina, o sea, «al alza». Más: «Bilbado» por «Bilbao», «flaccidez» por la correcta «flacidez», «inicialización» por «inicio», «ejercitar» por «ejercer». Básicamente se llama hablar mal, pero no por ignorancia, lo cual sería disculpable en todos los casos, sino por pretenciosos, ostentosos, arrogantes, fanfarrones, vanidosos, provocadores, irreverentes, por no detenernos a pensar o buscar la forma correcta. Hay muchas razones; marque su casilla.
Pero, dado que el lenguaje no es más que una manifestación de lo que somos, una expresión social, con esta premisa podemos observar hipercorrecciones más allá del lenguaje.
En primer lugar, y relacionado directamente con el lenguaje, pasamos de golpear con regla en la mano a un niño por equivocarse escribiendo a no contar la ortografía en ninguna asignatura de la hasta hoy Selectividad, a excepción de Castellano. No hace falta golpear a personas para aprender —conductismo inoperante—, pero escribir lo hacemos en todas las asignaturas, no solo en una. Desde luego no me imagino a un profesor de Literatura, por ejemplo, permitiendo impunemente que un alumno escriba que el Renacimiento duró hasta el siglo XIX, aunque sea una cuestión de circunscripción histórica.
Somos un pueblo que pasó de asesinar por la espalda en las cárceles con el famoso «paseíllo» a tener televisión gratis en la trena. No sería una ultracorrección si también los hospitales dispusieran de televisión gratis, aunque solo fuera durante unas horas —y, por evitar que alguien pueda usar esta verdad para acusarme de demagogia si sigo argumentando, voy a dejarlo aquí.
Hasta hace bien poco éramos una comunidad altamente machista. Sin embargo, gracias al esfuerzo de hombres y sobre todo mujeres, vamos desencadenándonos de ese poso atávico que degenera en violencia. Ahora bien, resulta que en los últimos tiempos cualquier hombre que insulte a una mujer —no por ser mujer— es considerado, señalado e insultado también como machista. Es el recurso fácil y generalizado con el que se suele defender una mujer. Si dices que una mujer es una vaga, o que es lenta, o que…; un hombre hace mal su trabajo y no pasa nada, pero en el caso de una mujer es machismo, patriarcado opresor, tiranía del varón, etc..
Todavía recuerdo cuando un alumno recibía clase de una materia a cargo de un especialista. Sin embargo, esta profesión ha caído tan bajo que ya no es necesario tener un título que acredite conocimientos de Química o de Música, solo basta con saber enseñar Química o Música —y contar con un libro de texto al que ajustarse. El otro día en la página de la Consejería de educación se solicitaba profesor de Música y Plástica, y los requisitos solicitados eran el B1 de inglés y en titulación rezaba «Cualquiera» (cita literal, no pongo el enlace porque son datos que entran y salen).
Desde hace mucho nos hemos quejado de la intromisión o profanación eclesiástica en nuestra vida común y mortal. Ahora que gozamos de libertades y leyes que nos protegen para decidir y disentir, en lugar que quedarnos ahí, damos varios pasos al frente, con actitud combativa, y entramos en una iglesia desnudos e invadimos su «cuerpo» al grito de «Al Vaticano, régimen clitoriano», y lo aplaudimos en redes sociales. Devolvemos una profanación con otro sacrilegio.
No tenemos botón pausa.

