lunes, 16 de febrero de 2015

El fútbol no se toca IX


El fútbol no se toca IX
Eva Tacazo

—Y ¿tú cómo ves lo de la fiesta de Ronaldo y todos estos?
—Yo qué sé, Remo, digas lo que digas, ¿quién lleva razón? Es hablar por hablar. Es una cosa de perspectivas.
—De eso nada. ¡Fue de sinvergüenzas!
—Joer.
—Hombre, ponerse ahí… a jugar con los sentimientos de una afición, con…
—¿Tú crees?
—Pero bueno, ¿es que no te indigna? ¡Si tú eres del Madrid!
—¿Del Madrid, de El visigótico?¿Qué más da? A mí me parece… acorde con lo que ocurre hoy.
—No, si…, ahora te pones rarito, como siempre.
—Rarito no, lo que pasa es que a mí la historia me ha enseñado, y a ti no; ¿acaso no recuerdas todo lo que se ha dicho de nosotros? Pues, después de todo, estamos aquí, ¿no?, y nos habían matao… Bueno, a ti te maté yo, decían… ¿Viste la gala de los Goya?
—No me cambies de tema, Rómulo…
—Pero si no es eso, es que tú ya tienes tu opinión y no te la voy a cambiar… Es más, no quieres que te la cambie, egódoxa. ¿Para qué voy a esforzarme?
—¿Egoqué? Claro, es que tú lo sabes todo, el sabio…; tú eres futurólogo, el que ve los pájaros, ¿verdad?
—Solo digo que ya me ha pasao otras veces contigo, que nos conocemos ya casi treinta siglos y que te pones así…, igual que muchos, y ya está.
—Yo tengo mi propia opinión, diferente a la tuya, ¡eh! Y no consientes en que la tenga, porque tener mi propia opinión es como si tú fueras un segundón, porque lo que tú siempre has querido es que yo te siga, que yo te obedeciera ciegamente. A mí…
—Ala, pues ya está, tienes razón, lo confieso, hice trampas con lo de los pájaros porque soy un soberbio esclavista narcisista… ¿Viste Los Goya?
—Ah, y como no voy a cambiar de opinión, según tú, pues soy idiota, vas y me cambias de tema como si fuera tonto.
—¿En qué quedamos?
—¿De qué?
—¿Idiota o tonto?
—¡Tu madre!
—¿Te refieres a la misma casta y pura que nos parió o a la perra que te dio de mamar?
—Llevas más de veinte siglos con esa idiotez de que solo yo mamé de la loba y no te cansas, y que por eso tú eres el listo y yo el tonto, ¿verdad?
—Yo creo que tú heredaste la parte belicosa de papá, o sea, poco cerebro… Y no te hagas la víctima que eso ya no está de moda, eso aburre, atiende a los cambios históricos, que siempre vas rezagado, que no viste llegar el Renacimiento ni la Ilustración, y mira que te avisé.
—¿Víctima? Mira… Está bien, vamos a hacer una cosa. Tú que eres tan listo…
—Gracias.
—Explícame cómo tengo que opinar.
—Haré un esfuerzo.
—Gracias, majestad.
—No entiendo que tú y tu tribu valoréis el fútbol y a los futbolistas como deportistas que se deben a una afición, colores, bandera… Son aspectos irracionales que no se corresponden con la realidad. ¿No recuerdas los nacionalismos? Es como si pidieras a un trabajador de Google o de Telefónica obediencia absoluta y ciega a su empresa. ¿Por qué creéis que los futbolistas son diferentes a ti o cualquiera de tus amigos? Son productos en un mercado de fichajes y en un mundo en que todo lo mueve exclusivamente el dinero, ni respetos ni aprecios ni ná. Tanto que decís «mercado» y no os dais cuenta… Son currantes, como todo el mundo. Tienen horarios, sueldo, vacaciones, contratos… Lo que pasa es que como veis que cobran algunos, ¡algunos!, 156 veces lo que vosotros…, os jode y, ¡ala!, a despotricar y a ponerlos verdes. Los tíos han contratao con antelación músicos, la sala, y lo que sea. ¿Tú crees que iban a pensar que perderían? Pues no. Han perdido, están tristes, dan la rueda de prensa como cualquier profesional, y luego desconectan y hacen su vida personal. O ¿qué quieres, que vayan ya todo el día con caraperro a su casa, y se sienten en el sofá tristones y sus mujeres les consuelen? Si vosotros fracasáis en alguna venta de coches y luego tenéis una boda, por ejemplo, ¿qué pasa? Pues ellos celebraban el cumpleaños de un amigo, y como tienen mucha pasta lo hacen así, y eso os jode porque querríais estar en esa situación y eso no ocurrirá nunca, y así descargáis vuestra ira y frustración de manera momentánea.

