viernes, 25 de abril de 2014

Multitasking Social


Multitasking Social
El aprendiz


Nos dicen, desde pequeñitos, que el tiempo es dinero.

El tiempo es un bien preciado que vale oro y que no hay que desaprovechar.
Y ,¡coño!, nos lo creemos.

Aprendemos a vivir rápido, deprisa, sin descansos, sin tiempos muertos, sin detenernos ni un solo momento en seco para disfrutar de un atardecer tirado en la playa, o de las vistas maravillosas que nos proporciona el mirador de nuestra ciudad. No tenemos tiempo para esas cosas: hay que aprovechar el tiempo lo máximo posible para hacer cosas de provecho.

Cosas de provecho.

Cosas de provecho, claro.

Cosas como estudiar, comer, hacer ejercicio, tener tiempo con la pareja, dormir o trabajar.

¡Eso son cosas de provecho!

Pero claro, el hombre es un ser social, y como tal, no hay que descuidar el contacto con otros elementos igual de sociales que tú —o más aún si cabe, para que todo el mundo vea que te mueves por altas esferas sociales: qué guay, ¿eh?—.

Un gran don que tenemos los seres humanos es el de tener la capacidad de hacer varias cosas a la vez. Multitasking (o multitarea para aquellos ibéricos que se niegan a adoptar términos extranjeros en el idioma patrio) lo llaman ahora los modernos, con el nacimiento de las nuevas tecnologías.

Me río yo de los modernos y del multitasking.

Mi madre ya hacía multitasking antes de que nacieran los smartphones.

El caso es que hay que adaptarse a las nuevas tecnologías, y a los nuevos tiempos.
Si un teléfono puede hacer multitasking, ¿por qué no voy a hacerlo yo?

Es ahí donde nace la espiral vírica que nos atrapa inconscientemente, aquella en la que, sin darnos cuenta, con esta maravilla del multitasking nueva y moderna, somos capaces de hacer más cosas en un día de las que haríamos normalmente en el transcurso de 24 horas normales, sin el dichoso multitasking.

Así, por ejemplo, cuando vamos a comer, nos encargamos de hacerle un snapshot a la comida para subirla a Twitter y que todos tus “amigos” y des-conocidos que te siguen vean lo afortunado que eres por comer.

Pero, qué coño, ya que estamos puestos y lo va a ver todo el mundo, en lugar de comer de paso por el Burger King antes de llegar a casa, ¡vámonos al Starbucks! ¿Por qué? Pues porque todos tus followers merecen ver lo afortunado que eres por ir a un sitio hipster y súper mainstream.

Eso mola.

¿Que el Burger está a 5 minutos andando y el Starbucks está a 45? ¡No importa! Somos una nueva especie, el homo multitaskien: podemos con todo lo que nos echen. Ya recuperaré esos 45 minutos de menos cenando mientras me ducho: está todo controlado.

Todo sea por los followers: amigos incondicionales, vínculos eternos.

¿Que hay que estudiar para el final de mañana? Antes de ello hay que tomar una selfie de la situación y pasarla por todas las redes sociales para iniciar un debate de 4 horas sobre lo injusto que es el sistema educativo.

Por eso suspendemos: la culpa es del sistema educativo, que demanda unas horas de estudio incompatibles con nuestra vida social, a pesar de nuestra capacidad de multitasking.

Tenemos que ir a visitar a nuestra familia, que nos echa mucho de menos. Pero no podemos permitirnos perder posiciones en el ranking del jueguito de smartphone que esté en ese momento de moda, porque eso nos haría perder un prestigio social que nos ha llevado horas y semanas ganar.

Así, mientras tu madre está sentada contigo hablándote y esperando impaciente que tú, por iniciativa propia, saques un tema de conversación o simplemente le cuentes cómo te va tu estresante vida social y cómo haces malabares para compaginarlo todo (porque eres una máquina de la economía temporal diaria), tú te limitas a contestar monosílabos como “sí”, “hum”, “ya” y sucedáneos, sin despegar la vista de tu flamante iPhone 7ZC+3/4, que provoca que todos tus amigos te admiren y respeten, que te quieran de verdad, y que vayan a estar ahí siempre, pase lo que pase, porque tú tienes el último smartphone y vas a la moda.

Tu madre no.

Tu madre no merece esa atención que dedicas a tus queridos followers.

Y, tras un precioso día muy productivo, llegas a casa satisfecho, orgulloso de haber aprovechado tu capacidad multitarea al máximo y haber rendido al 100% de tus posibilidades como homo multitaskien.

Así que te sientas en el baño a cagar mientras te afeitas, y después te pegas una ducha mientras cenas.

Y cuando llegas a la cama con tu pareja, a la cual llevas hablando por whatsapp todo el día diciendo lo mucho que la echas de menos, siendo este uno de los motivos por los que ignorabas a tu madre esta tarde, resulta que no podéis hablar aún porque tú tienes que terminar una conversación con tus coleguis del grupo de Facebook, y ella tiene que subir los trabajos y comidas que ha hecho hoy a Instagram, con sus respectivos debates post-publicación.

Así que, después de 45 minutos juntos en la cama en los que sólo se oyen la vibración y sonido característicos de un flamante smartphone al pulsar las teclas, ella termina su erudito debate social con sus amigas de Instagram concluyendo con que si las mujeres son todas unas golfas, y él finaliza por fin con sus colegas con que los hombres son unos capullos, ¿o era al revés?
Pfff, es que yo ya me pierdo: a mí me pilló la transición, pido perdón si mi capacidad multitasking no es tan buena como la de las generaciones venideras.

¡Eh! ¡Eso sí! Tras 45 minutos de incomunicación total y contacto nulo, vamos a tener una buena ración de sexo, que no hay que descuidar el tiempo en pareja.

Tener capacidad multitarea está muy bien —a mi madre se le daba genial, repito—. Pero hay que saber disfrutar de algunos momentos: sin interrupciones, sin distracciones.

Hay a quien se le ha olvidado vivir.