miércoles, 6 de enero de 2016

La cabalgata


La cabalgata
La niña lluvia

—Juan, ¡Juan!
—Yee, ¿qué pasa?
—Nada, bien.
—Ostia, no te oía con tanto ruido.
—¿Qué?
—Nada. ¡Pa casa ya!
—¿Habéis visto la cabalgata?
—Yo he visto un circo… Luego una película…. Y también una cabalgata… ¿Tú qué has visto?
—Ya, ya sé lo que dices… Lo mismo… Pero los chavales se lo pasan bien.
—Hombre, ya te digo, los chavales lo que les enchufes, pero ahí esta el tema… Es que… ¿Qué están viendo? ¿A qué han venido? ¿Qué le explico yo a mi hija?
—Explicar, explicar… ¿Qué le quieres explicar?
—¡Coño! ¡Pues a dónde ha venido!
—¡A la cabalgata de los reyes…!
—O al circo, o al cine… Pero ¿es que tú no has visto a Bob Esponja y a los de Star wars y a los saltimbanquis esos? Y al rato, cuando ya no podía tenerla más sobre los hombros, que ya pesa lo suyo, llega el tractor con la estrella…
—Pero estos se lo pasan bien.
—¡Y dale! Que eso está bien, pero hay más cosas…
—Las que tú buscas.
—No, si luego nos quejamos y no sabemos cómo nos hemos metido en el charco, pero nos hemos metido.
—¿Qué dices de charco?
—Nada, que luego nos quejamos de los que nos gobiernan y de lo que hace uno y lo que no hace el otro, que si los políticos, que si las farmacias, que si los albañiles, que si los profesores, que si el fontanero, que si el médico… Así estamos todos los días en el almuerzo, la comida y la cena. ¿O no?
—Sí.
—Pues eso. Mucho quejarnos y luego ¿qué hacemos? Nada.
—Pero ¿qué hay que hacer?
—Chico, pareces tonto. ¿Es que tú no estás viendo el sinsentido de esta cabalgata, que es el mismo sinsentido con que crecen los chavales, porque no entienden nada? ¿Es que no ves la falta de identidad de esta cabalgacirco o lo que sea? ¿Es que no ves que seguimos siendo «charanga y pandereta»? ¿Para qué se gasta el ayuntamiento dinero en los circenses y los disfrazaos de dibujos y los de Star wars, cuando a lo que venimos es a una cabalgata?
—¡Ah!
—¡Mira! ¡Cuando te he nombrao el dinero ya te has puesto alerta!
—Hombre, es que no te explicas, chico. Ve al grano.
—Pero si lo del dinero es lo de menos. Lo que pasa es que para ti es lo de más… Bueno, da igual. Si tú lo quieres ver por el dinero adelante. Nos está robando el ayuntamiento para que lo pasemos bien, los chavales se rían y haya alegría, pero esta cabalgacircodesfiledeloscojones es más caro que si hubiera solo reyes magos.
—¡Eso sí!
—Esto es un quiero y no puedo. Solo con reyes magos hay empresas que lo hacen mejor.
—Ya… pero sería un poco soso, ¿no?
—¿Soso? Es lo que es. Reyes magos. ¿Acaso tú te pides unas chuletas de cordero lechal y les pones salsa de roquefort?
—Mmmm, ¿por qué no?
—0o.
—A cada uno le gusta una cosa. No pasa nada.
—Ese es el problema, que somos muchos… ¿Entiendes?
—No.
—¡Que ya no hay criterio pa hacer las cosas ni ostias! ¡Que un restaurante que te pone salsa roquefort lo que quiere es que no notes que la carne no es tan buena como lo que te cobran!
—¡Ah! ¡Igual que cuando te rebozan el pescao y lo fríen! Eso es verdad.
—Pues eso con todo.
—Ya, pero está bueno…
—0o. De los caramelos ya ni hablo, ¿verdad?
—Chico, ¿también te molestan los caramelos?

jueves, 10 de diciembre de 2015

Volver


Volver
Miguel Ángel Jiménez-Velasco Candela

—Dicen que el mundo se va a la mierda.
—Pero el mundo no se mueve.
—En realidad sí, gira y rota y todo eso que te enseñan en la ESO.
—Ya, pero el mundo no tiene patas para irse a la mierd…
—Mereces un Nobel por ese descubrimiento. Bueno, pues eso, que sin patas o con ellas se va para no volver.
—“Con la frente marchita…”
—Escucha, el mundo está mal por gente que dice a los demás qué hacer.
—Otro Nobel para ti también, que eso viene de antes, de Fernando VII, y antes incluso.
—De siempre, y en España de mucho más que más. Reyes absolutistas y monárquicos, generales LIBERALES que reinaron de forma tan personalista como los otros, capaces de bombardear nuestras propias tierras por seguir sosteniendo una vara de oro y brillantes, gente sin moral que ha “calmado” revueltas con la actuación de la policía.
—Eso último no suena tan mal.
—Investiga sobre la Noche de San Daniel y luego me dices. Lo mismo da serviles que liberales, moderados que progresistas, burgueses que nobles, carlistas e isabelinos, izquierda o derecha, PP que PSOE.
—Y entonces ¿qué hacemos? ¿Anarquía? ¿Cambiamos el bipartidismo? ¡Jovellanos ha muerto hace mucho!
—Pues esperaremos la llegada de otro como él, de momento pásame el mando del aire que hace frío.
—Yo tengo calor.
—¡Te digo que hace frío, pásame el mando de una vez!

