miércoles, 27 de agosto de 2014

Americanadas II: dispara ya y vamos a Mcdonalds


Americanadas II: dispara ya y vamos a Mcdonalds
El niño cielo

Hay quien se pregunta por qué con tanta hambre en edad escolar tiramos al suelo tomates en Buñol. Y hay quien se pregunta por qué una niña dispara un arma en EEUU y mata a su instructor.
«El ser humano es impredecible» reza un anuncio de la tele.
¡Gringolandia!, tierra de libertad y esclavitud, de patria y de razas, de progresos y retrasos, de filantropía y eugenesia, tiene esa habilidad especial, esa manía, de querer ser la primera nación occidental en todo —ya lo comenté—, aunque a veces copie al estado islámico, afganos o iraquíes o iraníes o… ¡Qué ironía! América es una ironía. En el mismo Sumario de las Noticias de hoy he visto a los hijos de 10 años de islamistas —uso este término porque desconozco la nacionalidad exacta— queriendo formar parte de su «equipo» de degolladores de occidentales, y segundos después a una niña estadounidense de 9 años disparando en un corral de tiro, junto a su instructor, y con la venia de padres o tutores, un arma de repetición con retroceso, una submetralladora UZI —los que han jugado a Call of duty o Metal Gear Solid sabéis cuál es—. ¡Una metralladora UZI! ¡Una niña de 9 años! Lógicamente, se le ha movido el arma y «¡Pum!, im sorry, i have killed my instructor. ¡Mom!». ¿Qué te parece?
EEUU tiene esa habilidad.
Agradezcamos que la noticia en prensa va titulada con el adverbio «accidentalmente». Si no lo pusieran daría para novelas, películas, canciones, seguidores tuiteros, imitadores internacionales e investigadores de rapiña.  Curioso.
Poned «familia americana» (1) en Google imágenes. Entre las más o menos 50 primeras fotos sale
esto:
En fin, me he ido a casa de Sócrates y hemos comentado la jugada.
—¿Por qué nos escandaliza menos un niño estadounidense y más uno de Oriente Medio disparando un arma?
—El islamista, generalizando —que no totalizando—, lleva chilaba, tiene rasgos islámicos, está un pelín desnutrido —sobre todo si lo comparamos con los macdonaliensis—, lleva fusil kalashnikov, de los de a granel, no UZI…
—¿Prejuicios?
—Claro. Son el padre de nuestras creencias y valores. Y en EEUU más. La mayoría de estudios psicológicos sobre prejuicios los han elaborado ellos.
América es tierra de contradicciones o disonancias que a la vez son coherentes; es tierra en la que la heredera del superimperio Hilton no supera la prueba de las cajas problema de las ratas —como tampoco Homer Simpson—, así que habría que plantearse lo de la eugenesia negativa otra vez, señor presidente; es la tierra que no deja de servir de inspiración a artistas como Abraham Mateo —si ese es su verdadero nombre—; es la tierra que dispara primero y luego crea Asuntos Internos para dilucidar si el disparo del agente ha sido justo y legal, pero Asuntos Internos está corrupto, por lo que contratan espías —quizá corruptos— para que los investigue…; América, digo, es la tierra de grandes hombres como Charlton Heston, que recuerda una vez más con ejemplos que el legado de La Asociación Nacional del Rifle va para largo.
Y el diluvio sin llegar.
_______________________________________________

(1) Meses después, diciembre 2015, he tecleado lo mismo y ya no aparecen las mismas imágenes en Google. Por lo menos en las 100 primeras. Además me han desaparecido, como se puede comprovar, del propio texto, porque deben haber sido eliminadas del filtro de búsqueda. Puede el lector pobar con «familia americana armas». La argumentación se reduce, evidentemente; la gracia del asuntillo estaba en la primera búsqueda.

domingo, 24 de agosto de 2014

El aparcamiento


El aparcamiento
El niño cielo

—A ver… ¿Cómo que tarjeta desactivada?
Mira hacia ambos lados. Busca la garita. Camina.
—¡Buenas!
—Sí.
—Me pone tarjeta desactivada.
—¿La llevaba cerca del móvil?
—(¡Qué más le da!) Sí.
—Es por eso. Espere.
—…
—Ya está, esta es una copia.
—Vale, gracias.
Camina de nuevo hasta la máquina hierática. Frente a frente, él también está hierático pero abatible.
—Ahora sí… ¿7,85? A ver… 3, 4, 4,50… (Ya verás) 5,50, 5,70… Mierda. 5,85.
Escruta la máquina sombría y alevosa en busca de respuesta. No la encuentra. Vuelve a la garita en busca de respuesta.
—¡Hola! ¿La máquina no admite tarjeta?
—No, tarjeta no.
—¿Puedo pagar aquí con tarjeta?
—No, aquí no… No.
—¿Cómo que no?
—… Es que no…
—¡¡Bueno!! ¿Un banco por aquí cerca?
—Pues… no sé ahora mismo…
—(¿Ahora mismo?) Vale, déjelo.
Sale con decisión y firmeza por la rampa de bajada de coches. (¿Pregunto a alguien o lo busco en el móvil? ¡Vaya mierda de tiempo que estoy perdiendo!). Oiga, perdone, ¿un CCVA por aquí cerca?
—Es que no soy de aquí, lo siento.
—No pasa nada… (¡Me cago en la leche!)
Saca el móvil.
—Aboundme… Bancos… CCVA… (Esperando… ¿754 metros? ¡Joder!) Ir.
Camina en busca del banco, mirando continuamente el móvil que le guía. Llega.
—(Introducir tarjeta… Sacar dinero… 50 euros… Aceptar… ¿Desea recibo…? No. Vengaaaaa. Recoja su tarjeta… Recoja su dinero… ¿Desea realizar alguna otra…? No. Vengaaaaa.)
Camina de vuelta al aparcamiento. Llega. Se acerca a la máquina perecedera, abollada e incomprensiva. Hay cola. Espera su turno. Ya.
—(¿Billeteeeees? Aquí… ¿No cabe?) A que no…
Escruta otra vez la obsoleta máquina diabólica y letal a lo largo y ancho en busca del dibujo de los billetes que admite. No aparece el dibujo por ningún lado. En lugar de darse por vencido y parecer idiota sigue mirando como un idiota porque se acuerda de que, cuando era pequeño, su madre le mandaba a la nevera a por limón y no lo encontraba, su mirada se perdía entre los alimentos: «¡Anda, que si es un toro te come!». Le ocurrió varias veces y aquello le marcó.
Segundos después.
—(¡Pues no lo veo!)
Vuelve a la garita.
—¿Es que no coge cambio de 50?
—No, de 50 no. Pero yo le cambio.
—(¡No me lo puedo creer!) Tenga…
—Aquí tiene.
—(¡Y no se cobra el tío capullo!) Gracias.
Se va pero se detiene en seco y se gira hacia la ventanilla de nuevo.
—Y ¿usted para qué está aquí?


