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domingo, 4 de diciembre de 2016

Historieando


Historieando
La niña lluvia

Desde que extravío pelo me acaecen elementos asaz rarunos.
El otro día troto al banco y me dice el fiscal:
—Con la venia, cuarto y mitad para el coto privado de caza.
Yo, pasmado y empayasado, decido abrirme camino con mi kayak hasta mi siguiente rupestre. Pero, mientras mis músculos prosperan a golpe de estado, pedaleo casi sin dormitar antes de encumbrar el quinto elemento, donde el asfalto ya no crece ni multa ni permuta. Era el momento exacto y primigenio de aclimatar todos mis papeles, así que pedí ayuda a un submarinista cojo que conocí siguiendo sus huellas. ¡Oh, qué época aquella en la que los políticos dejaban huella! ¡Los aquelarres de antes sí eran aquelarres!
Venerando tierras salvajes fui a parar al hogar del mecánico para que me cambiara el aceite.
—¿Puedo cambiarle el aceite mientras escruta mis paredes?
Le respondí que sí y solo si tenía el B1 de chulapo de barra fija. Me trajo 2 cubatas mal ordeñados y desfiló ante mí, ebrio de hebras de azafrán y otros objetos como leones y pingüinos dorados al sol. Al son de mi burbuja dupliqué la pantalla, pero no logré que saliera queso. El queso es bastante difícil de desatascar. No lo hagan en casa ni en las paredes más recientes. Es una exhortación.
Los límites de mis meninges se atrofiaban a mi entorno. ¡Nunca supe encender al camarero!, así que le pedí el menú y la cuenta. Más que nada, todo. Cuando llegó a mi mesa me ofreció una tarjeta de crédito, así, por la boca, por la calle, sin metro ni nada, vino de golpe, Ribera, creo. Sentí aquello que enfría, no recuerdo ahora mismo su inválido nombre, pero seguro que estaba allí, acechándome mientras yo policiaba con todos detenidos. A lo mejor ya habían tenido sobresaliente. Les dije:
—¡Deténganse!
Registré sus escandalosos agujeros del pantalón violáceo, hurgando cada herida hasta supurar conciencia. Era todo bastante férreo y afectado, como una nube plantular o algo como ello. Estaba todo museado, rezumaba un estilo perturbador y glosario, distinguiendo golfos y cabos, mares y océanos, centenas y centenos. Os aseguro que habría estrangulado su ociosidad si, en un momento prestado, hubiera necesitado su presencia o, como querría decir después, su esencia.
Las marcas aseguraban que podría haber primarias y, destapando el Nobel, pudimos viajar por navidades esbeltas, diseñadas por carteristas y ogros de sofá y puro, también café, un café lynchiano, ese que se babea además de sorberlo. Su cara se heredó de unos a otros, sobre todo en los domesticados. Savia de ti y de mí, que se desbordó durante años en canales espesos y metálicos. Ellos no lo saven, pero suponía varias semanas de arduas vacaciones gratuitas, aunque las pagaran de antemano, no sé si como las facturas duras y enaguadas.
Su madre telefoneó un rato:
—5 y 4.
Y esperó durante 5 años la llamada. Nunca llegó. Internet no estaba en el mercado abatible. Los cerezos en flor eran machacados en Mordor por su color. El color a queso a veces lo es todo. El barco era lo típico y yo eso no lo quería hacer. Me iba a Noruega en diciembre y ya no quería poner más. El censo era el máximo responsable y no quería poner más.
Mi kayak se estropeó antes de enviar nombre a Oslo, a la que yo mismo bauticé épicamente. Y, sin que el desdichado trajee su traje, balconamos instintos y entumecimientos baratos, a veces ayeres.
—¿Dijiste a?
—No, pero todavía sí.
Eso fue nada, ilustre destinatario. No compartí chasquidos sino congelaciones barias.
Y solo una flor me enseñó a pescar.
Una flor...