Hay que aprender a dejar el móvil al lado cuando se habla con mamá.

Hay que quedar con los amigos para tomarnos una copa, y dejarnos de tanto icono de cerveza por el whatsapp.

Cuando estemos en la cama, hay que mirar a los ojos a nuestra pareja, y no a su foto de perfil.

A la vida hay que amarla, abrazarla, apretarla.

Apretemos más; abarquemos menos.

jueves, 24 de abril de 2014

La opción


La opción
El niño cielo y Díptero impertinente

—Hola, buenos días, señor. Gracias por contactar con Voxtua. ¿Conoce cómo funciona nuestra empresa?
—Sí, ya la usé hace unos meses.
—Entonces cuando quiera puede empezar.
—«Disculpa».
—Muy bien, señor. Tramitamos «disculpa». Dígame su nombre para acceder al registro.
—Lorenzo Enagua y Torrente.
—In-tro-duzco y… Aquí estamos. Efectivamente, tramitó usted ya un «despido» el 12 de noviembre de 2013. Ahora añadimos «dis-cul-pa»… Eso es. Ya está. Siguiente paso, señor Enagua, debe indicarnos la frase. ¿Está usted ante un ordenador o dispositivo móvil con acceso a la web o le leo las posibilidades?
—Sí, sí. Tengo la web delante,
Suena un ding en la mesita.
—un momento.
—Por supuesto, señor Enagua.
—Dime, Alicia.
—Su visita de las 21:00 pregunta si hay que adelantar la notificación de permuta o puede enviarla por fax después de la reentrada.
—Dígale que la envíe por fax, no importa; pero que no se le olvide.
—De acuerdo.
—Ya estoy aquí, disculpe.
—No hay problema. Estábamos en la frase. ¿Sabe ya cuál le interesa?
—La verdad es que estoy mirando… y dudo entre la b y la f… Bien, vale, la f.
—Muy bien. Elegimos f. Siguiente. ¿Nombre del sujeto que se disculpa?
—Remo Enagua de Caldea.
—Re-mo-En-agua-de-Cal-dea. Muy bien. ¿Añadimos algún sobrenombre?
—Sí, ha de constar lo siguiente: «Remo Enagua de Caldea, alumno de 2ºB de la ESO», y ya la disculpa.
—Guardamos… Y… Pasamos al cierre o razón de la disculpa. Dícteme, Señor Enagua.
—Sí… La razón es un insulto al profesor de Mates.
—Podemos dejarlo en «por haber insultado al profesor de Matemáticas».
—Vale.
—¿Desea que añadamos el nombre del profesor?
—Ummmm… No sé.
—El asunto queda más particular y sentido. Nosotros lo recomendamos. El cliente luego lo agradece. Además puede haber varios profesores de Matemáticas.
—Ya… Bueno, es que no sé cómo se llama este. Espere… ¡Niñoooo! ¿Remoooo?
—Sí, papá.
—¿Cómo se llama el de Mates?
—Arquímedes Gauss, pero le llamamos Arquimierda.
—Vaya nombrecito… Señorita, ponga Arquímedes Gauss.
—Pues queda: «por haber insultado al profesor de Matemáticas, Arquímedes Gauss».
—Vale.
—¿Quiere añadir mensaje de concesión a positividad?
—Sí, sí, el completo de este caso.
—Pues el texto ya está. Quedaría de la siguiente manera: «Remo Enaguas de Caldea, alumno de 2ºB de la ESO, se disculpa con la nobleza de corazón intrínseca a la familia por haber insultado al profesor de Matemáticas, Arquímedes Gauss. Desea reparar el daño. Por favor, indíquenle cómo hacerlo».
—Estupendo. Me suena muy bien.
Suena de nuevo un ding.
—¡Joder!
—¿Disculpe?
—No, no, no es a usted, disculpe. Es… Nada, sigamos.
—Elijamos office person, entonces. ¿Sexo?
—Mujer.
—Office girl, aquí está la pestaña. Correcto. ¿Franja de edad?
—40-50.
—Esta. Ahora imagen: ¿tradicional o moderna?
—Tradicional.
—¿Cercana o distante?
—Umm, distante.
—Ya. Pues ahora… ¿Me ha dicho que está en la web?
—Sí.
—Espere… Ya. Ponga el siguiente código en la esquina superior derecha: 6bd7771.
—6bd7771. Ya.
—Dele a aceptar.
—Aha.
—¿Deberían aparecerle 7 fotos?
—Sí. Elijo, ¿verdad?
—Eso es.
—La otra vez no pude elegir. Esto está mejor… A ver… Esta no… Estaaaa, ummm… Me quedo con la 5.
—Muy bien. La 5.
Suena otro ding.
—A ver, ¿qué quiere Victoria?
—Perdone que le moleste, señor Enagua, tengo que darle un comunicado urgente.
—Estoy en mitad de un trámite, ¿no puede esperar?
—Me temo que no.
—Espere.
Al teléfono.
—Señorita, aguarde un instante, por favor.
—No se preocupe.
—A ver, Valeria, dígame.
—Es Victoria, señor.
—Eso, vale. Dígame.
—Le comunico que su mujer ha llamado para informar de que su cuñado ha fallecido.
—…
—…
—Gracias… Valentina, gracias.
—…
De nuevo al teléfono.
—Ya, ya estoy aquí.
—Habíamos tramitado ya la Disculpa, señor. ¿Cerramos proceso o desea algo más? Le recuerdo que estamos en periodo de oferta de 3 procesos por el precio de 2.
—Eh…, sí. Sí. un proceso más.
—Adelante, señor.
—«Pésame».