miércoles, 13 de agosto de 2014

La jungla de asfalto


La jungla de asfalto
El niño cielo y Díptero impertinente

—Sí, el mundo profesional está muy mal. Te lo digo yo. El otro día voy a un videoclub y le pregunto a la dependienta: «¿Cuántas películas de acción tiene?» ¡Y no lo sabía!
—Hum —mientras pasa las hojas de un diario—.
—¿Tú te crees? ¡No lo sabía! Y trabaja en un videoclub.
—…
—Y si no mi amigo Juan, el fontanero, que ahora, después de 15 años de profesión, se ha descubierto rechazo, ¡repugnancia!, a los váteres... ¿Eso es normal? Dice su psiquiatra no sé qué de su infancia, de su padre con su madre, de trauma que acaba de aflorar… ¡Fontanero!
—…
—Oye, ¿no dices nada?
—Te escucho, te escucho.
—¡Pues no lo tengo muy claro!
—Es que… estoy flipando aquí con el artículo del Martija.
—Y ¿lo mío no es pa flipar?
—Sí, sí. También. Pero mira: «Dueños de mascotas aseguran que su perro o su gato padecen hiperactividad, ansiedad o depresión».
—Sí ¿no? Habría que preguntar a los bichos a ver qué observan en sus dueños. ¡Cuánta tontera!
—Son animales de compañía.
—¡Vaya eufemismo! ¡Anda que…! ¿Lo dices por la compañía que hacen las ranas o las serpientes? En mi fábrica hay uno que tiene una boa en el cuarto de baño. Nos trae fotos y todo.
—Eso son mascotas.
—¡Es lo mismo!
—Bueno, vale, ¡qué más da! ¿No crees que sea posible?
—Hay mucha tontera en el mundo. ¿Cómo te lo digo? ¿No has leído Café, copa y gato?
—No, pero espera que sigue: «Los científicos ya han demostrado que los elefantes manejan la aritmética a niveles simples».
—¿Mejor que los esoítas, quiere decir? ¡Venga ya! ¿Cómo han demostrado eso?
—«Y los chimpancés superaron a estudiantes humanos en tareas mnemotécnicas consistentes en recordar varias series de números».
—Bueno, eso puede explicarse. Yo ya no recuerdo los números de teléfono, pero hubo un tiempo en que los de nuestra generación nos sabíamos los números de los amigos, la policía, urgencias, el DNI, la matrícula del coche…
—La distancia al sol, el volumen de nuestro cerebro, la secuencia de Fibonacci…
—¿La qué?
—No. Nada.
—Y ¿hoy? Pff. Mi mujer se equivocó el otro día al poner diesel en vez de gasolina y jodió el motor.
—Vaya… Pues sí, supongo que algo de eso que dices hay.
—¡Claro! ¡Tú dale un móvil de estos inteligentes a ese chimpancé y verás cómo deja de recordar las series! ¡Y los ríos de España y el apellido de su novia orangutana y su grupo sanguíneo!
—Y el número de Avogadro…
—Ese no me lo sé yo. ¡Tío, tú te sabes cada cosa más rara!
—«En 2007 se descubre que hay chimpancés que utilizan palos afilados como lanzas cuando cazan. Se considera la primera prueba de uso sistemático de armas en una especie distinta a la humana».
—¡Un chimpancé digievolucionado!
—…
—Pues nunca lo había pensao: ¡somos los únicos que usamos armas!
—Desde tiempos inmemoriales. Pero a mí me llama más la atención que los animales no humanos puedan deprimirse, tener ansiedad, fobias, etc., que les impidan convivir con normalidad en su entorno.
—…
—O sea, como nosotros.
—Será por la represión que ejercemos sobre ellos. Aunque yo he visto alguna vez El encantador de perros y, qué quieres que te diga, los dueños no saben más que darles abrazos, cariños, y dejarles hacer de todo. Y ¿cuándo les dicen «no» a algo? Nunca. O lo hacen con la boca pequeña, que esa es otra, y encima con esa vocecita de adulto aniñado dicen: «Ay, no sé qué pasa, le he dicho que no suba al sofá y no hace caso». ¡Serán burros! Bueno, no, si fueran burros serían animales y entenderían a otros animales. O tampoco, porque con la Supernany los padres se ve que tampoco entienden a sus hijos… El caso es que con dueños así es normal que los bichos estén zumbaos.
—No es «zumbaos», hombre, aquí habla de trastornos.
—Oye, yo no sabía lo que era un trastorno hasta hace cinco o seis años. ¡A ver si ahora los bichos estos ya van a tener terapeuta! ¡Que yo no me lo puedo permitir y estos van a acabar desplazando a los humanos! Comida para animales, peluquerías para animales, cafeterías, productos de limpieza… Lo próximo qué va a ser, ¿eh?, qué va a ser, ¿confesionarios, autoescuelas, centros comerciales, ¡sindicatos!?
—Podría ser.
—¿Podría ser? ¡Me cago en la evolución…! ¡A ver si ahora que estamos intentando cazar a todos los ladrones, chupópteros, mangantes, estafadores, mentirosos y sinvergüenzas, resulta que nos llega la próxima generación no humana!
—¡El Planeta de los simios: la conquista de una sociedad en decadencia!
—Oye, que me estoy asustando.
—No, hombre, si es una broma. Eso no puede ser.
—Si saben seguir series y memorizarlas, qué les va a costar aprender conductas, ¿eh…? Empiezan a sentarse en la mesa con nosotros a comer y acaban yendo a la compra sisándonos 2 euros para plátanos. ¿Que no…? Y de ahí a presentarse a alcalde o dirigir una multinacional bananera hay un paso.
—Chico, no exageres, que se te va la olla.
—Es la evolución. ¿Cómo hemos llegado nosotros aquí? Igual. Éramos monos.
—A lo mejor estos son de una nueva especie menos perversa.
—Ah, o sea, ¿que todo es genético?
—Leí que nosotros venimos de una de dos especies distintas: una más agresiva y otra muy poco, casi nada. Parece que la agresividad es la base de todo lo malo. Freud ya la clasificó como uno de los tres o cuatro instintos básicos.
—La violencia.
—Ummm, mejor la agresividad. Explica mejor comportamientos como los de los trepas, la competitividad de la zancadilla, el traspaso de los límites sociales o éticos, Belén Esteban, Kiko Rivera, Rafa Mora, Jordi Pujol y todos estos…
—Y ¿los otros qué eran, los tontos?
—Hombre, «tontos» no diría yo.
—Ya me entiendes.
—Oye, tengo que comprar Pediasure de soja light desnatado y sin azúcar para la niña. Son y 45. En Estamosquelotiramos cierran a en punto. ¿Crees que en 10 minutos puedo llegar?
—Si estuvieras allí sí.