martes, 20 de septiembre de 2016

La entrevista o La burbuja académica


La entrevista o La burbuja académica
La niña lluvia

—Buenos días.
—Hola, buenos días.
—Siéntese.
—Gracias.
—Usted debe ser…
—Aurelio Sabater Equipado.
—Eso es. Muy bien. Aquí veo que es usted Licenciado en Periodismo y Ciencias de la información en la Universidad de Harder… Licenciado con honores, según señala usted.
—Exacto.
—Además tiene un Grado en Marketing y Administración de empresas. ¿Matrícula de honor?
—Aha, sí.
—Muy bien. Luego hizo un doctorado en Gestión de la información.
—…
—En el instituto dirigió usted la radio durante tres años…, y luego 1 año en la radio local y dos años en Telecindra, que es…
—La televisión de mi pueblo.
—Aha… Ha creado usted un periódico digital, elveritable.com, y lo ha gestionado durante cinco años…
—Photoshop, Excel, MasterEditor, bla, bla, bla… Inglés C2… Vaya, Nosotros estamos considerando como mínimo el DMaster…
—Estoy ahora mismo en ello. Sí tengo el DMaster en Chino, eso sí.
—Bien. Veo también… el Toefl y…  Alemán B2, Francés B2, ¿Ruso C2?
—Sí, mi madre es rusa.
—Y Polaco B1. No está mal… ¿Publicaciones?
—Dos ensayos en la editorial Fidelius: ¿Qué es periodismo?  e  Implicaciones laborales en un entorno constructivo.
—En Aficiones señala usted que ha dirigido una película documental, El tiempo cero,  y recibió el Premio Nacional de cultura. ¿De qué trata?
—Es un documental que investiga el momento en que el ser humano se torció en la aventura de su existir y cómo los tiempos sucesivos han ido girando en una espiral cada vez más autodestructiva, a pesar de las señales que invitaban a cambiar con un pequeño esfuerzo de todos.
—Hum… Participó usted en los juegos olímpicos en 100 metros vallas, en mariposa y en salto de pértiga. Dos medallas de plata y un oro…
—Considero el deporte como un elemento fundamental en el quehacer humano que ayuda a la mente y nos equilibra.
—Fue subcampeón de España de ajedrez y campeón del Proyecto El arte de la guerra para jóvenes estrategas con 17 años.
—Sí. Necesitaba algún reto personal en aquella etapa.
—Entiendo. Vamos con una serie de cuestiones… ¿Está cansado?
—¡No, para nada! El psicotécnico fue rápido. Acabé antes del tiempo y parece que los resultados han sido excelentes.
—Estupendo, vamos allá. ¿Cuáles son tres de sus defectos?
—Soy puntual. Me obsesiona acabar lo que empiezo y…, no sé, no puedo controlar el ansia de aprender y ser mejor cada día.
—Hum… ¿Por qué las burbujas son redondas?
—Bueno, yo diría que el círculo es la figura geométrica más económica, así que… consigue el mayor rendimiento con el menor esfuerzo.
—Siguiente: ¿si vieses que tu cuerpo se ve reducido al tamaño de una hormiga en una batidora y tienes un minuto antes de enchufar la batidora y morir qué harías?
—¡Vaya! Sorprendente. A ver, teniendo en cuenta que mi masa ha disminuido mucho, mis músculos tendrán más fuerza y podría saltar fuera de la batidora… Sí, supongo que eso es lo que intentaría.
—¿Por qué razón las tapas de las alcantarillas son redondas?
—Pues… Pues… Puestos a imaginar, no sé, las tortugas ninja viven ahí abajo y si de repente quieren llamar a la pizzería El relámpago solo una pizza redondita familiar cabría por ahí…
—Eres capitán de un barco pirata y tu tripulación debe votar cómo se repartirá el botín. Si menos de la mitad no están de acuerdo contigo morirás. ¿Cómo vas a convencerles para mantengas una buena parte del tesoro y sobrevivir?

—Les diría que yo me quedo con un 10%. El resto pueden repartirlo. Y añadiría que les diré dónde conseguir más.
—Estupendo. Sí… ¿Medalla Fields?
—¿Cómo?
—Si tiene Premio matemático Medalla Fields.
—Bueno, eso… No. Yo no…
—Ayer tuvimos dos Medallas Fields en la entrevista y…, bueno… por eso lo pregunto.
—…
—¿Doctor Honoris Causa?
—Eh…, no… No…
—Ya veo. No sé… Es que, claro, es todo muy común, ¿verdad? No sé qué podría diferenciar más…
—…
—Ehhh, ¿Nobel?
—¿Cómo?
—Si es usted Premio Nobel.