martes, 8 de diciembre de 2015

Platón y quién será el siguiente


Platón y quién será el siguiente
Dante

¿La sociedad está “yendo de mal en peor” y “el mundo se va a la mierda”?
No, sinceramente, el mundo no se irá a ninguna parte, pero dependiendo del lado de la balanza en el que estemos veremos la vida con un cristal de un color u otro del símbolo de Pink Floyd.

Tomemos el ejemplo de Singapur: un pequeño islote cenagoso que fue colonizado por los ingleses en la edad de piedra local. Cuando se marcharon, dejaron la típica colonia portuaria donde la gente se comía hasta las uñas para sobrevivir.

Todo cambió cuando llegó Lee Kuan Yew, uno de los hombres más grandes que anduvieron sobre la tierra. Elegido democráticamente, hizo de Singapur una de las naciones más poderosas y estables, lo que hizo a los inversores y empresas competir por el espacio de oficinas allí a puño y navaja. Fue vilipendiado por los medios de comunicación mainstream. Sin embargo, el Ministerio de Verdad orwelliano se quedó indefenso ante lo empírico.

Singapur, una “dictadura”, tiene ahora un millonario por seis habitantes, y sumando.

Pero no puedes mascar chicle allí.

Pongamos ahora a Europa en la mira: un continente fosilizado, bruxelizado, y musulmanizado.

Un espacio de Schengen y amor donde los islamistas radicales no constituyen un peligro en absoluto. Un lugar de justicia social donde te rebanan la cabeza si la sacas demasiado.

Es la democracia, manejada no por poderes en la sombra sino por burócratas que intentan “salvar el mundo”, ese virus implantado bajo los cráneos de la generación del 68.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Cómo elegir…


Cómo elegir…
Díptero impertinente y La niña lluvia

—Cariño, ¿comemos juntos?
—Mmmm, vale… Sí. Acabo a las 14:00. ¿Dónde quedamos?
—Me han dicho que en la glorieta Los cuatro caminos hay varios donde elegir.
—¿Ahí no estuvimos hace años?
—Sí. Pero me han dicho que hay más ahora… No sé. Es ir y ver…
—Vale.
—¿Quedamos en la boca de metro de Callaos?
—Sí. En 1 hora.