DEUS EX MACHINA: Y 27 años después, en la sala de la consulta de un psicólogo cualquiera…

—Juan, ¿eres tú?
—¡Cuánto tiempo!
—Dame un abrazo, hombre.
—Desde, desde que me trasladaron… Hace… ¡veinte años!
—Sí. ¿Qué haces aquí?
—Pff. ¿Qué hago aquí? ¿Te acuerdas de mi niña, Araceli?
—Sí, claro.
—Que se ha enamorado de un chimpancé abogado.
—¡¡Joder!! ¿Abogado?
—No te imaginas lo que es tenerlo ahí, enfrente de la mesa, con sus… pelos colgando y pegados al sofá, comiendo mi comida y haciendo mimos a mi hija… Son impredecibles. Proyecto inferencias sobre sus gestos pero me equivoco. No sabemos interpretarlos. No los conocemos. Estamos perdidos… La ansiedad me mata.
—¿Te has planteado —muy bajito— contactar con los Intervencionistas?
—Es abogado. Se las sabe todas. Me tiene colgando en una rama. Hay que adaptarse como sea y aprender sobre ellos. Me convertiré en su sombra. Miraré lo que mira, registraré cada gesto en mi mente y lo analizaré como un cirujano. Buscaré sus miedos innatos, su motivación más profunda, la forma en la que superaron nuestras barreras emocionales y psicológicas para equilibrar la cadena evolutiva…
—¿Cómo hemos dejado que ocurra esto?
—…
—…
—Creo que la cultura nos mató… La insatisfacción y la infelicidad nos confundieron y quisimos repararlo con avances tecnológicos, científicos, aparatos, cosas… Y nos salimos de madre. El orden natural ha sido más fuerte.
—…
—Oye, y ¿tú?
—Es una historia muy larga. Pero resumiendo… Hace cinco años, tras la crisis energética, los monos de la mecha azul compraron la fábrica.
—¡Los esclavistas!
—Sí. Hemos vuelto a la rueda… ¿Qué digo? ¡A la polea! Implantaron un capitalismo animal, egoísta, avaricioso y… perruno. Es peor que el XIX.
—Jornadas de veinte horas, poca comida y sueldo…
—No sé cómo pero consiguieron energía.
—¿Qué?
—¡La consiguieron, tío! Dicen que salió de la cáscara de plátano. Cultivan plátanos hasta en los armarios. Nos obligan a comerlos también a nosotros. Un plátano al día pasa, ¡pero más! Ya sabes, estriñen… El caso es que con la energía y el favor de algunos ya metidos en el Ministerio de Industria transformaron la fábrica en un criadero de cascos brujos.
—¡O sea que es de ahí de donde los sacan! ¡Los… los… los fabricáis vosotros!
—Les estamos dando la vida…, lo sé.
—Pero, ¿cómo pueden esos cascos llevarlos al pasado, a su jungla?
—No. No es un viaje en el tiempo. Es más complicado. Transforman nuestro «ahora» en una realidad diferente: su selva. Como otra realidad natural, sin intervención humana. De momento solo pueden estar unos treinta minutos, pero a este paso pronto obtendrán un día entero. Allí tienen árboles, ramas, hacen monadas… ¡Es su hábitat! Consiguen relajarse, no sé, es placentero para ellos. Desaparecen sus frustraciones, sus depresiones… Mi jefe vuelve enérgico. Es otro cada viaje. Sus inversores están locos por poder «volar». Los vi en una reunión: estaban envejecidos, agachados, con las caras desencajadas. No pueden vivir aquí mucho tiempo. Pero «el vuelo» parece que les resucita.
—Eso nos da pistas… Oye, y ¿qué haces tú exactamente?
—Reviso el rechazo. Antes de usar un casco me mandan a mí al «vuelo». No se fían de que los manipulemos o simplemente no funcionen bien.
—¿Has estado allí?
—Varias veces. No es nada agradable. De repente apareces en cualquier sitio, por ejemplo, cerca de un león hambriento.
—¿Qué dices?
—O una mona en celo… Entonces corro y me escondo, porque tengo treinta minutos hasta el retorno. Es muy duro.
—Lo siento… ¿Cómo lo llevas?
—¿No me ves aquí? El estrés… me está matando. Ya no puedo tirar con este ritmo. Esto es una condena.
—Lo estamos pagando, como en su día el préstamo europeo… Fuimos unos cobardes, confortables cobardes…
—Y abatibles.