miércoles, 17 de agosto de 2016

Incendios


Incendios
La niña lluvia

—A mí me parecen cosas raras, Eugenia. En esas cabezas hay cosas poco claras…
—Bueno, no tanto, tía. Conozco parejas que se han divorciado y luego han tenido un hijo.
—Pero ¿cinco meses después? Raro. Abatible. Líquido.
—…
—Javi dice que en esos cinco meses la ha visto tres veces y, por supuesto, nunca en la cama. Además estaba siempre delante su abogado.
—…
—Se lo ha inventado, Eugenia. O eso o es de otro... Y se lo quiere encasquetar… Pero cuando se haga la prueba de paternidad será cuando salgamos de dudas.
—Mira, tía, para raro lo de mi jefa. Va y me cuenta que cuando va conduciendo con su hijo de cinco años, si pasa de 60 kilómetros por hora el niño empieza a llorar y a decir «No más, no más». Y si sube a 80 entonces el niño sigue pero grita. Y así… Con lo que tiene que bajar la velocidad y no pasar de 60. Sospecha que el niño le quiere evitar un accidente, algo así como los «precog» de Minority report, ¿sabes?
—Y ¿tú te lo crees?
—Tía, ¿crees que miente?
—Joder, Eugenia, tu jefa es una fantástica.
—Demuestra que miente.
—¿Qué dices?
—Tía, me molesta mucho que dudes de una mujer. Si hubiese sido un hombre te lo creerías, como te crees a Javi.
—De eso nada. Y no lo puedo demostrar porque para eso tendría que acelerar a 140 y poner en riesgo la vida de dos personas, y si hubiera un accidente me dirías: «¿Ves?». Y encima quedaría en mi conciencia. Pero no le des la vuelta a las cosas como haces siempre, yo no miro el sexo o el género de una persona para juzgarla.
—Pues deberías. Bastante yugo soportamos ya para que nosotras mismas… Es lo que dice mi jefa: «la segunda guerra es entre nosotras».
—¡Ah! Y ¿la tercera? ¿El cepillo de dientes que se introduce en la boca a modo de violación y rasca y rasca?
—¡El sarcasmo es el recurso del débil!
—¿Esas frases lapidarias las sacáis de un libro de autoayuda? Por cierto, ¿tu jefa también piensa igual con esa movida del ajedrez?
—Por supuesto. Lo condenamos.
—¿Ambas?
—Las mujeres lo condenamos. Y tú eres expéctica de esas porque no te lo han explicado aún.
—No me hace falta.
—Tía, el más importante es el rey, es el privilegiado, por eso se le mata el último. Y a la que todos quieren matar es a la reina.
—La fichas no se matan. Se capturan. Pero, bueno, es igual, déjalo, no pierdo el tiempo con esas cosas.
—Esa es la actitud pasiva que nos somete. Siempre te lo digo. Debes aprender a superar ese estado de inactividad primario para trascender y ver la profundidad de la vida.
—¡Ya! No, es que…, verás, yo lo veo más bien… racista: empiezan blancas.
—¿Empiezan a qué?
—Quiero decir que el primer movimiento lo hacen las figuras blancas, por tanto llevan ventaja. ¿Qué te parece?
—Mmmm, se lo diré a mi jefa… Sería cargar más las pintas a nuestro favor.
—Tintas.
—¿El qué?
—Nada.
—Te importa que se lo diga yo a Sonia.
—Yo no voy a hablar con tu jefa ni muerta, así que haz lo que quieras.
—Hum.
—Es más. Estoy abriendo mi mente femenina para acceder a esa profundidad… Quizá me cuesta y es muy torpe pero… veo un componente imperialista, anticomunista, feudalista…
—¿Sí?
—…
—Eso era lo de latifundios y tal…
—¡Los peones se sacrifican por figuras más nobles, con más movimiento y mayor puntuación! ¡Horror!
—¡Los peones…! ¡¡¡Los obreros!!! ¡¡El movimiento obrero!!
—Claro.
—Tía. Eres una máquina cuando quieres.
—Como el billar… A golpear a la bola negra hasta que la metes en un agujero.
—Ya ves.
—O la postura del perrito. ¡Por Dios, qué dominación tan abominable!
—¡Odioso! ¡Abominable!
—Por cierto, ahora que estoy en racha. ¿Os habéis dado cuenta de que las empresas lácteas explotan a las hembras para extraer la leche?
—¡Diossss! Me voy a ver a Sonia. Mañana te llamo, hermana.