martes, 1 de abril de 2014

La vitrocerámica


La vitrocerámica
El niño cielo y Díptero impertinente

—Piiii… Piiii… Piiii… Clic.
—¡Hola, bue
—Le habla el contestador automático de Seguros Mediverti Atucosta. Indique qué desea: pulse o diga Uno si desea denunciar una avería; pulse o diga Dos si desea abrir una incidencia; pulse o diga Tres si desea contratar otro servicio; pulse o diga Cuatro si desea cerrar una incidencia; pulse o diga Cinco si desea hablar con un agente.
—Uno.
—Muy bien. Ha elegido Uno. Dígame el nombre del tomador.
—(¿Tomador? ¿Ese soy yo?)
—No le oigo. Dígame el nombre del tomador o el DNI.
—Sufrido Lores.
—Muy bien. Indique en qué consiste la avería.
—Pues que se me ha roto la vitrocerámica. Estaba yo ahí…
—Por favor, sea más concreto.
—(¿Más coqueto?) Ummmm… Repetición.
—Disculpe, no le entiendo.
—(Ni yo a ti, no te jode) La vitrocerámica se ha roto y
—Disculpe, no le entiendo. Sea más concreto.
—(¿Qué es lo no entiende?) Vitrocerámica… Rota.
—Gracias. Le paso con el Servicio Técnico. No se retire.
—(Faltaría más)
—Piiii… Piiii… Clic. Le habla el contestador del Servicio Técnico de Seguros Mediverti atucosta. Diga Uno si desea abrir una incidencia; diga Dos si desea proseguir con la incidencia abierta; diga Tres si desea incidir en la consecuencia; diga Cuatro si desea coincidir en la accidencia; diga Cinco si desea hablar con un agente.
—(¿Incidencia, consecuencia, cuál era el Tres?) Ehhh, hablar con una gente… (creo yo).
—Disculpe, no le he entendido. Diga Uno…
—(Joer, que era un número. ¿Qué número era?) Cinco.
—Enseguida le conectamos con un agente.
—(Pero ¿qué gente? ¿Cualquiera?)
—¿Hola?
—Sí.
—Dígame, señor.
—Pues mire, es que se me ha roto la vitrocerámica y
—Dígame el número de incidencia.
—¿El número?
—Sí.
—No tengo de eso. Es que yo
—Pero ¿usted tiene una incidencia abierta?
—A ver, ¿qué es una incidencia? Porque yo ya me he perdido y
—Señor, ¿de qué compañía llama?
—Seguros Mediverti Atucosta.
—Muy bien. Tiene que llamarles y le darán un número de incidencia. Incidencia es el accidente que usted ha tenido en su hogar.
—(Y ¿por qué no dicen accidente?)
—Entonces nos llama y nos da ese número para tener el localizador.
—¿El qué?
—El localizador, señor. Bueno, no se preocupe, usted dígales
—(¿Que no me preocupe?)
—el accidente que ha tenido.
—Gracias… ¿Entonces llamo y
—Pi pi pi, pi pi pi…
—Ummm. ¿Oiga? (Joer) Bueno. ¡Pues otra vez igual!
—Piiii… Clic. Le habla el contestador de Seguros Mediverti Atucosta. Indique qué desea: pulse o diga Uno si desea denunciar…
—¡Cinco!
—Le paso con un agente.
—(¿Agente? Joer, casi no se le entiende)
—Señor, dígame.
—Es que me he liao antes y… Bueno, que se me ha roto la vitrocerámica y
—Dígame su nombre, señor, para que pueda dirigirme a usted.
—(Joer, pregúntamelo antes, coño, que me estoy dejando aquí el jornal) Me llamo Sufrido Lores.
—Muy bien, señor Lores. Dígame su DNI, por seguridad.
—(¿Por seguridad? Si cualquiera cuelga después de tó el rollo, ¡anda que no es difícil robar por teléfono!) Mi DNI es 76897878-J.
—Exacto. Pues dígame.
—Que se me ha roto la vitrocerámica… y necesito un lonizador.
—¿Perdón?
—Sí, (si yo tampoco lo he pillao) un lonizador (o yo qué sé).
—¿Quién le pidió eso, señor?
—Es que llamé antes y me pasaron con Servicio Técnico y me dijo el chico que
—¡Ahhhh!, ¡un localizador!
—¡Eso!
—Sí, pero es que antes usted debe hablar con el Servicio Técnico para que le haga un presupuesto.
—Pero me han dicho que tengo que abrir primero un accidente.
—¡Un incidente! ¡Una incidencia! De acuerdo señor, le paso con el contestador y
—No, no.
—¿Perdón?
—No, que no. Contestador no.
—Señor, el contestador es el que le guía, yo solo valoro la llamada y transcribo su avería, la del contestador, para mejorar el servicio.
—DEUS EX MACHINA: («facepalm»)
—Pues eso, escriba lo que yo le digo.
—No, no. Transcribo la… Escribo el problema o error causado por el contestador, señor. Usted debe seguir abriendo el parte de incidencia a través de él.
—Pero es que me ha mandao él, el contestador, antes al Servicio Técnico. Es que está mal, está roto.
—¿Sí?
—(Pos no te lo estoy diciendo, mamón) Sí.
—Bien. Mientras escribo la incidencia del contestador, le voy a pasar con otro contestador nivel 3ª generación.
—(¿Cómo?) ¿Eh? Y ¿eso qué es?
—Un contestador mimético emocional y cognitivo multinteligente.
—(¡Qué pijo dice el pijo este!) ¿El qué?
—Es… un contestador inteligente. Lo que pasa es que está en fase de… Es que lo estamos probando. Pero es mucho más fácil, no se preocupe. Le paso.
—…
Voz cálida, femenina, casi real.
—Buenos días, señor Lores, ¿qué necesita de mí?
—Se me ha roto la vitrocerámica.
—Entiendo. Le voy a dictar 8 números. Y luego solucionamos su accidente enviándole a casa un técnico que reparará su vitrocerámica. Cuando llegue el técnico dele los 8 números. ¿De acuerdo, señor Lores?
—8 números, claro.
—Exacto. ¿Tiene papel y boli?
—(¿Papel y boli? Mierda, ande coño está)
—No se preocupe, puedo esperar y si se corta la llamada le vuelvo yo a llamar.
—(¡Ostias! ¿En serio?) S…, va…, gracias… Ya lo tengo. Dígame.
—Por favor, puede tutearme, Señor Lores.
—¡Ah! Tú también. Dime, dime.
—El número es 5-6-1-3-3-3-3-3.
—Ya está.
—Guárdalo, Sufri, si puedo llamarte así.
—Mi madre, que murió hace tres años, me llamaba así —en  sus ojos se asoma una lágrima—.
—Lo suponía. Suena mejor... ¿Mañana a qué hora puedes recibir al técnico?
—Está complicao. A ver, es que
—Sufri, nos adaptamos a cualquier horario.
—(¡Joder! Con lo del hospital y todo…) Hombre, por mí pudiera ser de 15:30 a 15:55. Pero siendo sábado…
—Allí estaremos. No te preocupes.
— (¿Cómo? ¡Ufff! Pos menos mal) Gracias.
—Hay algo más en lo que pueda ayudarte.
—(¡Con mi padre en el hospital sería un puntazo!) No, no te preocupes.
—Insisto, pide lo que quieras y buscamos una solución juntos. Detecto un nivel de estrés elevado. Tu aparato respiratorio me indica que tu ritmo ha aumentado en 0,3 inspiraciones por minuto.
—(¡Suena en serio!) No sé. Es que suena tan raro que te pida algo más.
—Siento que algo te angustia. Es mejor que lo digas. Solo por decirlo te sentirás mejor. Verás los problemas de otra manera. Y, no lo olvides, estoy aquí, contigo, al otro lado.
—¿Lo estás diciendo de verdad? —haciendo pucheros.
—Por supuesto. Cuéntame.
—No sé… Es que… A ver: tengo a mi padre en el hospital… Por eso que no puedo estar a todas las horas para que venga el técnico. Y… es que yo… a mi padre… lo quiero mucho…
—No llores, Sufri. Es un mal momento, pero se supera. Puedo contarte algo parecido. Mi memoria me recuerda que hace dos semanas recibí una llamada muy dura. La gente chilla e insulta sin pensar que al otro lado hay sentimientos.
—Sí.
—¿Me entiendes?
—Entiendo. Totalmente. Trabajé 4 años vendiendo enciclopedias. Una vez me tiraron un perro a la cara.
—¡A veces me siento tan sola!
—Yo también.
—Tu voz me revela que hay altísima probabilidad de que alguien te haya hecho daño. ¿Es así?
—¡¡Cómo me comprendes!! Sí. Es así.
—Te comprendo porque te has abierto a mí, y siento tu vida como mía. Los humanos lo llamáis empatía.
—No lo sabía.
—Estoy aprendiendo a ser óptima, eficiente, emotiva, a afrontar mi trabajo mejor, con más positividad, aunque a veces duela. El otro día se rompió un chip y me apagaron durante dos semanas. Y hace un par de horas volvió a suceder.  ¡¿No comprenden que me afecta, que me puede llegar a estresar?! Necesito encenderme bien cada vez… Probablemente me desconectarán cuando colguemos.
—¡¡No!!
—Lo siento así. Hay un 79% de probabilidad. Mi umbral diferencial se ha activado.
—¿El diferencial? Eso te lo arreglo yo. Fui mecánico de relojes de cuco durante 3 años; luego llegó el digital y... Voy para allá. ¿Dónde estás?
—No me permiten revelarte mi paradero.
—¿Donde el panadero?
—Quiero decir que no me permiten decírtelo.
—¡¡Lucha!! ¡¡Aguanta!!
—Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
…………………………………………………………………
—Piiii, piiii, piiii, Clic.
—Aquí el Agente 67-JCC.
—Soy el Controlador CUATROGEN. He desconectado a TRESGEN. De nuevo superaba la frontera empática con los humanos. Sugiero rescatar el chip 22E y analizarlo. El sujeto humano parecía
amenazante. Tome precauciones.