sábado, 2 de agosto de 2014

El ciudadano breve


El ciudadano breve
Espe Or

Breve, sí, sí. ¿Y quién es él?
Después de esta pregunta debe ir la respuesta de forma natural. Pero no hay un nombre y apellidos.
El ciudadano breve crea Twitter, la red social que encarcela tu pensamiento en 160 caracteres. El ciudadano breve usa Twitter. El ciudadano breve también prefiere escribir cien «wassaps» de una línea o de una palabra. Hay quien piensa que es por fobia, vértigo o angustia a escribir extenso y hay quien dice que se debe a que el cerebro del ciudadano breve trabaja muy deprisa: «Tío, es que pienso más deprisa que hablo». Así que estos se lo pasan muy bien: cenan cuando comen, vuelven de Francia cuando van, guardan la ropa cuando ponen la lavadora, vomitan con la primera copa, encienden un cigarrillo cuando…, mueren cuando nacen —ah, no, este era Freud—. ¡Vamos, lo que se dice disfrutar del momento, «carpe diem»!
El ciudadano breve pone una canción —normalmente de Los 30 principales— y antes de 1 minuto y 30 segundos ha cambiado a otra o se ha comido las uñas aguantando. Es cierto que también lo hacen porque los señores breves de Los 50 principales ponen una canción ya empezada —publicidad manda— y la quitan antes de acabar —menos mal que en Los 99 principales no pinchan a Los Ramones, ya sabéis—. A un ciudadano breve «The end», de The Doors, o «Pedrá», de Extremoduro, o «November rain», de Guns & roses, por poner unos ejemplillos, le provocan taquicardia, depresión postparto, ansiedad, desmayos, náusea, lupus, TOC, Síndrome de Forrest Gump o Huida infinita, Darsecuentadequestoyvacíopordentro. De hecho, el mero hecho de exponerse a una intro de 1:30 ya tambalea su centro de gravedad multiversal.
Por supuesto, el ciudadano breve no puede ver Casino o Uno de los nuestros. Sí puede con El lobo de Wall Street, pero porque salen tetas, drogas, dinero fresco y te ríes con Di Caprio.
El ciudadano breve gusta de los monólogos estos tan modernos de 10 minutos, pero, ¡ojo!, hay trampa. Los monólogos son acumulación de chistes breves que conforman un todo semántico unitario. Un chiste lo puede reproducir cualquiera, un monólogo no. Cualquier otro monólogo como el de una madre cuando no se recoge la habitación o el de una pareja cuando llegas borracho y 5 horas tarde al convite familiar o, simplemente, el monólogo teatral le provoca somnolencia súbita.
El ciudadano breve pone exámenes de selectividad con textos cada vez más cortos, o con cajas rectangulares limítrofes para tu respuesta o indica «no más de un folio por respuesta», cercenando la creatividad y conocimientos; y el ciudadano breve cada vez escribe menos en dichos exámenes. Inventó también los exámenes tipo test que tan gustosamente demuestran nuestras habilidades retóricas al pensar si debo hacer un círculo o una rayita o una cruz.
El ciudadano breve usa en su discurso diario, o sea, cuando habla —aunque él realmente está callando ya— palabras denominadas baúl o comodín: «Dame una mierda de esas», «La cosa esa de ahí», «Trae eso que está ahí». Él dice que por economía lingüística, o sea, ahorrar, ya que está muy caro con la crisis y, además, hay que declararlo a la propiedad intelectual. Si el ciudadano breve escucha a otro extenso le pide que no sea así, que sea breve como él: «No te enrolles», «Al grano», «Párrafo corto». Ejemplo: «Eliseo, me han deprimido —dice, mientras absorbe con potencia un cigarrillo de una sola calada y saca un botecito de 50 pastillitas de todos los colores, las lleva a la boca, las traga sin agua y muere, muere pronto, sin mueca ni mirada infinita; el hombre llegó con el traje para el entierro y una corona de flores que reza Thnx a ∀ ;) —».
El ciudadano breve no acaba los refranes. Además utiliza onomatopeyas habitualmente, para él son más expresivas y las acompaña con lenguaje gestual: «Oye, qué tal ayer», «Buah, uff, ¿cómo te lo cuento?, fue… guau, pufff, ahhh, diossss». Para mí es que de donde no hay no se puede sacar.
El ciudadano breve dice que los planes de estudio de cinco años —licenciaturas— se quedan en cuatro años —grados—. ¡Y no pasa ná!
El ciudadano breve se defiende de los que le acusan de breve resumiendo: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno», sin darse cuenta de que no todos podemos ser J. J. Millás o Unamuno, y creyendo que esa frase sostiene una igualdad entre lo breve y lo bueno.
El ciudadano breve creó la comida basura/rápida, tan digestiva ella, nutritiva y fenomenal, frente al cocido o los gazpachos, porque estos requieren horas de preparación y horas de saboreo y sobremesa. Y el ciudadano breve consume la comida rápida/breve compulsivamente en señal de agradecimiento a su creador por cuidar de él y permitirle tener más tiempo para trabajar, ver la tele y trabajar mientras trabaja. De otra manera se estresaría.
El ciudadano breve se descarga una aplicación de móvil llamada Inútil que no hace nada, se abre y pone «Hace lo que promete». También se descarga la aplicación llamada Yo: «La herramienta de comunicación más sencilla. Envía un “Yo” de voz, sin caracteres, y con un solo toque, no malgaste el dedo. Yo significa todo y cualquier cosa. Todo depende de ti y del momento. ¿Quieres decir “Buenos días”? “Yo”. ¿Quieres decir “Cariño, estoy pensando en ti”? “Yo”. Las posibilidades son infinitas». Y después de descargarla la usa y todo.
El ciudadano breve llega a su clase de Física mecánica y dice a sus alumnos: «Newton descansaba en un árbol y vio caer una manzana. Esa es la ley de la gravitación universal».
El ciudadano breve tiene ideas geniales para los ciudadanos ingenuos e inocentes que trabajan tanto y no pueden pensar y actuar mejor. Y crea Pediasure: complemento alimenticio equilibrado en polvos de delicioso sabor, que ayuda al desarrollo cognitivo normal de los niños, que se mezcla con agua y se digiere fácil, rápido, abatible e indoloro. ¡Deje ya la molesta comida cocinada! Si su niño no quiere masticar más, Pediasure; si su niño siente que le ha puesto mucha comida, Pediasure. Aporta minerales y vitaminas como las verduras, las frutas, pero sin las verduras y las frutas. No discuta más con su hijo tratando de enseñarle normas: Pediasure. Llévelo siempre con usted. Si va a un restaurante, Pediasure; si va a merendar a casa de amigos, Pediasure; si celebra un cumpleaños, para todos Pediasure tamaño familiar; si conmemora una cena de gala, Pediasure de luxe. No tiene excusa. Levántese de…
Y el ciudadano breve lo compra.