lunes, 18 de abril de 2016

Cuentos de hospital


Cuentos de hospital
La niña lluvia

Sala de espera. De esas tan cálidas. No corre el aire. No corre el tiempo. No hay anestesista.
—…
—¡Pos yo siempre pregunto todo! ¡Todo…! Y ya está.
—No, si yo no digo nada, pero es que cualquiera se puede equivocar.
—Yo no. Porque para eso me estoy yo aquí. Y lo primero pregunto. Pregunto siempre. ¡Que es lo que hay que hacer! A la ventanilla, a este, al otro…
—Ya, bueno, y yo me he equivocado y no pasa nada.
—Bueno, yo lo dejo claro: que yo siempre siempre pregunto. Y ya está. Porque yo tengo mis cosas. Y no digo lo que es…
—Como todos.
—Ya pero yo no lo digo. Y me preocupo por preguntar y estar aquí. Siempre que vengo yo estoy aquí… (Pasos de bata.) ¡Oye, doctor, espera…! Mira yo…
—Sí, pero ya le he dicho antes, señora, que aún no puede ser. Espérese y ahora lo pregunto.
—¡Bueno…!
—…
—No, es que así no puede ser… Y yo no digo a nadie lo que tengo, pero…
—¿Otra vez, señora? ¡Ya está bien!
—¿Cómo que ya está bien? Ya le he dicho a esta que yo pregunto porque es así, hay que preguntar porque en la ventanilla no te dicen las cosas o las dicen mal. Y yo no puedo estar así.
—Si es que está usted molestando todo el rato y retrasando a los médicos.
—Y a nosotros.
—Señora, que yo también estoy para una ecografía y tengo prisa.
—No os metáis conmigo, que ya está bien. Yo hago lo que yo tengo, ¿eh? Y no digo lo que es porque no lo digo.
—A lo mejor yo estoy peor que usted.
—Mira, la otra… ¡cállate ya, pesada, que eres una pesada!
—Oiga, señora, dice usted no se metan con usted y acaba de insultar a esta señora. ¡Cálmese!
—¿Tú también? Vamos, hombre, todos en contra mía… ¡Ay!
—Es usted la que insulta así que no se queje ni pida respeto a los demás.
—Ya veo, ya. Todos. Todos… Pero ¡no ves que se meten conmigo! ¡Eso no lo ves!
—Veo muy bien.
—Chssss. A ver. Pensemos todos dónde estamos y nos callamos todos, ya está, ¿vale?
—Nosotros le estamos hablando con respeto… A ver si tampoco podemos hablar.
—(Chssss, si ya… Pero…)
…………………………………………………………

Ascensor. Baja de la 8. Estamos en la 0. Queremos subir. Puertas. Señor desesperado, con gafas gordas y desesperadas, y una hija más desesperada con él. El contacto. Los inquilinos eternos del ascensor tratan de salir pero el señor trata de entrar porque sabe que el ascensor va a zarpar sin él, es más, sabe que el ascensor va a zarpar sin nadie. El ascensor de hospital, esa huidiza, agresiva, inhóspita y abatible superficie de existenciales conversaciones teológicas.
—Papá, deja que salgan primero.
—¿Eh?
—A ver, déjenme ponerme delante que quedo yo por salir y voy a la -1 ya.
Ascensor a -1. Puertas.
—¡Ale! Hasta luego. Miren todos los botones no sea que con el trajín no se hayan pulsado todos.
—¡Vete ya, cojones!
—¡Papá!
—Yo solo intentaba ayudar.
—¡Pos te hubieras bajao andando, coño, que tú eres joven. Ahora tenemos que jodernos todos!
—¡Papá!
—¡Anda ya!
Ascensor a 4. Puertas.
—¡Anda tira! Y a ver si te muerdes la boca.
—Nena, cariño, unos hablan de más y otros como esta ni hablan.
…………………………………………………………

Cafetería del hospital. 10:30 de la mañana. Cola para almuerzo. En mitad de la sala una barrera traslúcida separa al personal de los visitantes, para preservar la paz médicosenfermeros VS familiaresdepacientes.  Señor y señora de unos 65 años y entrados en carnes, grasas y excesos.
—2 cervezas, 2 coca colas, una de cheetos, una de cortezas, una de onduladas y un cruasán de chocolate.
…………………………………………………………

Hospital, en su totalidad, constantemente, todo lleno, en puertas y esquinas: «Por favor, cierren las puertas».