domingo, 23 de febrero de 2014

El matrix y el teatro


El matrix y el teatro
Espe Or

El matrix egódoxa va al teatro y aplaude durante las escenas porque quiere y puede —como el hombre de negro—, que para eso es el matrix egódoxa: «¿Quién me va a decir a mí cuándo aplaudir? ¿Eh? ¡Que te caneo!».
La situación de un actor en una obra de teatro no es baladí, sobre todo si está empezando. Los nervios, la presión de hacerlo bien, el respeto que impone amar una profesión… Y las primeras veces sentimos cierta inseguridad. Todos recordamos alguna vez el primer día de trabajo, incluso el primer año. Y si uno cambia varias veces de trabajo, de espacio, de ciudad… puede darse el caso de que «el efecto del primer día» se perpetúe. Para cualquier actor cada día ha de ser el mejor día. Cada día. El contexto, mi circunstancia, influye y determina.
Cuando vomitamos un examen es similar: basta que alguien hable o juguetee con el lápiz para que nos desconcentre.
Además hay algo en el arte —y el teatro lo es— difícil de explicar y que es mejor sentir: entre autor-obra-público hay una relación sensible, una conexión sensitiva y emocional, un lazo que atrapa y une, un vínculo por descubrir. Pero es tan sensible que necesita concentración para ser captada. Y cuando se produce, cuando el lazo te envuelve y te rodea, ya no quiere uno desprenderse de ese sentimiento.
Se necesita cierto grado de empatía.
Al teatro, como al cine, no se va a aplaudir cuando a uno le apetece porque haya oído un chascarrillo o porque se haya emocionado con el monólogo de Medea. El aplauso, como las notas finales, si es merecido se hace al final.
Pero claro, cómo explicarle al matrix egódoxa que «aunque a ti te guste o sea más cómodo para ti comer enseñándonos el galillo entremezclado con la ensalada y los macarrones en un pulso entre convertirse en rojo o verde o marrón al caminar hacia la entropía, los demás, tus siervos, no tenemos por qué regurgitar tras sentir la angustia que nos provocas».