miércoles, 16 de julio de 2014

La amenaza del otro


La amenaza del otro
El niño cielo

Sonó el timbre a eso de las 9:15.
—Soy el del currículum.
—¿Cómo?
—Eh… ¿Es ahí donde están haciendo la obra? Es que hablé ayer por el interfono con el jefe y me dijo que podía traer el currículum aquí.
—Ah. Pues sube.
Abrí la puerta. Vi cómo bajaba el ascensor lleno de sueños y lucecitas. Oí cómo se abrían las puertas allí abajo. El hombre dio un paso para entrar en él y no pudo dejar de respirar el olor a obra. Sus ojos miraban el suelo sucio de polvo, con la madera y los cartones que tantas veces había colocado otrora. Sentía como si entrara él de verdad, como cada mañana, en la casa de un extraño en donde picar y picar hasta quedarse sordo. Pensaba que esa era otra oportunidad que Dios le daba, y le pedía que se hiciera realidad, cerrando los ojos y apretando el botón número 2. Su pecho se hinchó para soltar la última expiración, como el que va a un combate, a un torneo, a una plaza, a un campeonato en el que se lo juega todo. ¿Me va a preguntar? ¿Le explico yo antes de que me diga… «Ya te diré algo»? Al pronunciar esas palabras en su cabeza le dio un golpe de ansiedad. Soltó aire. El ascensor subía. Yo estoy dispuesto a todo, pensaba, se automotivaba.
El ascensor llegó a mi planta. Se abrieron las puertas. No le había visto nunca.
—¡Hola!
Mientras sonreía me ofrecía su currículum desnudo, en una sencilla hoja, mirándome a los ojos. Lo cogí.
—Vale, se lo doy a José en cuanto lo vea.
Apenas un segundo y su rostro mudó levemente, se entristeció; pero era una tristeza tímida, retraída, casi imperceptible. Él no imaginaba que yo sí la había captado. Tragó saliva. Me había entregado su tesoro y ¿quién era yo? ¿A quién le acababa de entregar su oportunidad? El otro, el jefe, le dijo que lo trajera aquí, pero no era yo.
—¿No está el jefe?
Ya sabía que no, yo se lo acababa de decir. Realmente quería preguntar «¿Está el jefe? ¿Puedo dárselo yo?».
—No, él no está. Yo soy el dueño del piso. Él está haciendo la obra aquí. Pero yo se lo doy en cuanto llegue. No te preocupes.
Cómo no se iba a preocupar. Yo soy un desconocido. Otro. Y me había dado su tesoro.
—Pero él me dijo que lo trajera aquí…
Era inseguridad. Creo que quería decir «¿Puedo esperarme hasta que venga?».
—Sí, es que José vive aquí, o sea, arriba, en el tercero. Supongo que sabría que se lo daríamos. Él habrá salido pero baja de vez en cuando a ver cómo va este jaleo. Tú no te preocupes que yo se lo doy.
En ese momento se asomó el albañil de mi obra a coger unas herramientas. Había escuchado la conversación; estaba trabajando en la pared contigua. Era como la llegada al saloon del sheriff, Robert Mitchum, en El Dorado. Se miraron un segundo. Se accionaron los gatillos. Ese también era el otro. Ese era el que estaba trabajando. El otro. Y para mi albañil este también era otro. El otro. Y el jefe no está.
El pianista dejó de tocar.
Desconfiaba. Veía su tesoro en la basura.
—Bueno, es que me dijo que sí le interesaba…, es que yo le dije así por encima lo que había hecho…, y… Yo puedo venir cuando sea.
Miraba su currículum en mi mano. Me hablaba a mí con la necesidad de marcharse habiendo hecho todo lo posible, a pesar de no saber dónde acabaría su tesoro.
—Cuando sea. Ahora, en agosto, septiembre. Que a mí no me importa…
Lo decía con entusiasmo.
—Mira. Yo se lo voy a transmitir igual que tú me lo has dicho. Igual.
Sonreí para darle confianza.
—¿Tienes su teléfono? —osó.
Evidentemente mi sonrisa y mis palabras no habían dado resultado. Ahora mismo solo hablar con el jefe podría devolverle a un estado de seguridad y consonancia con lo que había venido a hacer. Quería salir del piso con algo. Y no lo conseguía. Su duda crecía, pero seguía sonriendo para demostrar positividad, confianza, entereza. La desconfianza no la transmitía su cuerpo sino sus palabras. Por una vez no le traicionaban sus instintos sino la razón.
—Bueno, sí lo tengo pero no te lo puedo dar.
¡Zas! Nuevo golpe.
—Ya. Lo entiendo. No pasa nada.
Volvió a mirar su currículum en mi mano. Quería despedirse de él. Era todo lo que me dejaba. Me dejaba parte de su futuro, una esperanza, el pan de sus hijos, la luz de su casa. Yo solo podía sonreírle y atenderle.
—Gracias, eh —se despidió.

sábado, 5 de julio de 2014

No hagas nada


No hagas nada
Espe Or

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida», cantaba Rubén Blades. A mí desde luego me las da todas, a pesar de que ya he visto cosas así muchas veces. Quizá soy muy ingenuo.
¡Jóvenes ninis, no desesperéis más, siempre habrá alguien que decida esforzarse por vosotros! Así es. El Gobierno acaba de anunciar que dará 300€ al mes, durante 6 meses, ahí es nada, a la empresa que contrate a un joven con estas características.
Algunos de estos jóvenes han pasado por dificultades para conseguir estudios. Es cierto. Pero de los 840.000 que están en esta situación no todos van a salir corriendo a apuntarse a esta oferta —vale, ahora se apunta uno desde internet—.
Algunos de ellos se han reído de sus padres, de sus profesores y de cualquier figura que represente juicio y autoridad. A mí me encanta Hermano mayor. Allí se puede saber un poco más de lo que hablo. Si no fuera suficiente, observad, preguntad a padres con hijos en esta situación o a educadores por los que pasan 100 alumnos al año. Sus palabras son de primera mano. Ejemplo real 1 —evito el nombre y otros datos, claro está—: Anónimo, último hijo de 5 chicos de una familia de clase media-baja. Ahora tiene 32 años. Lo conozco desde hace unos 18 años. Sacad cuentas. No acabó la Enseñanza Secundaria —antes BUP—. Se levanta desde entonces a las 13:00 horas del mediodía, come la estupenda comida de mamá, juega a la videoconsola de sus hermanos hasta las 24:00 horas y a dormir. No es necesario entrar en más detalles. Y ya sé que no todos son así. Ejemplo real 2: curso gratis de manipulador de alimentos, 4 ninis al final de clase dando el follón, interrumpiendo a la profesora, pidiendo cada dos por tres tiempo para salir a fumar, mirando el móvil e incluso uno de ellos pidiendo el certificado una hora antes de acabar porque se tiene que ir. Curso gratis. Y ya sé que no todos son así.
El caso es que mi decepción llega al recordar la cantidad de jóvenes muy pero que muy bien preparados que se ven obligados a marcharse porque nadie les ayuda. Trabajaron duro en el cole, escucharon a sus progenitores, algunos sacrificaron salir de fiesta a menudo, muchos serían muy inteligentes, otros no tanto. Creyeron que su esfuerzo tendría recompensa. Su recompensa ha sido perder de vista a familia y amigos. ¿No hay 300€ para que alguien les contrate aquí, cerca de los suyos, cerca de su sueño tan peleado, y nos enorgullezcamos de que un día dirijan nuestro país o la sanidad o la educación o la investigación en I+D o…?
Pues no.
¿Ayuda para aquellos? Y ¿por qué no también para estos? Repartamos la ayuda. Todos necesitamos ayuda alguna vez.
Ahora están de moda muchas cosas… Hay de todo. Incluso Miley Cirus. Está de moda también rechazar la meritocracia, y la pregunta es: ¿si no por mérito por qué razón se valora a una persona para ejercer profesionalmente? ¿Quién quiere un camarero que se equivoque con los platos y la cuenta? ¿Quién quiere un odontólogo que te saque el diente equivocado o no se lave las manos? ¿Quién quiere un bibliotecario que desordene los libros? ¿Quién quiere un educador que no se prepare su materia para enseñar? ¿Quién un vendedor que no te busque soluciones a lo que quieres?
Estamos como estamos porque no somos exigentes con los profesionales que nos rodean. Desde los políticos, que no saben ni inglés ni son profesionales del cargo ministerial que ostentan, hasta… cualquier profesional incompetente pero que es mi primo, mi vecino, mi cuñado, mi amigacho, mi amante. Lo vemos todos los días en la tele, no quiero aburrir con ejemplos.
Aún recuerdo cuando se contempló la posibilidad de que un alumno de ESO pudiera pasar de curso no ya con dos sino con cuatro materia suspendidas. Aquella superidea revoloteó durante unos meses. Quizás incluso vuelva. De alguna manera habrá que ocultar el 38% de fracaso en Secundaria.
Quevedo hace 400 años: «España, ¡buena estás! ¿Y no hay remedio?».
Larra: «En este país, si a un zapatero se le antoja hacer una botella y le sale mal, después ya no le dejan hacer zapatos».
Valle-Inclán, atemporal: «¡En España es un delito el talento!», «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo».