miércoles, 6 de enero de 2016

La cabalgata


La cabalgata
La niña lluvia

—Juan, ¡Juan!
—Yee, ¿qué pasa?
—Nada, bien.
—Ostia, no te oía con tanto ruido.
—¿Qué?
—Nada. ¡Pa casa ya!
—¿Habéis visto la cabalgata?
—Yo he visto un circo… Luego una película…. Y también una cabalgata… ¿Tú qué has visto?
—Ya, ya sé lo que dices… Lo mismo… Pero los chavales se lo pasan bien.
—Hombre, ya te digo, los chavales lo que les enchufes, pero ahí esta el tema… Es que… ¿Qué están viendo? ¿A qué han venido? ¿Qué le explico yo a mi hija?
—Explicar, explicar… ¿Qué le quieres explicar?
—¡Coño! ¡Pues a dónde ha venido!
—¡A la cabalgata de los reyes…!
—O al circo, o al cine… Pero ¿es que tú no has visto a Bob Esponja y a los de Star wars y a los saltimbanquis esos? Y al rato, cuando ya no podía tenerla más sobre los hombros, que ya pesa lo suyo, llega el tractor con la estrella…
—Pero estos se lo pasan bien.
—¡Y dale! Que eso está bien, pero hay más cosas…
—Las que tú buscas.
—No, si luego nos quejamos y no sabemos cómo nos hemos metido en el charco, pero nos hemos metido.
—¿Qué dices de charco?
—Nada, que luego nos quejamos de los que nos gobiernan y de lo que hace uno y lo que no hace el otro, que si los políticos, que si las farmacias, que si los albañiles, que si los profesores, que si el fontanero, que si el médico… Así estamos todos los días en el almuerzo, la comida y la cena. ¿O no?
—Sí.
—Pues eso. Mucho quejarnos y luego ¿qué hacemos? Nada.
—Pero ¿qué hay que hacer?
—Chico, pareces tonto. ¿Es que tú no estás viendo el sinsentido de esta cabalgata, que es el mismo sinsentido con que crecen los chavales, porque no entienden nada? ¿Es que no ves la falta de identidad de esta cabalgacirco o lo que sea? ¿Es que no ves que seguimos siendo «charanga y pandereta»? ¿Para qué se gasta el ayuntamiento dinero en los circenses y los disfrazaos de dibujos y los de Star wars, cuando a lo que venimos es a una cabalgata?
—¡Ah!
—¡Mira! ¡Cuando te he nombrao el dinero ya te has puesto alerta!
—Hombre, es que no te explicas, chico. Ve al grano.
—Pero si lo del dinero es lo de menos. Lo que pasa es que para ti es lo de más… Bueno, da igual. Si tú lo quieres ver por el dinero adelante. Nos está robando el ayuntamiento para que lo pasemos bien, los chavales se rían y haya alegría, pero esta cabalgacircodesfiledeloscojones es más caro que si hubiera solo reyes magos.
—¡Eso sí!
—Esto es un quiero y no puedo. Solo con reyes magos hay empresas que lo hacen mejor.
—Ya… pero sería un poco soso, ¿no?
—¿Soso? Es lo que es. Reyes magos. ¿Acaso tú te pides unas chuletas de cordero lechal y les pones salsa de roquefort?
—Mmmm, ¿por qué no?
—0o.
—A cada uno le gusta una cosa. No pasa nada.
—Ese es el problema, que somos muchos… ¿Entiendes?
—No.
—¡Que ya no hay criterio pa hacer las cosas ni ostias! ¡Que un restaurante que te pone salsa roquefort lo que quiere es que no notes que la carne no es tan buena como lo que te cobran!
—¡Ah! ¡Igual que cuando te rebozan el pescao y lo fríen! Eso es verdad.
—Pues eso con todo.
—Ya, pero está bueno…
—0o. De los caramelos ya ni hablo, ¿verdad?
—Chico, ¿también te molestan los caramelos?

lunes, 30 de noviembre de 2015

Me dirijo a usted o La confianza en el progreso


Me dirijo a usted o La confianza en el progreso
La niña lluvia


1) Disculpa, pero el otro día me mandaste una medicación y acabo de ver en internet otra igual pero más barata. ¿Me lo puedes aclarar? Otra cosa, me he informado y tenías que haberme explicado más detenidamente de que me ibas a introducir la sonda esa por la nariz, porque desde luego yo me hubiera negado, faltaría más. No lo hice porque no podía ni moverme cuando ya me habías metido parte del cable ese, y yo pensaba que era normal, pero por lo que me cuentan no siempre es como lo hiciste tú y otros médicos tienen más consideración. No pretendo darte lecciones ni nada, pero creo que deberías pensarlo y planteártelo. Somos personas ante todo. Y yo no me sentí persona, faltaría más.

2) Buenas tardes, ante todo:
El otro día me vine con la dieta que me hiciste. Soy Josefina Triveca Relaño. El caso es que miré una cosa que había escrita que ponía que tomara los hidratos de carbono, pero una amiga que entiende me decía que eso son azúcares y que voy a engordar. No sé si es que me lo pusiste equivocado o es que mi amiga no me lo ha explicado bien. ¿Podría contestarme cuanto antes para poder empezar a tomar la dieta? Tengo necesidad.