Adolescencia


Adolescencia
La niña lluvia

—Pues yo te juro que no entiendo a mi sobrino.
—Te digo que lo que hace es normal, Juan.
—¿Normal? Ya es mayorcito. Diecinueve años y haciendo idioteces infantiles, valga la redundancia.
—Es joven, hombre. Y los infantes no son idiotas.
—Solos no, pero en grupo vuelven a las cavernas, son unos saboteadores… ¡Chico, pon 2 pinchos más de flumil y 2 gelocatiles…! Volviendo a lo de mi sobrino…, Félix, no me jodas, que con diecinueve años estaba yo comiéndome asignaturas en la carrera, entre otras cosas porque no quería robar a mis padres más dinero, que una carrera es un pastón como para estar suspendiendo y seguir poniendo la mano.
—Y yo también, pero tampoco te creas que lo hacía todo el mundo…
—Y no te digo ná de nuestros padres: a los trece a currar. ¡Eso sí te hace madurar! Y a los veinte casao. ¡Y a los veintiuno hijos…! Que no digo que tenga q ser así, pero tampoco lo de hoy.
—Juan, escúchame, «open mind», tío…, ¿no te has dao cuenta de que cada vez la adolescencia es más larga?
—Eso es lo que digo, ¡que espabilen antes, coño!
—Pero que no es su culpa…
—Si ya lo sé. Es que me da rabia.
—Aquí tenéis, dos pinchitos de flumil y dos gelocatiles. ¡Ala…, que parecéis dos jubilaos arreglando el mundo e intentando dar esquinazo a la muerte!
—¡Graciosillo el chiste sabiendo que somos sepultureros, ¿eh, Fede?!
—¿Tan mal estamos?
—Ja, ja. No, hombre, pero aquí está tol mundo viendo el fútbol y vosotros ahí… dándole… al entendimiento.
—¿Cómo van?
—2-0 pal Atleti.
—¡Entonces pon también unos flutox secos con cristalmina y déjanos razonar en paz!
—Bueno, lo que te decía: mi hermano siempre ha pasao de educar a mi sobrino en responsabilidades, y esa es una tónica sueps hoy. Por eso me da rabia, porque yo sé que ese es el problema.
—Uno de los problemas.
—Para mí el más importante. Conmigo el chaval no se comporta igual. Pero, claro, llega a su casa y se tira al sofá o la cama; ordenador, tele, videoconsola… Me cago en tó, ¿cómo va a dar un palo al agua si no le falta de ná? Y así desde pequeño: la comida, la ropa, los viajes de vacaciones, el restaurante, el regalo de reyes y cumpleaños, el sitio en el cole, la película con sus amigos… ¡Coño, que lo tiene que imponer siempre todo él…! Menos conmigo, ¡eh!
—Y ahora tu hermano quiere que estudie o trabaje, pero que haga algo, ¿verdad?
—Ahí le has dao.
—Son los dueños de la casa. Los padres se creen que si les prohíbes algo o les mandas algo se van a romper o deprimir o vete tú a saber… Para educar bien a los hijos hay que amarles pero también ejercer autoridad para orientarles. Tú no puedes comparar el modelo de educación de hoy con el nuestro porque todo ha cambiado.
—Ya pero es que… ¿Qué se creen, que no van a quererles…? ¡Yo creo que esto es enfermizo!, porque están todos contagiaos.
—No, hombre, no; todos no. Eso es un error de muestreo. Lo que pasa es que algunos los protegen de más, los protegen de todo, incluso de lo de su edad. Así que nunca aprenden a enfrentarse a sus cosas.
—Unos incompetentes.
—Saben instalar un ordenador, una play o un móvil, pero no les permitimos usar el microondas o la secadora o bajar la basura o coger un mocho u ordenar la habitación. ¡Cómo se van a esforzar con trece años si con siete no les enseñamos! ¡Es absurdamente paradójico!, valga la concordancia.
—Y ¿cómo se educa en el esfuerzo? ¡Léeme la receta, anda!
—Pues había por ahí un tal Antonio Ríos que decía que no cediendo, no dejando las cosas sin terminar y reforzando cuando las hacen. Asín de claro.
—¡¡Flutox secos con cristalmina!! ¿Algo más?
—Gracias, Fede. De momento no.
—A mandar.
—…
—…

La anciana tierna que todos conocemos pendula con su carrico de la compra cerca de los sepultureros. Va a desayunar voltarén con fluidasa manchado de potasión:

—Chico, ¿eres Juan?
—Sí, Engracia, ¿cómo está usted?
—Nene, yo aquí… Acabo de despedirme del Manuel, ¿tacuerdas dél? Pos ha acabao la carrera…, abogao…, 33 años… ¡¿Qué te parece?! Estamos tan orgullosos…
—¡Ale, a disfrutarlo!

—… Eh… Además de los inputs de los chavales, que todo son derechos y ninguna obligación, no te olvides de lo que les afecta, los outputs.
—…
—La adolescencia es un momento de crisis, de cambios, y para eso hay que aprender, informarse y formarse… ¿Tú sabes la cantidad de cosas que tienen que aprender los chavales hoy?
—¡A respetar y a trabajar, coño! Con eso se va a tos los laos.
—Y ¿cuándo quieres que lo hagan? Tienen 12 redes sociales activas, hacen 20 fotos al día, contestan a 58 mensajes-correos-chats, actualizan sus perfiles, cotillean en Instagram, Facebook y todas las casas de falsos inquilinos estas… Y al mismo tiempo a estudiar más gilipolleces que nosotros, hacer deporte, ligar, divertirse, más las clases particulares y las extraescolares de natación, rítmica, piano, hípica, judo, tambor, danza, ganchillo…; por no hablar de PlayStation, Xbox, Wii, Youtube… ¿Cuánto tiempo crees que les chupa todo eso? Hasta las doce de la noche por lo menos no han parao. Y ahora échate a dormir… Muchos están agotados mentalmente como para dormir. Y así todos los días. ¿Cómo van a hablar con su madre si están viendo la última foto de Angelina en Instagram o actualizando el muro de Facebook, de lo cual depende toda nuestra raza?
—Yo también tuve cámara, Félix.
—No compares, Juan. A nosotros nos preocupaba la imagen para lo que vienen siendo nuestros amigotes y alguna chavala ¿Tú sabes estos a lo que se enfrentan? Esto se ha convertío en una jungla bárbara, en una selva incívica, en una bestia indómita. Todo el mundo ve sus vidas porque la explicitan, la publican, la desnudan… Y además ahora se ha instaurado la norma de juzgarlo todo. Si no juzgas algo es que… no tienes personalidad o algo así… Así que opinan de todo lo que haces… Y la otra norma es opinar mal, o sea, hundir a la gente, reírte de ella como hace el Rubius y otros t@ntos como él: cuanto más insultes más guay y cool eres. Por cierto, el Rubius tiene diez millones de seguidores; puede que digas bien con eso de que estamos enfermos.
—Y otra norma parece que es hacer el idiota, un deporte que cada vez tiene más competencia, y ser original es muy jodido. El otro día vi a un youtuber lanzando espaguetis al aire en su cocina para tratar de que cayeran dentro de la olla, luego saltaba y los chafaba, echaba al suelo chorros de aceite y plumas de una almohada, traía a su perro y los 2 se revolcaban por el suelo, entonces se pasaba las manos por todo el cuerpo, sí, por todo, y también por el del perro y metía las manos en una masa de harina y agua, se cortaba pelos de sus partes y los echaba también como condimento, amasaba la pizza dando golpes con la suela de sus zapatos y al horno; en velocidad tó rápida avanzó hasta que se cocinó y la sacó a la terraza para enfriarla pero estaba lloviendo; después de mojada la cogió y el perro y él empezaron a darle bocaos; el tío estaba espídico y se puso a dar golpes de frente contra la mesa, abrió una botella de vodka o vete tú a saber y se largó un tragazo que se puso rojo y escupió y casi vomita; y remató balanceándose en la silla pa’atrás hasta que al tercer intento se cayó de espaldas y ahí se quedó… ¡A ver cómo superas eso…!
—Abatible.
—Oye, y ¿cómo lo solucionamos?
—Yo lo tengo claro: hay que meterles dos años más antes de llegar a la universidad; eso les daría mayor madurez para ese aprendizaje superior, y retrasaría la incorporación laboral, pero no pasa ná porque ahora vivimos más, o sea, es una cadena. Lo que no sé es dónde pondría esos años, pero ya saldría. Y no hay que olvidar separar a los que no quieran estudiar más de los que quieran en un momento dado…, no sé, con quince o dieciséis…
—¿Dos años más? ¡Encima que no hacen ná! No hay quien te entienda.
—¿Pedimos dos gelocatiles más?
—Yoooo prefiero una aspirina.
—Pues dos, entonces. ¡Fede, dos aspirinas… Y un pantecta para compartir!
—Pantecta no me queda. Os puedo poner omeprazol.
—Por mí vale… ¿no?
—…
—Pos ponlos.
—¿De 20 o de 40?
—Mmm, de 20.
—Por dónde íbamos, tú.
—Pues que los chavales lo pasan muy mal. Se estresan porque están sometidos a la presión de…
—Gooooooooooooooooooool.
—¡Joder qué susto, coño!