Sesenta y cuatro minutos después…

—Mira, creo que ese es en el que estuvimos aquella vez.
—No fue tan bueno, ¿verdad?
—Pues aún resiste.
—Creo que nos lo recomendaron José Mª. y Ana, que decían que era un poco caro, y había que ahorrar, pero que merecía la pena el sacrificio. Que si la calidad era extraordinaria, que si el trato…
—Sí, y me acuerdo de que no respetaron el menú y nos cambiaron el jamón por lomo, y no sé qué más cambiaron.
—La fachada era muy bonita pero luego por dentro no era para tanto.
—Y la comida no estaba mal, aunque tampoco para ese precio. Se pasaron un poco.
—Y ¿lo del vino? Que en carta pedimos un Matarromera y nos traen un Fila…no sé qué, ¿cómo era?
—Sí, sí. Era uno que, vamos, ni punto de comparación… ¡Filarmónica!, se llamaba. Y nos decía el tío que se le había agotado el ribera y que este era un descubrimiento, desconocido y que un sumiller alemán lo calificó con 97 puntos en La Guía Lerverkofg.
—No teníamos que haberlo pagado.
—Tampoco es eso. Es solo que para otra vez no sé si nos arriesgamos…
—Bueno, y ¿aquel?
—No sé. Estaba ya otra vez pero no entramos. Me ha dicho Jaime algo de que mucha propaganda y postín pero que se queda en nada. Además, este se anuncia en la radio, en webs de estas de restaurantes… Pero dice Jaime que vino una vez y que el menú tenía un precio pero que era sin IVA y de eso te enteras al final, claro; además no incluía bebidas ni postre ni pan,  con lo que el precio llama la atención pero al final pagas más. Y encima la ensalada y el vino eran básicos y te recomendaban otras mejores pero pagando, claro; y una carta de vinos aparte que tampoco estaba en el menú.
—Pero hay gente, ¿eh?
—Sí. A mí al ver el precio y tal me llamó la atención, pero al contarme Jaime eso ya no sé… No sé. Igual están por costumbre. Eso pasa. Estos dos eran los que había siempre en esta glorieta. Si quieres probamos.
—Vamos a ver ese otro, no hay prisa.
—¿Prisa? No, solo unos meses.
—Mira, este parece una mezcla de comida sudamericana y china, y aquí pone picante.
—Cariño, yo lo veo muy extremo, mi estómago ya sabes que no soporta esto.
—Pues quedan dos.
—A ver este. Mmmm, la verdad es que tiene unos precios impresionantes. Casi te diría que veamos el otro porque no me lo creo.
—Mujer, lo que pone ahí. ¿Por qué no te lo crees?
—Eso lo hacen muchos y luego te cobran más por lo que sea: servilleta, palillos, ir al baño, jabón y papel…
—Aquí pone Menú por 5.95: ensalada, primer plato, segundo plato, tercer plato, bebida, postre, café, puro y sofá.
—Es que es imposible, vamos al otro.
—Pero, espera. ¿Por qué no entramos? A veces desconfiamos por sistema. Gente hay. Yo probaría.
—Yo no. Pero ¿de verdad te crees eso? ¡A saber de dónde viene la comida! No pueden ganar dinero ofreciendo todo eso de manera normal.
—¡Mujer, no creo que los puros sean cubanos!
—Paco, pareces tonto. ¿Tres platos? Ni un chino te da todo eso a ese precio.
—Yo creo que quieren ganar poco y atraer clientes y salir adelante en la vida trabajando, y no robando. ¿Tú sabes lo que ganan estos solo en la bebida? El clavo está ahí. Te cobran por una cerveza dos euros, y le ganan un 150% del valor. Y si no el vino. Solo con que se ajusten un poco más… Y si no el arroz… ¡Cuando hacen paella hay sitios que te soplan 8 euros por plato! ¡Arroz! un paquete te cuesta 1 euro. Dos pedazos de pollo, 50 céntimos. Una tira de pimiento, 5 céntimos. Cinco garbanzos, cinco gramos de tomate… A ver, ¿dónde están los 8 euros?
—Bueno, vamos a ver el último…
—¡Ah, sí, este! A ver: Jaime no ha estado, pero dice que ha oído hablar bien, que parece que tenga buen ambiente y que lo único es que la comida es como de temporada, no es una cocina muy definida, muy fija.
—Se ve gente dentro y buena pinta tiene. A lo mejor están probando qué platos prefiere la gente para luego elegirlos y poner precios definitivos.
—Eso no me parece bien. Tendrían que definirse.
—Pues a mí sí. Están sondeando para saber qué quiere el cliente y poco a poco mejoran.
—Eso es hipocresía. Traición.
—Pues yo lo veo adaptación a los cambios. Inteligente. «¡Be water, my friend!»
—No sé. Estoy mirando y pone Menú tres platos a elegir, pero ¿a elegir entre qué?
—No está muy claro pero el precio tampoco está mal.
—¿Cuál elegimos?


Me dirijo a usted o La confianza en el progreso


Me dirijo a usted o La confianza en el progreso
La niña lluvia


1) Disculpa, pero el otro día me mandaste una medicación y acabo de ver en internet otra igual pero más barata. ¿Me lo puedes aclarar? Otra cosa, me he informado y tenías que haberme explicado más detenidamente de que me ibas a introducir la sonda esa por la nariz, porque desde luego yo me hubiera negado, faltaría más. No lo hice porque no podía ni moverme cuando ya me habías metido parte del cable ese, y yo pensaba que era normal, pero por lo que me cuentan no siempre es como lo hiciste tú y otros médicos tienen más consideración. No pretendo darte lecciones ni nada, pero creo que deberías pensarlo y planteártelo. Somos personas ante todo. Y yo no me sentí persona, faltaría más.