3) Hola. Quiero decirte que el otro día mi hijo quedó para hacer un trabajo con un grupo de la clase para su asignatura y quedaron en casa de uno pero a mi hijo no le avisaron y preguntó y no le decían dónde quedar y no pudo hacer el trabajo por esa razón y creo que usted le va a poner un cero. Quiero que lo sepas porque es importante que un alumno no sea minusvalorado por la sociedad y todos tenemos que poner nuestro granito de arena y aportar para que eso cambie y desde luego mi hijo y yo estamos en ello y le ruego que lo tengas en consideración para que aquellos alumnos recojan el fruto de lo sembrado y tengan su merecido.

4) Buenos días, soy Juan Osado García:
El otro día en el partido de mi hijo vi que lo quitó cuando no llegó al corte y nos metieron el gol. Sospecho, y usted me confirmará, que lo quitó del campo por esa situación. Creo que no se ha dado cuenta de que lo que usted hace es culpabilizar a mi hijo, que por supuesto llegó a casa destrozado, diciendo que había sido error suyo. Mira, ser entrenador es más que unas cuantas reglas estratégicas y un cursillo de verano. Hay que tener mucha psicología para trabajar con personas y no caer en cargar culpas ni desacreditar a la gente como has hecho en este caso. Me parece imperdonable tu actitud y no es la primera vez que me llegan comentarios parecidos de los hijos de otros compañeros. Has desmotivado a mi hijo y quiero que ahora lo soluciones. Podemos quedar un día después del entreno. Aprovecho para recomendar desde mi modestia que el sistema que planteas no es bueno y está descompensado. No llega el balón a las bandas. La defensa está muy atrasada. Y hay cierto jugador que ya hablaremos que está descolocado, no cumple y mi hijo podría perfectamente suplirle.

5)
—¿La cuenta, por favor?

—Se la traigo ya.
—Pero ya ya, porque…
—¿Algún problema señor?
—Pues mira, ya que lo preguntas, sí. Aún no me has traído la cuenta, pero me imagino que gratis no es. No se pueden cocinar alubias sin chorizo potente. Y eso lo sabe cualquiera, ¿verdad? Estaba falto de sal, de sabor… Y me ha parecido que le habéis añadido sal al final cuando os habéis dao cuenta.  Y la fritura estaba seca. Pero seca como la mojama. El rebozao no se hace con tanta harina.
—Tomo nota señor, pero entienda también que a veces puede ser una cuestión de gustos.
—¡Ah! ¿Quieres decir que tu gusto está por encima del mío?
—No, señor, para nada.
—Pues es lo que has dicho. ¿Lo ha dicho o lo ha dicho?
—Discúlpeme, señor, siento haberme expresado mal. Le traigo la cuenta.
—Venga, rapidito, que tenemos prisa.
 

viernes, 13 de marzo de 2015

Conversaciones íntimas


Conversaciones íntimas
La niña lluvia

—¿Qué tal?
—Nada, aquí, a mearte.
—Bueno, pero hazlo dentro, que después me vienen a limpiar y la bayeta que usan escuece mucho, me está destrozando la tapa y me está dejando sin brillo. ¡Mírame!
—No te quejes tanto, que no haces nada.
—¿Te parece poco tragarme lo que me trago?
—…
—Por cierto, ese color no me gusta nada. Te hace falta beber más agua. ¿Lo haces?
—Normalmente sí, pero hoy venimos de tomar unas copichuelas y… eso deshidrata.
—Pero aún te mantienes derecho, por lo que veo.
—Nada, si han sido dos copas de vino y un gintónic. No tiene mérito.
—Así deberían hacer todos; pero cuando viene uno a vomitarme me quedo blanco. ¿Por qué no lo hacen en la calle? O, mejor, ¿por qué no se lo tragan?
—Y ¿viene algún ministro?
—Ya quisiera yo sacarles los colores… Bueno, veo que estás acabando y te tienes que ir.
—La verdad es que sí, tengo un poco de prisa, aunque si hubiera venido a otra cosa… no te digo yo que no hubiéramos escrito la tercera parte de El Quijote.
—Puede ser. Pero por lo menos has sido amable y me has contestado. Hay alguno que saca el móvil y se olvida del mundo… No olvides tirar de la cadena, por favor.