sábado, 10 de enero de 2015

El fútbol no se toca VIII


El fútbol no se toca VIII
Eva Tacazo

—¿Siguiente?
—¿Qué pasa, mamón?
—… ¿Perdón?
—…
—Ehhhhh, siéntese y dígame en qué le puedo ayudar.
—Paso de sentarme a ver tu cara de vicioso y putero. ¿Se lo cuentas a tu mujer?
—Perdone, pero… creo que se está equivocando, ¡eh…!
—¡Calla! Mentiroso, infame. ¿Les cuentas a tus clientes que les robas cada día lo que puedes? ¿Les cuentas que les vendes productos que necesitan, como las hipotecas, con intereses abusivos, y que además eres consciente de ello, de la bufonada de la que tú participas, so payaso?
—Mire, está faltándome al respeto aquí, en mi trabajo y voy a tener que…
—¿Ahora te das cuenta, impotente? Cuéntales a todos estos que eres un impotente, anda. ¡Adivina quién me lo ha dicho!
—Alfredo, llama a la policía que me estoy calentando y…
—Y ¿qué? Si todos sabemos que eres un cobarde y que te escondes detrás de la mesa, y detrás de las vallas, y detrás de la pantalla.
—Pero, ¿qué dices? Tú estás mal de la cabeza. Y ya te estás pasando…
—¡Oh, no me digas!  Y ¿me vas a pegar? ¡Señores, cállenme la boca o el cavernícola acomplejado este me va a pegar! Me va a pegar unos azotes. Sí. Eso es lo que te gusta, ¿verdad? Los azotitos.
—A ver, tú, ¿qué pasa aquí? Los clientes de este banco están avergonzados de verte. Lárgate que te estás retratando.
—No hablo contigo.
—Alfredo, ¿has llamao a la policía?
—Claro. Ya vienen. ¿De qué conoces al flipao este?
—¡Yo qué sé!
—¡Ah! ¿No lo sabes? ¿No te acuerdas de mí?
—…
—Soy el árbitro que pitó el sábado por la tarde al Talavera contra El Ponto.

jueves, 8 de enero de 2015

Inmejorable


Inmejorable
El niño cielo y Díptero impertinente

—Ring…, ring…, ring…
—Sí, ¿quién es?
—Buenos días, ¿hablo con don Hefesto Greco?
—Sí, ¿quién es?
—Le llamo de OVO, su servicio de telefonía que le va a ofrecer una oferta que no podrá rechazar.
—A ver, porque siempre…
—Verá, don Hefesto, en EMOSKI un pack de cerveza con 6 botellines ANSTEL le cuesta 2,45€. Nosotros le vendemos un pack de 5 por tan solo 1,80€. ¿Qué le parece?
—Bueno…, no sé… Pero ¿esto no es, o sea, tú has dicho que eres de OVO Telefonía?
—Sí. Entiendo. Señor Greco, nos estamos diversificando… Verá, es una oferta única. Y con la compra de dos packs le ofrecemos…
—Pero ¿hay oferta de mi teléfono?
—No, en este caso la oferta es de productos de…
—Entonces no me interesa, ¡eh!
—Veamos, don Hefesto, ¿usted necesita una rebaja en su cuota mensual?
—Sí, sí…
—Nos consta que ahora mismo está usted pagando 27€ más IVA. Si usted compra el pack de 5 cervezas por solo 1,80 cada mes, podemos hacerle un descuento de 2€ al mes durante un año, por lo que cada pack le saldría por -0,20€. Señor Greco, estaría usted pagando por Telefonía, 500 Mb de datos y un pack de 5 cervezas menos de lo que está usted pagando ahora.
—Eso ya está mejor. Y ¿todos los meses?
—Sí, señor. Pero le decía antes que si aún quiere disfrutar más de su descanso podemos ofrecerle 2 packs de 5 botellines para cuando vea los partidos de su equipo favorito, más un cepillo ergonómico multisensitivo para perros de regalo por tan solo 1,20€ más. ¿Qué le parece? ¿Le doy el alta en el servicio?
—Pero…, es que yo no tengo perro.
—¡Pero podría tenerlo, nunca se sabe! A lo mejor un familiar, un regalo… No sé si está al tanto pero las últimas estadísticas señalan que salimos a una mascota por cada dos personas, ¿qué le parece?, ¡quién lo diría! Yo misma le regalé el pack a mi marido y el cepillo a mi madre. ¡Se siente tan sola que una compañía es un tesoro!
—Bueno…, tengo prima…
—Y ahora, don Hefesto, por ser usted un cliente Gold le ofrecemos una oferta exclusiva a la que no todo el mundo puede acceder. Es el seguro de vida Gold Vida. Permítame que le explique básicamente las cláusulas de beneficio: usted percibirá…
—No, no. Espere. Yo ya tengo seguro de vida con mi hipoteca y…
—¡Estupendo!, pero déjeme decirle que usted si está pagándola con la hipoteca la cobertura es solo a la hipoteca.
—Ya, pero ¿para qué quiero más?
—¿Está trabajando, señor Greco?
—…
—Si usted está de baja más de 1 semana, el Seguro Gold Descanse le abona 7€ por cada día que usted no pueda ir a trabajar. Y si sobrepasa el mes cada día se incrementa en 1€.
—O sea, al octavo día me pagan 7€, y al noveno también y así hasta…
—Efectivamente. Es irrechazable. Pero eso no es todo. Nos consta que está usted casado. Su mujer percibiría 5000€ si su fallecimiento sucede yendo al trabajo, «in itinere».
—¡Joer! Lo que pasa es que yo voy en bus, no cojo coche…
—La cobertura cubre también un accidente de autobús en carretera o urbano. ¿Conoce la estadística?
—No…
—Hay más accidentes en autobús, señor Greco, que en avión. ¡Quién lo diría!
—Vaya.
—¿Le abro la póliza?
—Pero cuánto cuesta.
—Señor Greco, cobertura de baja laboral, accidente «in itinere» y un brazo extensible para el mando televisivo o para coger cualquier objeto, por supuesto de regalo, por la bajada de precio que ha roto el mercado: 11,25€. Le envío la póliza a su correo. Solo ha de abrirlo, contestar «Acepto», y reenviar.
—Es que no sé yo si…
—Y los tres primeros meses son gratis. No puede negarse, don Hefesto.
—Es que…
—¡Mmmm! Veo que es usted un hombre crítico, de los pies a la cabeza, y además inteligente. Si me concede un solo minuto se lo demostraré. Tenga en cuenta que ya sale ganando con el pack mensual…
—Bueno, pero un minuto ¡eh!
—Verá, OVO está trabajando en un nuevo servicio. Aún no ha salido al mercado pero, con-fi-den-cial-mente, lo hará para el próximo mes. Se trata de la experiencia Familia feliz. Suena bien, ¿verdad?
—…
—Le explico. El servicio le ofrece disponer de una familia durante tres días al año que usted elija y donde usted elija.
—Mmmm, no entiendo.
—Sabía que le iba a encantar. Supongamos que desearía pasar tres días de vacaciones inolvidables en un entorno paradisíaco, playas mágicas y noches de pasión. Se lo ofrecemos, señor Greco, con la compañía de una familia que usted elija.
—… Pero… si yo ya tengo familia. Si yo estoy casado.
—Por eso mismo… Imagine tener la posibilidad de modificar algún aspecto de su familia... Sé que lo está pensando, pero no lo diga, forma parte de su intimidad. No puedo entrar en más detalles, pero solo imagine que le ofrecemos esa posibilidad durante tres días mágicos.
—¡¡Que yo elija una familia!! ¿Cómo?
—Familia feliz dispone de un amplísimo abanico donde decidir. Hefesto, tú decides.
—…
—Intuyo que estás dudando. OVO ha pensado también en tu familia y le ofrece a tu mujer que durante esos tres días escoja entre fin de semana de retiro y descanso en el Monasterio de Silos o el Seminario de fin de semana Origen, desarrollo, evolución y muerte de agujeros negros en el continuo espacio-tiempo.
—Ah. Suena…, suena…
—No me diga más. Sus hijos disponen o bien del Parque temático de Danza ecuestre o bien del Parque temático Condensación y Criogenización en la Nueva Alta Cocina.
—…
—Lo sé. Hemos pensado en todo. Ya le dije que era una experiencia única.
—Ya veo…
—Puedo apuntarte para que seas el primero al que llamen el próximo mes… Hefesto, ¿quieres saber lo que es la felicidad?
Y desde la cocina, como una tragedia que amarga un mazapán, se desploma una voz.
—¡Festooooooooooo, cuelga atontao, que al plato le van a salir canas y a mí en el coño!