2) Buenas tardes, ante todo:
El otro día me vine con la dieta que me hiciste. Soy Josefina Triveca Relaño. El caso es que miré una cosa que había escrita que ponía que tomara los hidratos de carbono, pero una amiga que entiende me decía que eso son azúcares y que voy a engordar. No sé si es que me lo pusiste equivocado o es que mi amiga no me lo ha explicado bien. ¿Podría contestarme cuanto antes para poder empezar a tomar la dieta? Tengo necesidad.

3) Hola. Quiero decirte que el otro día mi hijo quedó para hacer un trabajo con un grupo de la clase para su asignatura y quedaron en casa de uno pero a mi hijo no le avisaron y preguntó y no le decían dónde quedar y no pudo hacer el trabajo por esa razón y creo que usted le va a poner un cero. Quiero que lo sepas porque es importante que un alumno no sea minusvalorado por la sociedad y todos tenemos que poner nuestro granito de arena y aportar para que eso cambie y desde luego mi hijo y yo estamos en ello y le ruego que lo tengas en consideración para que aquellos alumnos recojan el fruto de lo sembrado y tengan su merecido.

4) Buenos días, soy Juan Osado García:
El otro día en el partido de mi hijo vi que lo quitó cuando no llegó al corte y nos metieron el gol. Sospecho, y usted me confirmará, que lo quitó del campo por esa situación. Creo que no se ha dado cuenta de que lo que usted hace es culpabilizar a mi hijo, que por supuesto llegó a casa destrozado, diciendo que había sido error suyo. Mira, ser entrenador es más que unas cuantas reglas estratégicas y un cursillo de verano. Hay que tener mucha psicología para trabajar con personas y no caer en cargar culpas ni desacreditar a la gente como has hecho en este caso. Me parece imperdonable tu actitud y no es la primera vez que me llegan comentarios parecidos de los hijos de otros compañeros. Has desmotivado a mi hijo y quiero que ahora lo soluciones. Podemos quedar un día después del entreno. Aprovecho para recomendar desde mi modestia que el sistema que planteas no es bueno y está descompensado. No llega el balón a las bandas. La defensa está muy atrasada. Y hay cierto jugador que ya hablaremos que está descolocado, no cumple y mi hijo podría perfectamente suplirle.

5)
—¿La cuenta, por favor?

—Se la traigo ya.
—Pero ya ya, porque…
—¿Algún problema señor?
—Pues mira, ya que lo preguntas, sí. Aún no me has traído la cuenta, pero me imagino que gratis no es. No se pueden cocinar alubias sin chorizo potente. Y eso lo sabe cualquiera, ¿verdad? Estaba falto de sal, de sabor… Y me ha parecido que le habéis añadido sal al final cuando os habéis dao cuenta.  Y la fritura estaba seca. Pero seca como la mojama. El rebozao no se hace con tanta harina.
—Tomo nota señor, pero entienda también que a veces puede ser una cuestión de gustos.
—¡Ah! ¿Quieres decir que tu gusto está por encima del mío?
—No, señor, para nada.
—Pues es lo que has dicho. ¿Lo ha dicho o lo ha dicho?
—Discúlpeme, señor, siento haberme expresado mal. Le traigo la cuenta.
—Venga, rapidito, que tenemos prisa.
 