lunes, 16 de febrero de 2015

Adolescencia


Adolescencia
La niña lluvia

—Pues yo te juro que no entiendo a mi sobrino.
—Te digo que lo que hace es normal, Juan.
—¿Normal? Ya es mayorcito. Diecinueve años y haciendo idioteces infantiles, valga la redundancia.
—Es joven, hombre. Y los infantes no son idiotas.
—Solos no, pero en grupo vuelven a las cavernas, son unos saboteadores… ¡Chico, pon 2 pinchos más de flumil y 2 gelocatiles…! Volviendo a lo de mi sobrino…, Félix, no me jodas, que con diecinueve años estaba yo comiéndome asignaturas en la carrera, entre otras cosas porque no quería robar a mis padres más dinero, que una carrera es un pastón como para estar suspendiendo y seguir poniendo la mano.
—Y yo también, pero tampoco te creas que lo hacía todo el mundo…
—Y no te digo ná de nuestros padres: a los trece a currar. ¡Eso sí te hace madurar! Y a los veinte casao. ¡Y a los veintiuno hijos…! Que no digo que tenga q ser así, pero tampoco lo de hoy.
—Juan, escúchame, «open mind», tío…, ¿no te has dao cuenta de que cada vez la adolescencia es más larga?
—Eso es lo que digo, ¡que espabilen antes, coño!
—Pero que no es su culpa…
—Si ya lo sé. Es que me da rabia.
—Aquí tenéis, dos pinchitos de flumil y dos gelocatiles. ¡Ala…, que parecéis dos jubilaos arreglando el mundo e intentando dar esquinazo a la muerte!
—¡Graciosillo el chiste sabiendo que somos sepultureros, ¿eh, Fede?!
—¿Tan mal estamos?
—Ja, ja. No, hombre, pero aquí está tol mundo viendo el fútbol y vosotros ahí… dándole… al entendimiento.
—¿Cómo van?
—2-0 pal Atleti.
—¡Entonces pon también unos flutox secos con cristalmina y déjanos razonar en paz!
—Bueno, lo que te decía: mi hermano siempre ha pasao de educar a mi sobrino en responsabilidades, y esa es una tónica sueps hoy. Por eso me da rabia, porque yo sé que ese es el problema.
—Uno de los problemas.
—Para mí el más importante. Conmigo el chaval no se comporta igual. Pero, claro, llega a su casa y se tira al sofá o la cama; ordenador, tele, videoconsola… Me cago en tó, ¿cómo va a dar un palo al agua si no le falta de ná? Y así desde pequeño: la comida, la ropa, los viajes de vacaciones, el restaurante, el regalo de reyes y cumpleaños, el sitio en el cole, la película con sus amigos… ¡Coño, que lo tiene que imponer siempre todo él…! Menos conmigo, ¡eh!
—Y ahora tu hermano quiere que estudie o trabaje, pero que haga algo, ¿verdad?
—Ahí le has dao.
—Son los dueños de la casa. Los padres se creen que si les prohíbes algo o les mandas algo se van a romper o deprimir o vete tú a saber… Para educar bien a los hijos hay que amarles pero también ejercer autoridad para orientarles. Tú no puedes comparar el modelo de educación de hoy con el nuestro porque todo ha cambiado.
—Ya pero es que… ¿Qué se creen, que no van a quererles…? ¡Yo creo que esto es enfermizo!, porque están todos contagiaos.
—No, hombre, no; todos no. Eso es un error de muestreo. Lo que pasa es que algunos los protegen de más, los protegen de todo, incluso de lo de su edad. Así que nunca aprenden a enfrentarse a sus cosas.
—Unos incompetentes.
—Saben instalar un ordenador, una play o un móvil, pero no les permitimos usar el microondas o la secadora o bajar la basura o coger un mocho u ordenar la habitación. ¡Cómo se van a esforzar con trece años si con siete no les enseñamos! ¡Es absurdamente paradójico!, valga la concordancia.
—Y ¿cómo se educa en el esfuerzo? ¡Léeme la receta, anda!
—Pues había por ahí un tal Antonio Ríos que decía que no cediendo, no dejando las cosas sin terminar y reforzando cuando las hacen. Asín de claro.
—¡¡Flutox secos con cristalmina!! ¿Algo más?
—Gracias, Fede. De momento no.
—A mandar.
—…
—…

La anciana tierna que todos conocemos pendula con su carrico de la compra cerca de los sepultureros. Va a desayunar voltarén con fluidasa manchado de potasión:

—Chico, ¿eres Juan?
—Sí, Engracia, ¿cómo está usted?
—Nene, yo aquí… Acabo de despedirme del Manuel, ¿tacuerdas dél? Pos ha acabao la carrera…, abogao…, 33 años… ¡¿Qué te parece?! Estamos tan orgullosos…
—¡Ale, a disfrutarlo!