jueves, 4 de diciembre de 2014

El fútbol no se toca VII


El fútbol no se toca VII
Eva Tacazo y Díptero impertinente

—¡Malos días por la mañana, Alfonsín!
—Chico, ¡qué triste, taciturno y compungido vienes hoy!
—¿Te has comío el diccionario?
—No. Es un título de la prensa que acabo de leer sobre el hijo de la Pantoja.
—Mala cara traes, Luis ¿Qué te ha pasao?
—Que qué me ha pasao, Mari Luz…, ¡que me cago en to! Échame un cortaíto fuerte y un croasán y os cuento, que me quedan 4 minutos, no me da tiempo ni para un carajillo.
—Te lo pongo ya.
—Ya decía yo que era raro que tardaras.
—Escucha. Salgo de casa. Pum. Ascensor. Pam. Planta baja. Pim. Garaje, coche, arranco tan tranquilo… Y no sube la plataforma de los huevos.
—¿La plataforma? ¡Mira que te lo dije, Luis! Es una chorrada…
—¿Qué plataforma, Luis?
—Es un ascensor de coches. Que ha cascao… Yo creo que será el hidráulico, el pistón… He intentao mirar ahí qué pasaba..., tal, esto, lo otro… Y nada. Taxi y pastón. Y encima tarde. Así empiezo la mañana: cabreao.
—Tanto pijerío, y después ¿qué? Donde esté una rampa con su puertecita de toda la vida…
—Si fue por el espacio. El constructor decía que no había espacio…
—Pues yo ni rampa, ni ascensor, ni garaje… ¡Que os quejáis de vicio! Ala, aquí tienes, Luis, cortaíto y croasán.
—Gracias.
—Y ¿te enteraste de lo del fútbol, lo de Atleti?
—Algo he oído en la radio del taxi.
—¡Unos sinvergüenzas y unos zumbaos!
—Déjalos que se maten. ¡Acaso no saben dónde iban!
—Tampoco es eso, hombre.
—¡Que los tíos habían quedao antes de los hechos! Opina tú, si no.
—Eso han dicho, pero dejarlos…, no sé yo… Habría que…
—Sí, hombre. Yo les construía a todos estos un Ostiódromo. Y que se maten allí… ¿200? Pos 200 animales menos. Y luego que sus familias vayan allí a por ellos y los entierren si quieren.
—Como en las batallas de la Edad Media: a reconocer cadáveres y a recoger baratijas y relojes. ¡Qué triste!
—Así aprenderíamos. ¿Qué no, Luz?
—Luisín, Luisín. Eso es muy bestia… Ahora que sale el Wert hace ná en la tele y dice que los clubes deben tomar medidas. Y digo yo: ¿los clubes de qué?, ¿qué medidas? ¿No dejarles entrar al campo? Eso es un parche que dura un santiamén. La van a montar igual en bares, pubs, en la calle… Lo que hay que poner son medidas educativas, ¿no? Digo yo, vamos, que soy un poco inútil y no tengo estudios pero… pan para hoy, hambre para mañana.
—¿Educar? ¡Eso es para mañana, mujer! Eso ni gusta ni convence al pueblo, que pronto tenemos que votar. Estos no hacen nada para mañana. Perderían las elecciones.
—Ná, echar la culpa a otros, lo de siempre, eso sí lo hacen bien y pronto: ¡la tuya es más pequeña!, ¡tú no sabes ná! Así están tol día estos inútiles.
—Y no van a la causa de todo, al origen...
—Y ¿cuál es?
—Mira, yo soy ramplona y yerma, pero me atrevería a decir que hay una ensalada de varias cosas.
—Como tú eres cocinera…
—¡Calla y déjala seguir!
—La ensalada llevaría inseguros que tienen que estar en grupos para no sentir el vacío de la soledad; tontazos de nacimiento, que no hay quien los cure; musculitos acomplejados que llevan años machacándose y quieren probar si ha valío la pena; ultras de esos que antes llamaban nazis y se dedican a eso, como un pasatiempo; delincuentes sinvergüenzas... Y ¿qué tienen todos de igual? Necesitan estar con otros, porque juntos se sienten como arropaos, calentitos, y esos otros son iguales. Se sienten como si fueran uno solo, y se pasan horas hablando de sus cosas, de lo que hacen juntos, se acuerdan de esto y de aquello, y se creen suertudos por ser así, por tener cosas en común. Y luego se ríen de los demás que no son como ellos… Ah, y lo siguiente es quejarse de los otros porque no son iguales, reírse de las cosas de los otros, digo, como si les molestasen, a veces insultarles; y de ahí a darse guantazos poco queda… Van estropeándose, como todo lo que se come.
—¡Me cago en tó que me he embobao oyéndote y llego tarde! Nos vemos. Luz, ahí te dejo esto, cóbratelo y pal bote. Alfonsín se paga lo suyo.
—Oye, Luis, y ¿el cumpleaños de esta tarde?
—Sí, sí. Pasa a por mí y recogemos a tos los chavales, como habíamos quedao…
—¡Enga!