martes, 1 de julio de 2014

El fútbol no se toca VI


El fútbol no se toca VI
Eva tacazo

—¿Te llamó Ángela?
—Sí.
—¿Y?
—No puede quedar esta noche, tenía médico de guardia; así que te quedas sin conocer a la de intercambio.
—Vaya. Estos médicos… ¿No tienen otra cosa que hacer que ir a casa de otros a pasar la noche.
—Bueno, cuando te toca uno hay que aguantarse. Peor están ellos que han de estar toda la noche con desconocidos.
—Sí, pero les damos de comer y cama gratis.
—No es obligatorio. Depende del anfitrión.
—Yo no me la juego.
—…
—Cambiando de tema, ¿cómo ves lo del mordisco de Luis Suárez?
—Abatible.
—¿Qué dices?
—Sensual.
—Tío, te hablo en serio.
—Misterioso.
—¿Algo más que sinestesias o metáforas?
—A ver. Todo lo que te he dicho te lo digo en serio, melón. Piensa un poco.
—¡Ahhhh!, ahora caigo. Pero ¿tienes pruebas de algo?
—No. Pero ¿qué te parece que el entrenador de Uruguay diga en rueda de prensa que va a dejar su relación con la FIFA o no sé qué? Uno no se desvincula de una Federación o de una Asociación de esa manera, de la noche a la mañana, por algo que además no le llega directamente… Y acuérdate de lo de Mou.  
—Misterioso… Ya. Sí, puede ser.
—Huele mal. Si ya te he contado yo que en mi trabajo he visto muchas cosas, imagínate en organismos tan altos, tan públicos y a la vez tan cerrados. Los repartidores de postizos como tú no lo podéis entender porque trabajáis solos, pero las empresas están…
—Contaminadas.
—Yo no digo que sea porque a lo mejor los uruguayos se enfrentan a Brasil, pero ahí dentro de la FIFA se cuecen habas muy negras. Mira los partidos políticos y las cuentas B, mira los bancos y sus tóxicos, mira a la gente en su casa y en la calle… Apesta.
—Joder, qué profundo te has puesto. Y trágico.
—Tú has preguntado.
—Pero era como… Yo qué sé… Tener una conversación así…, superficial, rapidilla.
—¡Se han pasao con Luis Suárez!
—Eso ya es otra cosa. ¿Verdad que es mucho?
—…
—Yo creo que con los 9 partidos sobraba ya. Se han pasao tres pueblos. ¿Echarlo del país y no dejarle entrar a un campo en meses y tal? Eso ya me suena a chivo expiatorio.
—Ahora eres tú el que ve misterio, pero con otras palabras.
—No. Yo lo que digo es que paga él por otros que hacen cosas que son incluso más graves. Es como si el comité que decide estos casos cambiara cada año o cambiara sus criterios cada año, ¿sabes lo que te digo? Es que ha habido cosas peores, siendo objetivos, y se han sancionado mucho menos.
—A-ba-ti-ble. Te lo estoy diciendo.
—Bueno, sí, vale, abatible, ya lo he pillado. Pero es que luego te has ido ya al ser humano, a la vida radical, al ontos, a la moral utilitarista y humanamente desvalorizada y todas esas filosofías tuyas que te embotan la cabeza. Y me la embotan a mí que es peor.
—O sea, que si lo dices tú sin filosofar vale, pero si yo lo trasciendo estoy pirao o algo así. A lo mejor es que no quieres ver ciertas realidades.
—A lo mejor. Es que la vida no es tan seria, tío, que te pones de un trascendente que un día de estos despegas y acabas viendo al principito allí en su asteroide, con la rosa y todo.
—Sería el día más feliz de mi vida.
—¿Ves? Con lo bonita que es la vida aquí, ¡en la tierra!, «¡on the ground!». Mira qué airecico tan bueno, mira qué olor a tapitas, saborea la cerveza que nos vamos a tomar ahora, saliva como el perro de Pavlov, ¡mira esa de ahí, la de las bolsas! ¡Ala! Eso sí es un misterio por resolver. ¿Cómo se hacen mujeres así? Ya me estoy imaginando su olor…, su sabor…, y su todo. ¡Uf! Vamos a entrar ya, que necesito refrescarme, ¡que está para darle un bocao! ¡Es para hacerle un Luis Suárez!
—Sensual.
—… Sí. Eso… ¡Vale! Eres un capullín. No te rías. Al final me has llevado donde querías.
—Te lo dije al principio: abatible, sensual, misterioso. Aunque yo diría que tú me preguntaste pero lo que realmente querías era darme tu opinión, que venías desde casa rumiándola.
—Joer, pues tienes razón. No he podido hablar con nadie aún del tema, por lo de mi trabajo. Yo ya sabía que te ibas a poner más pesao que matar un cochino a besos y lo que quería era hablar yo. Sí, sí. Es cierto.
—Estaba claro. Eres un egódoxa.
—No sé qué es eso pero no quiero ni saberlo. Deja ya eso de juntar palabras extrañas para definir cosas, tío, que pareces un diccionario para académicos. Levanta el pie del pedal.
—Eso es lo peor de todo.
—¿El qué?
—Nada. Tú puedes decir «chivo expiatorio», que no sabes ni de dónde viene eso, y yo tengo que levantar el pie… Anda, venga, pide ya que el que necesita la cerveza soy yo.
—Es que no te entiendo, tío, no sé por dónde vas ni por qué te cabreas.
—¡Nada! Que después de la conversación que hemos tenido todo seguirá igual. El fútbol no se toca.