—… Eh… Además de los inputs de los chavales, que todo son derechos y ninguna obligación, no te olvides de lo que les afecta, los outputs.
—…
—La adolescencia es un momento de crisis, de cambios, y para eso hay que aprender, informarse y formarse… ¿Tú sabes la cantidad de cosas que tienen que aprender los chavales hoy?
—¡A respetar y a trabajar, coño! Con eso se va a tos los laos.
—Y ¿cuándo quieres que lo hagan? Tienen 12 redes sociales activas, hacen 20 fotos al día, contestan a 58 mensajes-correos-chats, actualizan sus perfiles, cotillean en Instagram, Facebook y todas las casas de falsos inquilinos estas… Y al mismo tiempo a estudiar más gilipolleces que nosotros, hacer deporte, ligar, divertirse, más las clases particulares y las extraescolares de natación, rítmica, piano, hípica, judo, tambor, danza, ganchillo…; por no hablar de PlayStation, Xbox, Wii, Youtube… ¿Cuánto tiempo crees que les chupa todo eso? Hasta las doce de la noche por lo menos no han parao. Y ahora échate a dormir… Muchos están agotados mentalmente como para dormir. Y así todos los días. ¿Cómo van a hablar con su madre si están viendo la última foto de Angelina en Instagram o actualizando el muro de Facebook, de lo cual depende toda nuestra raza?
—Yo también tuve cámara, Félix.
—No compares, Juan. A nosotros nos preocupaba la imagen para lo que vienen siendo nuestros amigotes y alguna chavala ¿Tú sabes estos a lo que se enfrentan? Esto se ha convertío en una jungla bárbara, en una selva incívica, en una bestia indómita. Todo el mundo ve sus vidas porque la explicitan, la publican, la desnudan… Y además ahora se ha instaurado la norma de juzgarlo todo. Si no juzgas algo es que… no tienes personalidad o algo así… Así que opinan de todo lo que haces… Y la otra norma es opinar mal, o sea, hundir a la gente, reírte de ella como hace el Rubius y otros t@ntos como él: cuanto más insultes más guay y cool eres. Por cierto, el Rubius tiene diez millones de seguidores; puede que digas bien con eso de que estamos enfermos.
—Y otra norma parece que es hacer el idiota, un deporte que cada vez tiene más competencia, y ser original es muy jodido. El otro día vi a un youtuber lanzando espaguetis al aire en su cocina para tratar de que cayeran dentro de la olla, luego saltaba y los chafaba, echaba al suelo chorros de aceite y plumas de una almohada, traía a su perro y los 2 se revolcaban por el suelo, entonces se pasaba las manos por todo el cuerpo, sí, por todo, y también por el del perro y metía las manos en una masa de harina y agua, se cortaba pelos de sus partes y los echaba también como condimento, amasaba la pizza dando golpes con la suela de sus zapatos y al horno; en velocidad tó rápida avanzó hasta que se cocinó y la sacó a la terraza para enfriarla pero estaba lloviendo; después de mojada la cogió y el perro y él empezaron a darle bocaos; el tío estaba espídico y se puso a dar golpes de frente contra la mesa, abrió una botella de vodka o vete tú a saber y se largó un tragazo que se puso rojo y escupió y casi vomita; y remató balanceándose en la silla pa’atrás hasta que al tercer intento se cayó de espaldas y ahí se quedó… ¡A ver cómo superas eso…!
—Abatible.
—Oye, y ¿cómo lo solucionamos?
—Yo lo tengo claro: hay que meterles dos años más antes de llegar a la universidad; eso les daría mayor madurez para ese aprendizaje superior, y retrasaría la incorporación laboral, pero no pasa ná porque ahora vivimos más, o sea, es una cadena. Lo que no sé es dónde pondría esos años, pero ya saldría. Y no hay que olvidar separar a los que no quieran estudiar más de los que quieran en un momento dado…, no sé, con quince o dieciséis…
—¿Dos años más? ¡Encima que no hacen ná! No hay quien te entienda.
—¿Pedimos dos gelocatiles más?
—Yoooo prefiero una aspirina.
—Pues dos, entonces. ¡Fede, dos aspirinas… Y un pantecta para compartir!
—Pantecta no me queda. Os puedo poner omeprazol.
—Por mí vale… ¿no?
—…
—Pos ponlos.
—¿De 20 o de 40?
—Mmm, de 20.
—Por dónde íbamos, tú.
—Pues que los chavales lo pasan muy mal. Se estresan porque están sometidos a la presión de…
—Gooooooooooooooooooool.
—¡Joder qué susto, coño!