Muchos papeles, acuerdos cerrados, visitas comerciales y llamadas perdidas y saliva, mucha saliva gastada después…

—Bueno, chiquilla, aquí te traigo a toa’esta tropa.
Un autobús de niños galopa y se agolpa fiero y sanguinario hacia la zona de juegos: bolas de colores, toboganes de colores, camas elásticas de colores y gomaespuma de colores en las paredes y en las botellas de agua. En otra, zona de videoconsolas. Más allá, tocadores rosa, sillitas reales rosas, vestiditos monísimos en diferentes tonalidades de rosa, bolsitos divinos y demás accesorios pensados exclusivamente para gustar.
—Muy bien. ¿El nombre del grupo?
—¿Eh?
—Ummm. Dígame su nombre.
—Ah, no… Llamó mi mujer. Mire a ver por ahí si pone Josefina.
—Aquí está. Pues nada, pasen los adultos a la cafetería y ya está. Se los devolvemos dentro de una horita para la merienda.
—Ah, nosotros subimos, ¿verdad?
—Claro. Nosotros nos ocupamos de todo.
—Sí. A mí me lo dijo Lola. Se encargan de todo, Luis. Vámonos pa’rriba.

Plato de mejillones en lata y 6 cervezas más tarde…

—Míralos… ¿Tú te acuerdas de nuestros cumpleaños?
—¡Hombre! Muy diferentes.
—Sándwiches de jamón, nocilla, olivas, queso, patatitas de bolsa…
—Tarta de tu madre, de almendra de la buena, casera, cogida del campo, ¡que mordías y te metías unos tropezones de almendra…!
—Y el bizcocho con sus hormiguitas de chocolate… Ummmm.
—Y al soplar las velas todos reunidos, con la emoción de ver cómo se apagan, o si había que ayudar a soplar. Todos queríamos que ese fuera nuestro cumple.
—A veces mi madre hacía también unos creps caseros con chocolate Valor a la taza. ¡Buah!
—¡Ya ves!
—¡Y el reparto de juguetes!
—Todos eran especiales. Supongo que no era tan normal tener regalos cada día.
—Nos hacía mucha ilusión.
—Y lo mejor era el después: a jugar al fútbol, estriar los equipos con la emoción de quién irá contigo y poder elegir al mejor.
—3 horas de partido.
—Hasta que se nos cayera el alma.
—Y ¿te acuerdas de cuando jugábamos a pillar en el salón pero con las luces apagadas?
—Sin que nos vieran los padres…
—Claro. ¡Vaya guantazos que nos dábamos unos con otros!
—Acuérdate de El mellao, que le pusimos el mote porque se partió los piños de delante jugando.
—Ya no me acordaba. ¡Vaya piezas! Lo que me reí ese día.
—Bueno, a él no le hizo tanta gracia. Desde entonces las pipas las tenía que comprar peladas…
—¡Qué buena juventud la nuestra!
—…

Respiración profunda.

—Y mira estos.
—Ni punto de comparación, hombre.
—¡Hamburguesas, perritos, pizzas…!
—¡Patatas fritas congeladas!
—Y la tarta esa de chocolate…, que es prefabricada, como digo yo. Estaba seca. Eso no es comida de verdad.
—¡Qué va…! Y cuando han entregao los regalos… Todos ahí como salvajes a abrirlos. Los abrían y ya está. Tu hijo no hacía ni caso a ninguno.
—Sí, lo he visto. Y uno ha cogido la metralleta esa de luces, ha disparao, ha visto la luz y el ruido y ya está. La ha dejao tirada y a otra cosa.
—Y todos cogiendo los regalos del chaval… Y él no cogía ninguno, o sea, cogía uno y lo dejaba, y a otro. Y ahí se han quedao. ¡Ala, a jugar a las pelotas estas que no sé pa’qué valen! 
—En vez de jugar al fútbol y… Joer, deporte físico…, contacto, te haces fuerte, haces compañeros pa’toa la vida, compites, te esfuerzas…, ehhh…
—Te superas.
—Te superas. Si se lo digo yo.
—Ellos qué deporte hacen… ¿Playstation? Míralos, enganchaos ahí a una pantalla y a un cable, sin cosicas de verdad.
—Sin roce, sin toque…
—Sin ducharse luego juntos.
—Sin sudar. Apretando botones…
—No son héroes. Luego no saben jugar al fútbol de verdad, solo en la maquinita.
—Que además es mentira, que la máquina hace cosas de Óliver y Benji…
—Y ¿las niñas? Míralas ahí maquillándose, poniéndose zapatitos rosas…
—Despertando celos de una a otra por ver quién es la más guapa.
—…
—Esto es una mierda de cumpleaños.
—Yo porque me lo ha dicho Josefina, si no yo aquí no vengo a celebrarlo.
—Mira esas madres orgullosas sonriendo por ver a sus hijas de pasarela…
—Si acaba mi Luisito con una de esas niñas lo mato. A él y a la niña.
—Y a la madre.
—…
—…
—¡Qué de sinrazón!

DEUS EX MACHINA: ¿No nos damos cuenta de que los tiempos cambian? ¿No sabemos o no queremos adaptarnos? ¿Por qué necesitamos exaltar lo nuestro? Es más, para exaltar lo nuestro ¿por qué necesitamos despreciar, negar y rechazar lo de los demás? ¿Acaso la Ilustración nunca pasó por nosotros? ¿Acaso doscientos cincuenta años después cada nueva generación juega a asesinar a Esquilache?¿Seguro que somos muy distintos de esos hinchas o es que no se ha encendido la mecha necesaria? ¿Vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio? ¿Todo esto es producto de la socialización? ¿Es necesario hablar?