jueves, 17 de septiembre de 2015

Oh, mundo II


El niño cielo

Vivimos tiempos confusos —no sé de quién es la manida frase pero la necesito tal cual—. Al mismo tiempo en que esta mañana oigo en la televisión que ha aumentado bastante, afortunadamente, la donación de médula, resulta que oigo en la radio a Donald Trump decir que en EEUU se habla inglés porque esa es su lengua —sin caer, pobrecillo, en que el inglés tampoco es su lengua, sino de Inglaterra—, y una hora después veo en GH 16 a una madre con complejo de adolescente decirle, confidente, a su propia hija de 19 años: «No foll…es con él, porque este ni siente ni padece, ¿entiendes? Le enchufas la po…, y le haces una paj… con la mano». Y no digo más con los refugiados.
Hace 3 días yo mismo doné sangre por primera vez y me hice donante de médula. Ahora lamento no haberlo hecho antes, sobre todo cuando vi a tres pipiolos de 18 añitos recién cumplidos a mi lado también por primera vez. Me emocioné. Pensé que el mundo iba mejor. Pensé que habría un futuro solidario, empático, concienciado con las causas humanas y colocando al ser humano en el lugar que le corresponde, es decir, la prioridad vital. Y encima esta mañana, como un refuerzo conductista, aparece la noticia del crecimiento en donaciones de médula. Me ha parecido una hermosa correlación.
Sin embargo… Sin embargo, poco después mi mente sufre un giro cinematográfico que ni las telenovelas venezolanas. Donald Trump me hundió. Mi cabeza fue perdiendo altura hasta volver a odiar el mundo en que vivimos. Lo peor ha sido cuando lo he comentado y he descubierto más de lo que podía soportar sobre este espécimen prehistórico, arcaico y retrógrado. La curiosidad mató al gato. Del pozo negro —eironeia— de su boca han salido nubecillas esponjosas como que EEUU se había convertido en el vertedero de los problemas de los demás, o que México trae drogas, trae crimen, son violadores, y algunos son buenas personas, o que viene gente por las fronteras que no es el tipo de gente que queremos, o que va a construir un muro en la frontera —¡yo me acuerdo perfectamente en este punto de Juego de tronos!
La mamá adolescente de GH 16 también dijo sobre los hombres en su presentación: los hombres son para ella como los kleenex, de «usar y tirar». Desde hace unos años brotan los padres y las madres amigos, amigos de sus hijos, me refiero. No son todos, afortunadamente. No es una cuestión generacional. Psicólogos apuntan a que suelen ser padres o madres que no han superado su etapa adolescente —algo se les quedó por hacer en una época no tan liberal como esta—, y retornan a ella a través de sus hijos: visten, hablan, se comportan como si tuvieran 20 años. Y con los hijos, por supuesto, hay que hablar de sexo, como de estudios, como de lo que necesiten; pero no confundamos hablar, digamos, ayudar a reflexionar, digamos incluso, teorizar sobre sexo, estudios o lo que necesiten, no confundamos, repito, con chismorrear, cotillear, malmeter o imponer sobre los mismos. La primera vez que mi padre me habló de política fue así: «Toma (sobre con voto dentro y ya cerrado), vamos a votar», «Pero ¿ya me has cerrado el sobre con el voto dentro?», «Sí». Eso fue todo. Hoy, contra eso, los padres amigo dirían: «¿Sabes a quién deberías votar, hijo? A (el que ellos mismo votarían), y te lo digo yo porque mira, Pepito y Fulanito hicieron esto y lo otro», «¡Ah!, ¿sí? Vaya tela, ¿no?», «Para que veas cómo son esa gentucilla. Pero tú decides». Estimado lector, ni una cosa ni la otra. Ni una cosa ni la otra. Ni si quiera la suma de ambas.
Por un momento creí que el calor del desierto o la picadura de algunos mosquitos se había apoderado de mí. Pero no. Fue el ser humano.