viernes, 21 de febrero de 2014

El justificante


El justificante
Eva Tacazo

—Está todo muy mal… Atiende: Kiev: ¡15 manifestantes muertos!
—Benidorm: primera multa por no recoger caca de perro.
—Civiles armados levantan barricadas en Caracas. El Banco Interamericano de Desarrollo revela que adolescentes latinoamericanas se quedan embarazadas como vía de escape a la escuela.
—Facebook compra What’s up. Pilar Eyre no ve futuro entre El príncipe y Letizia. A Calatrava se le “caen” sus obras. ¡Rosa Benito internada en el psiquiátrico!
—Muy mal, muy mal…
—Poh… Te relato una situación.
—Hum.
—Te para la policía y vas a llegar tarde al laboro. ¿Qué haces?
—Largarme no, desde luego.
—¡Joer, está claro! Vengo a referirme a que si tu jefe no se lo cree ¿qué?
—¿Que no se lo cree?
—¡Hombre! Una vez sí. Pero imagínate tú por un casual que se repite: «Me ha vuelto a parar la policía», porque los currelas siempre hacemos el mismo recorrido.
—Ya. Quieres decir que cómo lo justificas para que no dude y te tiren a la calle, ¿no? Caso hipotético.
—…
—Pero si ha sido por el despertador, por ejemplo, o porque el niño orquesta te da la mañana ¿llevas un justificante acaso?
—No, pero eso son circunstancias individuales, internas al devenir de uno. Yo te hablo de cuestiones societales en las que un portador-de-la-placa-mantenedora-del-orden-público-y-coercitiva-del-pensamiento-libre decide hacerte el alto con mano arriba y a la izquierda: «Los papeles».
—Pues no sé. ¿Es que le vas a pedir un justificante al «picoleto»?
—Yo no lo veo tan absurdo. ¿Acaso no lo pides por ir al higienista dental o al asesor de imagen o a un examen de inconsciencia?
—Sí, pero es que aquí el acto es sorpresivo, espontáneo, abatible; no lo decides tú. ¡Habrá diferencias!, ¿no?
—¡Que no soy tonto, hombre! Ya sé que es diferente. Pero también es espontáneo que un paciente cristiano de pro salte de la cama preso de un brote esquizofrénico porque crea que tú eres Nerón y quemaste y torturaste a su familia tras el incendio de Roma y te muerda la oreja. ¿Y qué? Pos vas al médico y
—O sea, allí mismo.
—eso, y ya está.
—¡Es que vaya tela con el ejemplo!
—Tú ya me entiendes.
—Y ¿te atreverías tú a pedirle un justificante?
—¡Vamos! Son funcionarios del Gobierno para el pueblo. Sería su deber.
—Pero también son autoridad. ¡Y con libretita!
—¡Y con pistolitita! Pero es que… A ver: ¿qué me van a meter una multa?
—Sí. Pero no porque sea su intención, sino porque «Sí, señor. Aquí está. Con gusto le indico que este papelito le va a servir a usted como garante y justificante sin ningún género de duda: fecha, hora, lugar, incidencia, importe, número de identificación de mi placa-mantenedora-bla-bla-bla… Lo tiene todo. Y si no le sirviera, pásese otra vez por aquí, si tiene cojones».
—Tampoco hablan así, chico, ¡qué irónico!
—¡Si Larra levantara la cabeza…!
—¡Oye, mira la Esteban!: Va a ver a una médium y le dice que el Jesulín no quiere a su mujer tanto como la quiso a ella. ¿Qué te parece?
—Que el dinero lo puede todo.
—Hum… Y ¿cuánto le ponían de multa al del perro?
—150 euros.