viernes, 21 de noviembre de 2014

DogTV, Televisión a la carta


DogTV, Televisión a la carta
Eva Tacazo

En una galaxia muy cercana, el celeste cielo celestial sacude sus pulgas y se guarece. Paseando al tuso por el Louvre…
—Creo que a tu perro no le ha gustado La Gioconda.
—Pues le he comprao a mi perro una tele.
—El mío solo come lo que se hace ese día.
—No, hombre, no, ¿qué dices? La tele no es para que se la coma. ¿En qué estás pensando?
—¿Entonces?
—¡Para verla! ¿Pa’qué va a ser?
—Ah. Pues yo no…
—Lo del DogTV, ¿no te has enterado?
—¿DogTV? ¿Televisión para perros?
—Claro. Empezó en EEUU en occidente.
—No me digas más.
—Aún no sé cómo funciona pero voy a ver si me entero. Es lo que necesitaba.
—¿Tu perro?
—¡Yo! Bueno y el perro también.
—Y ¿cómo lo sabes?
—Eso se nota, hombre. ¿Tú no ves al tuyo un poco apagao en casa? ¿No baja a veces las orejas? ¿No se arrima a ti, de vez en cuando, como buscándote?
—…
—Eso es que se encuentra solo, se siente diferente, excluido quizás.
—¿Sí? No sé. Quizá tanto tiempo en casa, en un piso; me refiero a que…
—Naaa. Mucha gente dice que si no es su hábitat y no sé qué del entorno, que no podemos esperar ciertas respuestas de ellos porque las interpretamos como humanos y no como animales… Idioteces. Asín de claro te lo digo. Lo que necesitan, ¡eh!, es distracciones: DogTV.  Lo veo. Es que lo veo. Si me pasa a mí. O sea, nos pasa a todos. La tele es la mayor distracción que tenemos, puro entretenimiento, desahogo…
—Ya. También internet.
—¿Tú eres bobo? ¿Un perro en un ordenador?
—Yaaaa… Pero ¿la tele…?
—Es que no es la tele. ¡Es el canal! Ya no van a ver a personas hablando o anuncios de coches o…
—Hum —¿como en la vida?—.
—Ahora tienen un canal exclusivamente hecho para perros.
—Y ¿por perros?
—¡No te hagas el gracioso, que no te queda bien!
—Solo era curiosidad.
—Él se va a identificar con la pantalla.
—O ella.
—Bueno, da igual… Sí. Ella.
—Tú lleva cuidao que la discriminación sexista está a la orden del día. A mí me da igual pero…
—Lo que digo es que todo son beneficios. Yo, quiero decir, nosotros no podemos…, cómo lo digo…, mostrarles el mundo a su manera. Es mejor que lo vean a través de sus propios ojos: perros que pasean, que juegan, que se comportan, que se cuidan, que comen bien. Y además así descansan de nosotros, ¡que todo el día ahí…, es un coñazo!
—¡Otra vez con el sexismo!
—¿Quééé?
—«Coñazo».
—Bah… Voy a dejar de hablar contigo porque no se puede.
—…
—Parece mentira que tengas perro y no lo entiendas. A lo mejor es que no te importa tu perro.
—…
—Sí. Eso parece. Los canólogos advierten del pasotismo educativo de ciertos amos, con el paso del tiempo. Perdéis el interés y lo veis como un animal.
—¿Amos? ¿Canólogos? ¿Lo vemos como un animal?
—Sí. Y dicen que sufrís complejo de inferioridad, sobre todo los chicos, y por eso compráis un perro, para reafirmaros, estar por encima de alguien por una vez en vuestra desgraciada vida.
—¿Desgraciada? Yo…
—Y que al decíroslo empezáis a poner ejemplos de lo felices que sois.
—Hombre, yo tengo…
—Y que para demostraros a vosotros esa felicidad nombráis posesiones, lo que tenéis. Materialismo.
—…
—¡Si es que sois unos materialistas!
—Mejor que ser materiatonta.
—¡Es que no puedo con tus gracietas! Ya me avisó el canólogo. De-sa-cra-li-za-ción de su conducta. Es el siguiente paso. Como que le quitáis importancia a la cosa.
—¡Vaaaaaya!
—¡Aha! Y, por último, ausencia de discurso, os quedáis sin palabras y os hacéis los tontos y los sorprendidos, como los niños, para no sentiros culpables ni enfrentaros con la verdad que os amenaza. En fin, mejor me marcho. Voy a darme de alta que mi Fanny no puede escuchar más sandeces, ¿verdad bonitita, corazoncitito de mamita, churruquita mía, aju, aju?
—Pero, escucha, no te vayas. ¿El canal ese es de pago?