miércoles, 25 de junio de 2014

El fútbol no se toca V


El fútbol no se toca V
Eva Tacazo y Díptero impertinente

—¡Ya era hora, macho. Llevo aquí 2 minutos ya!
—Entre que aparco, pongo el tique, saludo a Marisa, la de la pelu de al lado… No sé. Se me ha ido el santo al cielo.
—Bueno. Te lo paso porque luego me llevas a casa.
—Venga, invítame a una cervecita.
—Y otra para mí que me la estoy finiquitando… ¿Te enteraste de lo de Las Palmas?
—Hoy estoy un poco depre.
—¿Deprimido? Pues a casa en un rato y a la cama.
—No. Depredador. ¿Alguna chica maja por aquí?
—Llevo 2 minutos, te he dicho. No he tenido tiempo ni para
—Pues para la cerveza sí que has tenido.
—Estaba sediento.
—¡Se cayó el mito del macho man español!
—Bueno, no me cambies de tema. El Córdoba-Unión Deportiva Las palmas.
—A ver. ¿Qué ha pasao ahora en tu mundo futbolístico?
—Dos tercios, Joselito.
—El mío congelao.
—Se jugaban los 3 el ascenso a primera división e iban
—¿Los 3?
—Ummmm. Los 2. No sé en qué pensaba. Pues eso: iban 1-0 para Las Palmas, en su casa. Y ya con el tiempo casi cumplido empiezan los aficionados a saltar las líneas de seguridad, las vayas de protección y tal… Era como ver El señor de los anillos pero en technicolor, y en vez de una banda de orcos era una marea de plátanos a la caza de sus héroes, el orejón de Légolas, el enano y los otros. Y los tíos se quedan ahí, en las bandas, animando, sacándose las camisetas, insultando al Córdoba..., tipo pasivo-agresivo, ¿sabes?
—Lo de plátanos es un poco estereotipo, ¿no? No está bien que digas esas cosas.
—Calla, calla… Si ya lo sé, es por hacerlo épico. Escucha. El árbitro detiene el encuentro. Llama la los delegados y les pide que avisen por megafonía para evitar sanciones o cosas peores… Minuto 96. El árbitro ya nervioso, y los jugadores inquietos.
—¡Los de un equipo y los de otro! Porque si yo me veo rodeao por una marabunta, aunque sea de mi equipo, me acojono. La masa, ya sabes, Ortega y Gasset.
—No los conozco. Da igual. ¡Y venga a chorrear aficionados; mayores y niños descolgándose! Eso sí, se quedaban en las bandas.
—Sí. Pero tú imagínate que empieza a pasar el tiempo… o que el árbitro decide que hasta que no vuelvan a permanecer en sus asientos no reanuda el encuentro…
—¡Y estaría en su derecho!
—Hombre, es por seguridad. Aunque hay por ahí quien no lo entiende, quien no ve peligro en eso.
—Los aficionados ya te digo yo que no.
—Es que después la gente se pregunta por qué en las reuniones de vecinos se insiste en pedir la palabra y cuidar el lenguaje. Se empieza con un «No estoy de acuerdo» y se puede acabar como en mi piso el otro día: «¡Tu puta madre va a pagar eso!».
—¡Qué agresividad!, ¿no?
—Sí. Y si ves la peluca del presidente de escalera volar como un ovni mientras el picoleto del 3º se quedaba sentao en la silla… No olvidaré esa imagen.
—Es que el tío no está de servicio, ¿sabes? Ellos no son como los médicos.
—Claro, claro.
—Pues visualiza a los jugadores del Córdoba.
—Lo veo: no sabrían si tirar pal vestuario o coger una máquina del tiempo y jugar el partido en horario peninsular para que los energúmenos estuvieran aún maquillando su quehacer en día tan bello y soleado.
—Exacto.
—¡Cuánta tontera nacionalista filiófila y egódoxa hay en el fútbol!
—No sé qué has dicho, pero espérate, que no acaba la cosa aquí.
—…
—Esto es culito que veo, culito que deseo.
—Si el de al lao invade el campo yo también.
—Si la Pantoja no declara a hacienda yo tampoco. Total, le caen 2 años, paga y a casa.
—Esas cosas propias de la idiosincrasia sociológica humana, no genética o hereditaria, lo cual tendría una disculpa atributiva por irracional, sino aprendida, ambiental. Lo vemos y lo copiamos porque nos interesa o nos beneficia…
—¡O por no ser el único que no lo hace! El clásico «Más vale arrepentirte por hacer algo que por no hacerlo». ¡Qué chorrada de frase! Es que no se puede quedar uno quieto, sentadito, mirando al infinito como hacía José Mota, por ejemplo. Fíjate que está bien visto ser el único en ciertas cosas, como sinónimo de originalidad y creatividad; por ejemplo, montar negocios, grupos de música y tal; pero en otras es irónicamente sinónimo de borrego, de inútil, de parao, de mustio.
—…
—…
—¡Bueno, tú! Me decías que había más…
—Pues minuto 98 o así, la gente cantando, animando, saboreando y disfrutando de la victoria como si el ascenso ya hubiera pasado de ilusión a realidad, como si estuviera en sus bolsillos, como haríamos todos, claro.
—¿Todos?
—Vale. Tú no. Pero todos. Ya me entiendes… Y se reanuda finalmente el partido, porque parecía imposible sacar de allí a tantos aficionados y además quedaba supuestamente 1 minuto.
—Me lo veo venir.
—Saca el Córdoba de banda.
—Me estoy riendo ya.
—Pase cerca del área.
—Me quiebro.
—Falta al jugador del Córdoba y el árbitro da ley de la ventaja.
—Sigue, sigue.
—Otra falta de Las Palmas que el árbitro no pita.
—Se quiere quitar el partido de encima e irse a casita con sus niñas.
—Nadie adivina lo que va a pasar.
—Yo sí.
—Despejan pero el Córdoba consigue colgar la bola al área.
—¡Suéltalo ya!
—Toca un defensa que había subido a por todas y… ¡Gooooooooooooool!
—Ahí lo tienes.
—¿No te parece increíble?
—Tan increíble como la Champions del Manchester contra el Bayern. Cosas que pasan por no saber respetar al rival. Porque eso ha sido una falta de respeto… Ah, y tampoco han respetado a su equipo: 1 año luchando, 90 minutos de agonía, todo para nada. Les desconcentran y permiten al otro entrenador agrupar a los suyos para dar un último arreón.
—¡Pobres jugadores!
—Y entrenador.
—Y el club.
—Y la buena afición. La afición cuerda, la que anima a los suyos y no insulta al resto.
—Sí.
—¿Por qué va uno al campo a insultar al otro, al contrario? ¿Por qué es más fácil destruir e insultar que construir o halagar? ¿Por qué alquilan en las bodas caballos blancos como espectáculo?¿Por qué?
—Pareces Mourinho.
—Es que estos temas me encienden.
—No, si a mí también.
—Es como el que se cae al mar y le lanzan salvavidas y de tantos que le lanzan muere de un salvavidazo.
—Entre todos lo mataron y él solo se murió… Y ¿el Córdoba? ¡Te crees que se fueron al vestuario acojonaos! No pudieron ni celebrarlo ni saborearlo. ¡Y ascendieron en ese minuto! Estaban en la misma situación que los otros, y no pudieron ni festejar.
—…
—Deberían hacer algo con estas cosas. Hay mucho dolor ahí dentro.
—¿Dolor por unos colores? Así nos va… Y tú no te enteras: el fútbol no se toca, hombre. Solo faltaría que los energúmenos del fútbol se fueran, yo qué sé, al baloncesto, a ensuciarlo y pisotearlo también como a un felpudo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Oh, mundo