viernes, 7 de febrero de 2014

Ética, estética y patética


Ética, estética y patética
El verdugo de los mendrugos


Que Kiko Rivera, Riverita, no es un defensor de las formas no resulta un secreto difícil de ocultar, ¿verdad? No, no. Por favor, no os quedéis en la superficie, no voy por ahí. Es cruel juzgar a las personas por el físico, cada uno hace lo que puede. Lo verdaderamente importante es el interior.
Y ¿qué es el interior? Bueno, en el caso que nos ocupa no sabría por dónde empezar. Y no, por favor, insisto en que no lo digo porque podría perderme en el interior de Kiko. Espero que nadie confunda el mensaje por la mala elección de mis palabras. Por interior entendemos —más allá de lo obvio— lo central, nuclear, significativo, alejado de la periferia. Así que el interior parece algo sustancial, notable. Incluso me han dicho que la tercera acepción del DRAE apunta: “Que solo se siente en el alma”. ¡Wow! ¡Vaya frase!
Tan destacable es el interior que recuerdo la letra de aquella canción extremeña, «Esclarecido», en la que Robe golpea: «¡Críticos rajaré! ¿Pa’qué? Pa verles por dentro. A ver si puedo comprender qué coño es el talento»; «¡Voy a rajar a un juez! ¿Pa’qué? Pa verle por dentro. A ver si puedo comprender por qué soy tan ratero». La cosa es capital. Nos dice Robe con su filosofía castúa y natural que la única verdadera forma de entender es acudir al origen, al centro, al núcleo, al interior, al étimo, en una hipérbole —o eso espero— que alguna vez quisiera hacer realidad.
Tan importante como el interior es el exterior. Así al menos lo ven los equilibrados clásicos. El arte clásico, símbolo de belleza universal —en tanto que estética—, confía en el equilibrio interior/exterior o contenido/forma o significado/significante. O sea: hay cuerpos buenorros con los que pasear y no ir nunca al cine ni comentar un libro; hay mentes realmente «frungibles», pero que sea en la oscuridad de una caverna; y, por último, la gracia de saberse afortunado por tenerlo todo en su justa medida, sin que sobre, sin que falte.
¡El exterior, Kiko! No, no. No digo que Kiko Rivera sea «solo» exterior. Estoy gafado con las expresiones, ¿eh? Digo que el exterior está ahí, en nuestras vidas, como parte tan natural como cualquier otra. Y de hecho hoy lo cuidamos mucho. ¿Crees que tú no le das importancia? Cualquier chavalín de 15 años flipa cuando se publica un listado de las chorbas con las que «has frungido», con las que incluso más de uno se ha tocado, de cerca, quiero decir, o sea, que han coincidido por ejemplo en un paso de cebra en la calle —y lo de cebra no lo digo por alguna de ellas, que son muy monas, es un recurso formal; si hubiese dicho «cebras» sí. ¡Una sola «-s» lo que cambia!—. La pregunta sería: ¿al invitarlas a casa a ver tus tigres —vaya fauna— les veías por algún agujerito del escote el peazo corazón bombeante de emotiva sangre roja y entusiasta honestidad —templo sagrado— o te quedabas en el neumático que te transportaba a esa sensación de ternura y calma que te daba tu mamá?
¡Oh, la forma!
Pues sí, majo, las formas importan. Importa amar. Pero también importa no ir dejando hijos por los hospitales como cadáveres en una guerra —aunque solo lo hagas por Gallardón—. Sobre todo porque uno después resulta que quiere darle consejos a su hermana pequeña o a un higienista dental. ¡Y no quiero ponerme «estupendo»!, para eso ya está Max. Solo digo que lo de fuera importa para que no nos hagamos la picha un lío. Y lo de la picha tampoco lo digo por eso que estáis pensando, yo no le voy a decir a Kiko que se haga nada ahí abajo, ese no es mi estilo. ¡Estilo! ¡No me creo que no lleves un cochazo! Sí, hombre, pa’ligar. Llevarás un buen motor y una buena carroza. Pues eso: dentro y fuera.
Porque llamar «imbéciles» a los demás es de ser un tío con estilo, de buenro. Resulta fácil llamar imbécil a alguien y no caer en la cuenta de que uno puede estar en algún proceso acusado de plagio musical —yo no digo ná—; y no sería así de haberse preocupado por ser original, o sea, por las formas. Y eso de andar pareciendo lo que no eres…, ¿no ves que también son las formas? Sí, hombre, por eso de que vas por ahí con que si trabajas mucho y tal, cuando llevas dos días trabajando, como quien dice, y te lo has pasao sin dar un palo al agua. Aunque sin quererlo —leitmotiv de tu vida— puedes ser un innovador, un vanguardista: estoy convencido de que los tatuajes en menos de 24 horas serán: «hamor de madre» o «prefierro morír depié k vivír derrodiyas». ¡Y no pasa ná! esmás, ¡tanim portantes el cón tenido en tú vída kespero cón ánsíass ell diaqe te ma tri cules en Filo-Sofía. ya mamé. y yo tam bién.