jueves, 30 de octubre de 2014

El nuevo juguete


El nuevo juguete
Díptero impertinente y El niño cielo

Mesa larga, roble, interfonos, pantalla.
Traje y corbata, maletín, barriga, afeitado al ras, colonia barata, papeles… Intenso, memorietas, sonrisa espléndida y tierna, muy ensayada:
—¡Buenos días, señores!
Sillas cómodas, piel.
Traje, corbata, reloj de oro, tres móviles, llaves del coche, barriga. Despreocupado, egódoxa.
—Ya estamos todos, Miguel Ángel. Ponnos al día.
—Enseguida, señor Fraguas. Organizo y empiezo.
Traje en dos colores, corbata con brillo, reloj bañado, dos móviles y una Tablet último modelo:
—Falta Félix, que está en la puerta. ¿Le hago pasar?
—Sí. Cuanto antes…, ¡que tengo la agenda que tira humo!
—¿Qué te dije, Miguel Ángel? ¡Trabajo hasta arriba lleva el señor Fraguas!
—Me hago cargo.
Por la puerta. A la silla. Vivaz, adivino, casi mágico, expeditivo, currela y resilente.
—Buenos días.
—¿Qué tal?
—Félix es nuestro Gestor de recursos.
—Excelente. Pues empezamos ya… Bueno, pues como le comenté a Agustín, que ya salió en el BOE en marzo, la nueva normativa ofrece la posibilidad de invertir en cursos de diseño de la mejora cualitativa. Nuestra oferta requiere mi visita, supervisión y organización durante un año formacional laboral, que mejora a los empleados, el rendimiento y la productividad, y tres años más de recopilación de datos informacionales directos de ordenación inclusiva, con el correspondiente título de Gestión Administrativo-Empresarial De Implementación Cualitativa, el GAEDIC.
—Brillante.
—Admirable presentación, Miguel Ángel. Señor Fraguas, ya se lo dije. Es lo último en inversión de mejora. Se está desarrollando en EEUU.
—Y más. Ahora mismo copamos y abarcamos Argentina, Croacia, Islas Feroe…, por poner ejemplos mundiales. La última empresa que visité ayer mismo para el cierre a 5 años aumentó su productividad de un 25% a un 85%, y manteniéndose. En breve no habrá empresa que no gestione a través del paradigma GAEDIC.
—Bueno, con su permiso, yo todavía no lo he entendido totalmente. ¿Puede especificar?
—Félix no le interrumpas.
—…
—No, no pasa nada. Sí… Las especificaciones no puedo desarrollarlas porque estaríamos aquí hasta las tres, y de hecho se desarrollan durante el curso que para eso está, pero puedo adelantar el formato si lo necesita.
—Lo necesito.
—Félix, por favor, que para eso está el curso.
—Es que el que lo tiene que procesar y transmitir a nuestros empleados, con lo que eso supone, soy yo. Si no me queda claro…
—Félix es un talento…, ¿cómo diría yo? ¡Es nuestro talento!
—Sí, es nuestro talento.
—Él vela por mis, nuestros intereses. Y lo hace bien, todo hay que decirlo. A cada cual lo suyo.
—A cada uno lo que merece.
—Sin embargo, Félix, recuerda mi agenda…
—Recuérdalo, Félix…
—Ya. Por supuesto que la recuerdo, señor Fraguas, pero… Yo solo…, en fin, que no lo he entendido. ¡O sí! Es que me ha parecido el mismo perro con distinto collar.
Traje y corbata, maletín, barriga, afeitado al ras, colonia barata, papeles… Intenso, memorieta, menos sonrisa y algo despreciable también.
—¿Cómo?
—No sé. A ver: hace siete años nos embarcamos en el Sistema de Administración Por Procesos Coyunturales, ¿lo conoce?
—Sí, lo recuerdo. No es nuestro, quede claro. Aquello fue un fracaso y se veía a la legua. Nosotros
—Ya pero quiero decir que la base era la inversión de recursos en Coyunturas. Fallos o debilidades, aciertos o fortalezas, coyuntura directiva, coyuntura deictiva y coyuntura trasplacional. ¿Lo recuerda usted también?
—Sí, sí. Ya le digo que
—Aquello no sirvió de nada. Quiero decir que, tras mucho tiempo dedicado y tal, no lo pusimos realmente en práctica y hace 1 año lo abandonamos. Además, luego cambiaron la legislación y
—Ya pero ahí no entramos nosotros que...
—Y quince años antes, ¡eh!, yo llevaba apenas dos años aquí, tuvimos la Ley de Procesos de Inventiva Proyectiva. Y esa sí era suya…
—Bueno, era nuestra pero yo no estaba allí por aquel entonces. Yo llegué en el...
—Da igual. Eso da igual. Aquello de la proyección de las Inteligencias y la direccionalidad con predatos y tal yo lo vi ya un bizcochito y mire dónde quedó.
—Pues, mire, Félix, lleva usted razón, lo admito. Aquello fue una desbandada de cuervos que nos dejó out, a nosotros y a EEUU y demás. Pero déjeme que le diga una cosa como estudioso del tema: la idea era buena, buenísima, pero hay circunstancias que ocurrieron, y ustedes saben a qué me refiero, que no permitieron al plan despegar.
—Claro.
—Y tan claro. Félix, como se suele decir, tú acababas de llegar, hombre.
—…
—Por cierto, caballeros, ya que esto se está alargando…, ¿nos tomamos un café?
—Ah, pues sí, vi una máquina en la puerta antes de llegar y dije luego cuando salga…
—No, no. De esa no. Espere.
Interfono. Botón.
—Suárez, tráigame el café en grano de mi despacho… ¡Este me lo traen de Manizales, Colombia! Y va con una máquina especial que
—Señor Fraguas, ¿dónde se lo dejo?
Café y máquina cromada brillantísima, ¡un espejo!
—Aquí, aquí encima. A ver, ¿cómo se ponía esto? Sí, era por aquí. No, esto no… A ver… Félix, ¿te acuerdas tú?
—Por supuesto. ¿Cuatro tazas?
—Si tú tomas entonces cuatro.
—Como le decía, Félix, las mejoras después de todos estos años de estudio son efectivas. Buscamos la eficiencia del empleado, de la gestión y la productividad.
—Productividad es eficiencia.
—No si no tiene usted cronogramas.
—¿Cómo?
Sonrisa espléndida y tierna, muy ensayada:
—Claro. Ya sabía yo que el nombre le iba a resultar interesante. Pero es un adelanto, no puedo profundizar mucho. En EEUU nos dimos cuenta de que el tiempo es oro.
—Oiga, eso lo sabe mi abuela.
—Déjale acabar, Félix.
—Félix, por favor, déjale acabar, a lo mejor aprendes algo.
—Gracias. Decía que el tiempo es un recurso muy valioso al que no prestamos suficiente atención. Creemos que más tiempo es mejor trabajo. Eso no es así.
—Ya lo sé. Aquí gestionamos el tiempo. Yo mismo me encargo.
—Sí, pero ¿en base a qué? ¡Eh!
—Pues nosotros
—¡Ahhhh, esa es la cosa! Para eso tiene usted los cronogramas. Y cada cronograma es un medidor, un dato, un indicador que nos permitirá hacer un balance final. Por ejemplo, ¿ustedes saben ya cuánto dedica cada empleado a su tarea? Y lo pregunto con exactitud matemática.
—Matemática, matemática no, es que
—Ahhh, ¿ves, Félix?
—Sí, ¿ves? ¿Es que no estudiaste matemáticas? Pues son para aplicarlas.
—O sea, hay que hacer un cronograma, un medidor del tiempo exacto de cada tarea de cada trabajador. Y ¿para qué exactamente?
—Para saber matemáticamente cómo rinden y si se puede mejorar su rendimiento.
—Ya veo. Quiere decir que si un empleado utiliza treinta minutos para descansar y almuerza, y le sobran once minutos, por ejemplo, ¿debo reducirle el tiempo de descanso que no utiliza? O, si necesitan ir a mear, ¿acaso hay un número determinado de meadas?
—¡¡Félix!!
—…
—Bueno, nosotros ofrecemos la captura de datos en base a una organización eficaz de recursos, entre ellos el tiempo, pero no vamos a decirle qué debe hacer usted con el empleado porque esas son decisiones internas, como usted comprenderá y nosotros no somos nadie para intervenir. Nosotros señalamos. Pero algo va pillando, ¿lo ve? Los estudios médicos y estadísticos determinan que, si una persona no bebe más de un vaso de agua en 4 horas, una sola meada de 39 segundos, +-5, es más que suficiente, lo cual además ayuda a mantener el control de esfínteres, que para la vejez es ideal. Y si van más veces ya es cosa de vicio. Y todo esto sin hablarle de las tres ces y las cinco emes.
—¿Las tres ces…? Ya… Bueno, señor Fraguas, yo creo que no necesito escuchar más y el señor Miguel Ángel tampoco está por la labor…
—…
—Así que yo creo que esto no sirve de nada, es otro programa engañabobos sacadineros vendehúmos. Podría poner mil ejemplos de esto en la vida diaria: telefonía, coches, electrodomésticos...
—Bueno, bueno, Félix. Es suficiente, que te aceleras.
—Eso, queeeeeee te pones como una moto y…
Ha perdido visión. Pero ha ganado resilencia.
—Yo solo doy mi opinión. Es para lo que me pedisteis que asistiera. «Escucha y danos tu opinión», y eso he hecho.
—Por supuesto, Félix, para eso te llamamos. Y ahora ya tomo yo la decisión. Me entiendes por dónde voy, ¿no?
Menos mágico, menos expeditivo, menos vivaz.
—Sí, sí, señor Fraguas.
Tres horas más tarde, cafetería El reducto.
—¿Qué pasa, Félix?
—Aquí andamos, y ¿tú qué?
—Limpiando, ya ves.
—Te veo un poco… abatible.
—Es que me ha llegao una carta con la nueva Normativa Tributaria de Implementos Estancos De Estimación Objetiva Directa.
—Y ¿eso?
—Lo mismo que los módulos aquellos de los 90, ¿te suenan?, pues con otro nombre. Total, a pagar más. ¿Te pongo un café?
—No, no, café no, que me va a indigestar hoy.
—Pues yo me voy a poner uno con tu permiso.
—No, hombre, Aristóteles, no te lo tomes, que te amarga. Saca para los dos un anisete, que hoy juega el Getafe. ¡Celebrémoslo!