jueves, 18 de junio de 2015

Muerte por Tipp-Ex


Muerte por Tipp-Ex
Espe Or

No es el nombre de un postre para académicos. Es lo que me ha pasado. Sí, he muerto por Tipp-Ex. No es una muerte física , por supuesto —esto no es una novela de ficción o un corto rollo Mirindas asesinas—. Es una muerte anímica, del ánima, de mi alma.
¿Qué profundo?, dirá uno. ¿Qué hiperbólico?, el otro. ¿Qué profundamente idiota e hiperbólico? Bueno, un poco de todo. La genialidad queda reservada a historias mayúsculas como la de El milagro de P. Tinto y aquel entrañable personaje que llevaba una bombona de butano a cuestas en su devenir heroico y trágico.
La voz de Nietzsche liberó al hombre de la culpa —esta frase resume mucho, pero espero que se entienda: él mata a Dios y con ello aniquila también todo sentimiento de culpa que nos impone un ser superior—. Y años después su eco resuena por lo sencillo y egoísta que parece todo, ya que, arrancada la culpa de nosotros mismos, no hay límites ni herida ni cicatriz; da igual lo que haga éticamente porque no me voy a sentir culpable.
Dicho de otro modo: ¿por qué el machismo sigue vivo? Porque es sumamente cómodo. Facilísimo. No muchos hombre van a luchar contra él, o sea, contra algo tan beneficioso para los hombres… Con la culpa pasa algo parecido. Si te sientes culpable, ello nos genera malestar. Nosotros  podemos calmar ese malestar a la antigua usanza, esto es, abriendo un periodo de reflexión, sentir que realmente hemos hecho algo mal, pedir disculpas y solucionarlo o corregirlo si está en nuestras manos. Pero el Ego dificulta el reconocimiento del error, y el esfuerzo dificulta ponerle solución al error —cultura del antiesfuerzo en la que vivimos—, ya que, según el Principio de economía que gobierna nuestra vida, es un gasto corregir conductas, retomar responsabilidades, encaminar mis pasos... Así que la otra forma de calmar el malestar es la liberación de la culpa, o búsqueda de culpables que no son Yo. Es decir, sé que está mal tirarle una piedra a mi compañero pero él lo hizo antes conmigo —busco autojustificación: lo hice por/a causa de esto, no fue mi culpa—. Me libero: ya no me siento mal, no reflexiono, no he de disculparme ni he de solucionar nada. Económico. Facilísimo. ¿O no?
En los últimos 50 años, más o menos, la Psicología ha descubierto y profundizado en un concepto hijo de esto que estamos hablando: disonancia cognitiva. Por si alguien quiere profundizar.
Volvamos a la cicatriz, ese límite o marca que nos impone la culpa. La cicatriz  no es solo un elemento narcisista que da cuenta de nuestras aventuras y desventuras épicas y que permite a los neandertales alfa competir entre ellos, sino que actúa como un registro de acontecimientos dolorosos, y nos ayuda a recordar. La cicatriz puede ser física y también psicológica (los traumas). La cicatriz es un presente, te actualiza, te trae. Puede que esa actualización dure unos segundos solamente, pero son unos segundos que además se van a repetir porque una cicatriz no se borra, no se corrige, no se elimina y la volveré a ver. Podemos pensar en la espina que nos ha rajado la mano al ir a coger una rosa, el corte en la mano con el cuchillo jamonero al colocarla delante de él, la sensación de vértigo o temor que aparece al acercarnos demasiado a un coche porque antes ya nos golpeamos así, la vez que fuimos a una gran ciudad y nos robaron la cartera en la zona turística porque llevábamos el bolso medio abierto.
Esa es la grandeza de la cicatriz: nos recuerda que, si repetimos una acción, nos puede doler; y, a menos que sea uno masoca o psicótico extremo, no se va a repetir.
Pero es necesaria la cicatriz. Porque si no hay cicatriz no recordaré nada y volveré a cometer el error, del cual me volveré a liberar y a culpar a otros y nunca aprenderé.
—Me han puesto una multa que te cagas. 300 euros.
—Y ¿eso?
—Ná. Iba a 90 en un tramo de 50. Pero había luz y era ancho. Los cabrones se han puesto ahí para pillar, ¡para pillar!
¿Os suena? Sí. Ciertamente, se han puesto para pillar. Pero tú ibas a 90 y solo tú eres culpable de esa acción.
Los celos enfermizos pueden alejarte de parejas que podrían haber sido la persona de tu vida. Pero, claro, quizá justifiques tus celos con que ella “vestía como una hjggk.”
El cúmulo de errores que comete Hitler en las campañas de invierno en Rusia, teniendo en cuenta además que no era militar, le conduce a su fin. Pero, claro, era el Líder.
Son algunos ejemplos un tanto variopintos. Dejo que cada uno piense en otros.
La cuestión de fondo es la educación. Es la única que puede conseguir minimizar los errores, enseñándonos primeramente a asumirlos y a no volver a repetirlos. Por ejemplo, Hitler debió de conocer lo que le pasó a Napoleón unos años antes al intentar conquistar aquella tierra nevada del Este. Sin embargo, Hitler no tenía cicatriz, él no había vivido el fracaso del otro. Comete el mismo error que Napoleón. El ego de Hitler le ciega una y otra vez.
Solo una educación adecuada nos enseña a no errar o a errar y aprender. Solo una educación que contemple los valores y la psicología del educando (actitudes, empatía, asertividad, equilibrio en autoestima, conocimiento de los otros, etc.). Una educación que equilibradamente me deje una cicatriz cuando yerre. Una educación que no tape las cicatrices que manifiestan nuestra imperfección. Una educación que no use, por ejemplo, Tipp-Ex.