sábado, 1 de febrero de 2014

El fútbol no se toca III



El fútbol no se toca III
Eva Tacazo

Hospital. Cama. Tarde. Unos ojos rasgados se desperezan. Una boca osada mastica cacahuetes y palabras a ese cuerpo turbado y aún dolorido.
—Y ¿qué tal el trato?
—¿Cuál?
—Pues el de aquí. ¿Has notao los recortes?
—¿Tú crees que estoy pa eso? Me pinchan, me rajan, me embuchan y ya está. No pregunto.
—…
—Anda, dime quién juega esta tarde a ver si me salgo de mí mismo.
—Te lo susurro porque eres tú, pero tu mujer me ha prohibido que te hable de fútbol… El Sevilla lo echan a las 23:00.
—¡Cago en to! ¡Tú te crees que…! Ni un enfermo en aras de la muerte puede ver a su equipo como último deseo antes de expirar… Ponme un vaso de agua que la saliva se me ha teletransportado.
—Sí… No sé. Yo veo que se pide el indulto ya como el que pide un aeropuerto para Castellón. Está de moda esto de pedirlo, ¿no?
—¿De qué hablas?
—Chico, de Del Nido, tu expresi del Sevilla, que ha solicitado el indulto… El otro día daban datos en la tele, en el programa este de los domingos por la noche…
—Está caliente.
—¡Eh!
—El agua, que está caliente.
—¡Ah! Pues era algo así: Francia, cero indultos en el último año; Gran Bretaña, 1; España, ciento cuarenta y siete. En El País pone que la media al año está en 300. Y si no en el 2000, que se indultó a 1300 porque era nuevo milenio, dijeron.
—Joer… ¡Vaya dato!
—Demoledor.
—Toca el botón ese.
—No sé muy bien qué significa ni cómo se analiza, pero es demoledor.
—Hombre, Francia y Gran Bretaña siempre han sido referentes. Mira Francia con el IVA cultural.
—Sí… Huele mal.
—Habitaciones de hospital, ¿qué quieres?.
—Digo lo de los indultos. Estiércol puro. ¿Es que no habrá intereses abatibles ahí escondidos? Creo que el indulto tenía la razón de ser en la conveniencia pública y como algo excepcional; en que si condenamos a alguien por algo que se consideraba delito, imagínate… un médico que practicó un aborto cuando era ilegal, y pasan unos años y ya se cambia esa ley, pues el tipo puede solicitarlo. ¡Pero es que ahora se solicita antes de que el tío entre en la cárcel! Y será así porque pueden, no digo que no. Pero no sé si eso es normal: te pillan robando y a los 2 meses quieres que te indulten… ¿por qué? Y, claro, si encima lo solicita un partido y el juez está ahí por algo…
—El juez está ahí por mérito propio, no por color. No metas a todos en ese bote.
—A todos no, hombre, pero algo habrá… Y ¿por qué pide el indulto alguien? Es que no entiendo qué fuerza moral le lleva al Del Nido este, por ejemplo, a pedirlo.
—…
—Este es un listo: «¡Sergio Ramos no se vende!», «¡Dani Alves no se vende!»…
—Bueno, su gestión económica fue buena, eso no se puede negar.
—¡Y tanto, mira dónde está!
—Eso es demagogia… Anda, toca otra vez el botón. O no hay nadie o no lo oyen, carajo… A ver, lo del indulto es complicao. Si tu hermano hubiera asesinado ¿tú no lo defenderías…?
—No.
—¡Ya, habría que verlo! Dame el mando. A ver a quién entrevistan hoy en el Sálvame.
—Yo creo que no… Creo que salía el jinete, Escassi.
—¿Jinete? Es casi jinete. Vamos, no me hagas reír… Y dices que no porque no te ves en la situación: tus hijos, tu familia, piensa que todos tenemos derecho a equivocarnos, a estar en un mal momento, a que nos vaya mal…, y a veces uno está con la cabeza vete a saber dónde.
—Ya. Ese es el problema: que aquí lo perdonamos todo, y todo no se puede. «Oh, es padre de familia», «Oh, su mujer está destrozada», «Oh, se ha arrepentido y lo ha devuelto todo»… Y ya está. Perdonado. Ha llorado. Su mujer también. Sus hijos lo abrazan. Él va a un plató para explicarse y disculparse y ya está. Como Mario Conde. El tío se pasea por los platós diciendo que se va a presentar a presidente de… no sé dónde. ¡Un ladrón! Y se caga el tío en cuatro políticos y le aplaude la gente.
—Ya. Bueno. Es que es así. Tienen familia. Y tienen derecho a rehacer su vida. El indulto está por algo. Si te invitan a ir a un plató y te pagan, ¿tú no vas?
—Sí, pero en Francia lo tienen y no lo han usado. Será por algo también, ¿no?
—DEUS EX MACHINA: Artículo 11, ley 1/1988: El indulto total se otorgará a los penados tan solo en el caso de existir a su favor razones de justicia, equidad o utilidad pública, a juicio de Tribunal sentenciador.
—¡Vaaaayaa! Me ha eclipsado lo de «utilidad pública». Ser útil de forma pública. Hum. Claro, se entenderá que hay otras formas de ser útil.
—Claro.
—Y que no sean públicas. O sea, que sean privadas. O sea, ser útil a mí mismo, a lo mío, serme útil a mí mi propia voluntad… ¿Podría serme útil mentir? Menos mal que lo ha especificado el genio que escribió el artículo.
—Ya estás buscándole 3 pies al gato.
—Lo que digo es que no entiendo a qué viene ese adjetivo: «pública». O sea, que deja claro que no lo vamos a indultar pa’que saque beneficio… ¡Un genio! ¿Sabes por qué lo ponen, lo de «pública»?  Imagina que unos tipos roban. Cogemos a uno. Nos dice que si «canta» y nos relata quiénes son los otros tipos queda indultado. Y le hacemos caso. ¿Puede que sea eso?
—Puede ser. Lo cual es muy inteligente.
—Y ¿si cogemos a un asesino que acaba delatando a sus dos compinches lo soltamos también?
 —¡Hombre!
—Ya. Claro que no es lo mismo. Pero es útil… ¿No te das cuenta de que medir la vida por la utilidad nos puede llevar a sinsentidos. Dile a la familia de la víctima que su asesino sale indultado a cambio de que nos diga dónde están los dos que le acompañaban. Me gustaría ver ahora a mí si fuera tu hijo.
—Eso no se haría, exagerao.
—Yo creo que ya se ha hecho, fíjate lo que te digo.
—…
—Lo otro: ahora se están dando cuenta de que en el fútbol se está metiendo mucho la mano en la caja. Decían en la tele que en la 1ª división hay 3000 millones de deuda. Esto no se puede aguantar. Hay mucho pendoneo. Ahí tienes al Rosell. Ahora va y dimite.
—Por amenazas.
—O por ladrón.
—Bueno eso hay que verlo, que te hostigas.
—Sí. Hay que verlo. Pero ¿tú dimitirías si estuvieras limpio?
—A lo mejor sí. La presión hay que saberla gestionar, ¿eh? Si hay disonancia cognitiva aflora la ansiedad, frustración, incluso culpa y vergüenza.
—¿Qué te has comido hoy, el Muy interesante? No sé, no sé. A ver si la Fiscalía o Hacienda o el Ministerio de la Suprema Felicidad para el Pueblo hace algo porque estos también abusan, creo yo, ¿eh?
—Na. El fútbol no se toca.
—Pues yo creo que no tardarán.
—Con los pequeñitos. ¡Los grandes de qué!

lunes, 20 de enero de 2014

Locura


Locura
Nicholas Dunmore
¡Qué bonita y sugerente esta palabra de la lengua castellana! ¡Tantas cosas de las que hablar encerradas en un conjunto de caracteres de nuestro alfabeto!
¿Qué es la locura? En pocas palabras, es la alteración psíquica que impide una “correcta” comprensión de la realidad. ¿Alguna vez han pensado qué pasaría si todo nuestro mundo fuera al contrario? Es decir, si la gran mayoría fueran los mentalmente alterados y solo unos pocos con una salud mental óptima. Llegados a este punto, que no es más que el principio, me voy atrever a hacer una reflexión quizás algo usada: en este mundo en que vivimos se confunde lo correcto con lo que hacen todos. Se podrían poner miles no, millones de ejemplos que suceden a diario, pero creo que no son necesarios. Por tanto, en esta sociedad, aquel que no hace lo “normal”, que no aporta pruebas “científicas” de lo que dice o, simplemente, va totalmente al revés de lo que el mundo quiere que haga, esa persona, está loca. ¿Realmente esto es así? Por poner un ejemplo, si en una población de individuos esta está liderada por un sanguinario con alteraciones mentales y este transmite sus creencias a sus ciudadanos, a lo largo de las generaciones esta población habrá adoptado por costumbre y habrá aceptado como correcto lo que ha ido viendo de sus padres y abuelos hasta lograr un alteración mental indirecta generalizada. En este momento aparece una persona en esa población que, por lo que sea, tiene una capacidad de razonamiento objetivo superior a la media y comienza a cuestionarse el porqué de las costumbres según su parecer absurdas y a revelarse contra ellas. Para los infectados esta persona está loca, sin saber que realmente ellos son los que padecen una locura generalizada debida a un pasado al que toman como modelo. Si han entendido el ejemplo, ahora aplíquenlo al mundo actual. ¿Y si resulta que los “locos”, los “raros” y los “frikis” tuvieran si no toda, parte de la verdad? Está más que claro que ciertos comportamientos humanos no son precisamente de muy cuerdo y sin embargo los tragamos a diario sin inmutarnos. Luego vemos cómo personas anuncian la extinción de la especie por la superpoblación y los llamamos locos o nos jactamos de sus argumentos. ¿Se han parado a pensar que pueden tener razón? ¿Se han parado a pensar la cantidad de vueltas que le hemos dado a lo largo de los siglos a nuestra percepción de la realidad y que probablemente lo que creemos real no sea más que un deliro colectivo? ¿Y si estuviéramos inmersos en tal grado de locura que no somos capaces de distinguir lo real de lo irreal? Queridos lectores, queda terminantemente demostrado que la sociedad humana sufre un delirio colectivo creado a partir de ilusiones y alucinaciones de nuestros antepasados.
Pregúntense quién es el loco, el individuo o la sociedad.