miércoles, 8 de octubre de 2014

Prohibido humanos


Prohibido humanos
Eva Tacazo

Aun a riesgo de parecer zoofóbico, vengo a quejarme de los perros. Y digo lo del riesgo porque ya escribí sobre los gatos en Café,copa y gato. Y digo lo de parecer porque no desprecio a estos animales sino que me dirijo más bien a algunos de sus amos y legisladores —uf, qué palabra tan fea: el amo de ese perro—.
La semana pasada, el mismo día, me topo con dos noticias que me sobresaltaron: la primera, un pitbull ataca a una alicantina, Antonia Galindo, mientras paseaba; la segunda, desde el 1 de octubre en Barcelona se va a permitir viajar a perros sin transportín en el metro —con sus amos, se entiende, o dueños, ¡uf, lagarto, lagarto!—.
Mi vecino del cuarto, joven, aguerrido y aventurero, tiene un perro precioso y limpio, la verdad, de medio metro de alto y un metro y medio de largo, con una boca grande y dientes el triple que los míos, y uñas capaces de vaciar un ojo, o dos. Pero mi vecino del cuarto, animoso, indolente y masculino no ata nunca a su perro, ni paseando ni en el ascensor. Y, claro, a ver quién le dice algo a su vecino, te puedes pasar toda la vida jodido. Además tiene un perro desatado, no lo olvidéis. Yo lo veo y, mientras aprieto mi culo contra el espejo de ascensor, no dejo de pensar que puede desenfundarlo contra mí, que puede dispararlo. Me siento como en el Oeste: él es Robert Mitchum, yo el cobarde que se aparta de la calle central cuando se monta el jaleo. Sí. Subo el ascensor acojonado, todo sea dicho. No puedo dejar de pensar en sus uñas y en sus dientes. Incluso pienso en sus babas —me pongo algo escatológico, quizá para liberar la tensión—, mientras mi vecino del cuarto «me clava su mirada —en mi pupila» marrón—, me da conversación y se desliza por la frente una gota de sudor cuando simulo que lo escucho.
Mi vecino del cuarto, perito, vivales y caprichoso, me dice en el ascensor un día lluvioso y tormentoso, que está esperando a que pase la borrasca para poder bajar a su perro a pasear, porque el can lo necesita. Son ya las diez de la noche. No ha cenado.
Alguno pensará que exagero, pero no es eso sino un trauma de mi niñez. Rondaba yo los 6 años, vivía en un chaletito sin pretensiones y tenía un vecino con un doberman clásico al que bautizaron Cris. Mi vecino tenía un chaletito con pretensiones y una familia encantadora. Cierto día, jugando en su encantadora pinada con amiguitos, durante el idilio, el perro enloqueció y atacó a uno de los niños —omito sucesos—. El can hubo de ser sacrificado. Fue todo un detalle de la familia. Dijeron que, según veterinario y diagnóstico, había enloquecido de repente.
No me considero zoófobo ni conservador. Pero ser progresista tampoco debería ser subir cinco escalones de golpe. Eso es ser imprudente. Lo próximo qué va a ser, ¿que puedan entrar a tiendas públicas también, y dejar por las prendas de ropa sus pelos, sus pulgas, sus babas, sus heces? Uno no va todo el día pensando en ello pero resulta que los perros cagan y mean. Lo hacen en el suelo o en un parque. Y se puede hacer mientras el propietario bien educado e íntegro lleve sus bolsitas o botella de agua —no todos lo hacen—. Ahora bien, explíqueme alguien científicamente cómo va a evitar que los perros no defequen o manchen o empulguen el metro, donde yo transito, piso o rozo.
La patrona de uno de estos tusos, altiva, señorona y egódoxa, decía que  es muy raro que marquen el territorio porque no se encuentran cómodos. Si eso es un argumento venga Dios y lo lea.
La ley señala que el animal lleve bozal y correa de 50 centímetros —me refiero al perro—. La boca no la abrirá, pero todos los que hemos subido en metro sabemos cómo se pone a ciertas horas. Nunca he sentido 50 centímetros de distancia entre un pasajero y yo. He visto a algunos subir y disfrutar de esa cercanía y calor. ¿Qué creéis que va a pasar si le piso por error la cola igual que he pisado a un señor su pie? ¿Acaso el can va a comprender mi desliz, como si le pasara cada día? «Mecachis, otra vez me han pisao», «Disculpe, señor perro, no fue mi intención», sonrisa y pa’lante. Aunque todo es posible. Esta tarde deambulaba por mi barrio con mi carricoche y mi niña de 4 meses, mientras pensaba en cómo una cámara recoge una imagen y luego la puede enviar a un ordenador. Paro en un semáforo, cerca de mi farmacia habitual. Una señora con su perro se detiene y mira a mi niña. Le llama la atención —cosa habitual con todos los bebés— y le dice al perro: «¿Has visto qué niña tan bonita?». Juro ante lo más sagrado que no es un chiste.
Y ahí lo dejo porque si lo tengo que explicar me da un paroxismo —que no sé qué es pero suena fatal—.
¿Y lo siguiente? ¿Después de las tiendas, serán los restaurantes? ¿Acaso voy a tener que comer con uno de estos al lado, del que desconozco si ha pasado su ITV reglamentaria o si bebe para olvidar o si le va a dar un brote psicótico porque no entiende qué hace un humano desconocido comiendo a su lado? ¡Nos preocupamos por la higiene de un local, porque el aire no esté magreado de humo de tabaco y un perro puede acariciar mi pierna veraniega desnuda e insinuársele! Yo creo que si no todos los humanos somos limpios tampoco todos los perros de humanos van a ir limpios. ¿O sí?
Por último, montamos pollos tremendos porque no queremos que traigan a un enfermo de ébola a casa y al mismo tiempo los montamos porque quieren matar al perro de la enfermera contagiada. ¿Cómo es esto posible? Lo humano y lo animal han invertido los papeles.
Que no se me olvide. Yo tuve perro 13 años. Murió. Lo quise mucho. Pero no pasa nada por comprender otro punto de vista.
Y conste que me duele que un propietario del animal no pueda ahorrar tiempo y espacio. Pero si esto se llena de perritos y perrazos puede que yo no pueda salir con mi niña en metro ni ahorrar tiempo y espacio.
Incluso puede que las prioridades hayan cambiado y yo sea un anacrónico e insensible.
La humanización de los animales —solo el nombre ya es una paradoja—.