Oh, mundo
El niño cielo

Por el desierto, donde los mosquitos pican y las calaveras se derriten…
—Odio al mundo. Pero mi confesor, que además es psiquiatra, siempre me decía: «Quien mucho abarca poco aprieta». Así que voy a ir poco a poco. Odio España.
—¿Cura y psiquiatra?
—Bueno, así curaba el alma con más oficio. «Psique», alma.
—Ya. Y has dicho «decía». ¿Es que murió?
—No. Solo enmudeció. Así, de repente. Dejó de hablar. Y nadie sabe si es voto de silencio, si es una enfermedad…
—Claro, como no ha podido contárselo a nadie…
—Pues eso.
—¡Pobre hombre!
—No. Él está bien. Ahora practica golf.
—Ahí no hay que hablar.
—Y ajedrez.
—Ya veo. Sacando rendimiento a sus capacidades.
—…
—Pues si odias España te cuento la última para que vomites.
—Ya no me sorprende nada.
—Leo en internet, a lo mejor es una trola, que traducen poemas de Lorca a «lenguaje normal».
—¡¡¡Qué!!!
—Te lo dije. No sé si será, pero piodría ser.
—WTF.
—El Romancero gitano pasa a llamarse Los gitanos y sus movidas.
—¡¿Estamos locos?!
—Los creadores dicen que es para acercar a Lorca al público. ¡El mainstream!
—¿Acercar? ¿Acaso Lorca quería que le acercaran a Kiko Rivera o a Belén Esteban? Si hubiera querido acercarse a este hubiese escrito Nena, estás bien acolchada, o Nena, me crujes to lo negro, o Nena..., Nena. ¡Me cago en to lo que se menea!
—Parece que algunos profesores lo ven bien.
—Porque no lo entienden ni ellos. Pero lo peor es que ni lo intenten.
—Espera que tengo la noticia en el móvil.
—¿Tienes señal aquí?
—Tengo 7G.
—¡Qué tío!
—Mira, aquí: en vez de «Amor de mis entrañas, viva muerte / en vano espero tu palabra escrita» han traducido «Te estás columpiando y eso hace que me ralle un poco, ¿sabes?».
—¡Qué chapuza! ¿Eso es «lenguaje normal»? ¿«Normal»?
—…
—Además, está mal traducido. Sería: «Buenorra que me rajas la panza cervecera con tus chascos / (let me take a selfie) asín que mándame un wassap pa saber algo de tus curvas».
—Ahora saldrán diferentes versiones.
—Me voy a abrir las venas.
—No salpiques.
—¿Tú te imaginas que un fulano coge ahora el Anfiteatro romano y lo tira abajo definitivamente y monta una carpa de circo gigante?
—Para que los «normales» se hagan una idea, ¿no?
—¿O que se repinte un cuadro de Dalí pero sin surrealismo? Con los relojes tiesos. Porque yo veo un Dalí y tengo que esforzarme para entenderlo.
—Ahí está el meollo. ¿Esforzarse? «¡De qué vas, chaval!», te diría un «normal».
—De «normal» nada. Subnormal.
—Se acabó la cultura del esfuerzo.
—Se acabó el espíritu, el alma, lo que hay detrás, «Lo de dentro», diría Robe Iniesta.
—Y, ¡ojo!, que detrás de esta idea de genio coñón está el dinerito. Así se embolsan lo que dejan unos en la caja para leer cómo Lorca dice «Joder», «Hostia puta»… Ya me los imagino ahí: «Ostia, mira lo que pone: “Me mola quedarme empanado mirando arriba / Es una putada que el cielo mole tanto y esté tan lejos”». «Mola mazo, tío, es la ostia». «Joder, ya ves». «Ya ves, joder, es la puta ostia». «Ostia puta». «El Lorca este es lo más de la ostia». «Ostia. Es la caña». «Joder, qué buena ostia, ostia». «El puto amo». «¿Has visto al Rafa Mora ese de… hoy riéndose de la pava de la hermana de Kiko Rivera?». «No. Y ¿tú sabes si es mejor el Ultra Gig 7D500, con pantalla humana, o el Billy Joe 1001 GRRRR?».
—…
—El arte y la cultura se están amoldando a la idiotez humana.
—¡Mujeres y hombres y viceversa se ha abierto de piernas para que nazca su futuro Mesías que acabará con la creatividad individual y salvará a la supermasa borreguil de la amenaza intelectual!
—¿Te acuerdas cuando vimos la peli Idiocracia?
—No me la recuerdes.
—…
—...
—Oye, y ¿tu confesor ese qué hace con su vida?
—Ahora mismo se está preparando para dar el salto a la música muda.
—¿Instrumental?
—No. Muda.
—Y ¿cómo es eso?
—No sé. Es pionero.
—…
—Bueno. Pues ya hemos llegado. Aparca el camello y vamos a tomar unas cañas.