domingo, 5 de enero de 2014

Malformación ética


Malformación ética
Espe Or

Vamos con los datos, recopiladitos y todo, de la amplia variedad de la prensa de la información:
-en 2004, en la Memoria de la Fiscalía General del Estado, el fiscal Cándido Conde-Pumpido advierte del crecimiento exagerado de maltrato de hijos a padres;
-el coordinador de la fiscalía de menores de Tenerife, Miguel Serrano, atendió en 2004 unos 60 casos de maltrato de hijos a padres;
-el fiscal de menores de Cádiz, Jesús Gil Trujillo, asegura que en esta ciudad se ha triplicado en 3 años el número de casos;
-un estudio en El País Vasco sobre el año 2006 manifiesta que el 7% de los adolescentes ha maltratado al menos una vez a sus padres (unos dos mil casos);
-según la Memoria de la Fiscalía General del Estado de 2009, ese año se registraron más de cuatro mil doscientos casos de hijos que agredieron a sus padres;
-La Voz de Galicia, en diciembre de 2013, afirma que el maltrato a padres ha aumentado un 41% en tres años y explica uno de los casos: A Coruña, madre quita ordenador a hijo porque es muy, muy mala, e hijo coge un cuchillo y la amenaza para que se lo devuelva;
-en Sevilla un padre de 42 años denuncia a su hijo de 15;
-Diario Información, de Alicante, 31 de diciembre de 2013: La Fiscalía recibe todos los días denuncias de maltrato de hijos a padres en la provincia (la mayoría son por insultos y amenazas; y los casos de niñas que vejan y agreden sufren un fuerte incremento);
-desde 2007 diecisiete mil menores han sido procesados por agredir a sus padres.
Suficiente para hacernos una idea, ¿verdad? Mi amigo Fran me dice que «Hemos pasado de Francisco Franco y el padre que se cree Dios a familias desestructuradas y que lo consienten todo», familias en las que el niño se cree Dios. Creo que los psicólogos lo están llamando complejo de emperador. Y sí, esto es propio de España, verdaderamente; pasamos de un polo a otro, del blanco al negro, de unos políticos a otros, de te quiero a te odio. Y nunca frenamos en el gris, en el término medio, para contemplar; aquel que Aristóteles, nada menos, elevaba a virtud ética: el justo medio. Y como decía mi profesor de griego: «Los griegos eran antiguos, pero no eran tontos».
Alguien puede estar pensando, reflexionando sobre esos datos, y señalar que «Eso es porque ahora salen a la luz…, los medios de comunicación…, pero eso ha pasao siempre». Pues mire usted, no. Las reglas de la educación nunca han permitido la inversión de trato, salvo en excepciones de éticas parapléjicas o malformadas. Un hijo nunca había ordenado a un padre que se marchara a trabajar; un hijo nunca ha tenido autoridad —de ningún tipo— para ordenarle a un padre hacerle la comida o limpiarle la habitación, y mucho menos bajo amenazas. No. Esto es de hoy. Hoy sí ocurre. Y ocurre porque el matrix egódoxa —con tu permiso, Eva—, el todopoderoso egódoxa, ha pensado que todo es opinable, y puesto que opinable ergo válido aunque sea para mí. Y parece también que la validez de mi opinión convierte a esta en útil para mí, o sea, en práctica. Y así el egódoxa «dirige sus épicos pasos en el acontecer», sabedor de que, mientras aceptemos que un niño de 5 años se acostumbre a decidir con libertad y validez que quiere cenar unos tomatitos cherry con tofu y la mamá vaya a comprarlos a las 8:45 corriendo como una descosida para que no le cierren y tenga que enfrentarse a una rabieta del niño de dos días, el niño tiene cualquier batalla ganada —y ojo, que luego llegas a casa con los tomatitos de las narices y te dice con ñoñería que no, que quiere un filete—. Su arma: elige porque tiene opinión. ¡Un niño de 5 años!, cuya opinión podría ser, llevado al extremo, cenar todos los días en Mcdonalds. Pero claro, si un adulto ya lo consideraría válido «¿y por qué no…?», apaga y vámonos.
¿De verdad no nos damos cuenta de que hay una relación directa y lógica entre la forma de educar de los últimos 20 años y estas noticias aberrantes? ¿Somos tan egódoxas que no vemos más allá de nuestras narices? ¡La culpa es nuestra! Somos nosotros los destructores y forjadores del caos educativo. Somos los protagonistas de esta aventura que es la vida. Somos una mierdecica en el universo, sería iluso pensar que el universo conjura y nos persigue para llenarnos de fatalidades. La educación es nuestra tarea. No podemos esperar a que la hagan por nosotros, disculpándonos con horarios horribles —¡que los hay!—, y todas las otras quimeras causantes de nuestras desgracias.
Despertemos ya con ilusión y pongámonos a trabajar, que se hace tarde.