lunes, 22 de mayo de 2017

El fútbol no se toca XIV


El fútbol no se toca XIV
Eva Tacazo

—Oye, por cierto, y ¿la boda de ayer qué tal?
—Bueno, bueno, había de todo, de todo.
—¡Qué bien!
—En nuestra mesa teníamos un pepero de toda la vida que había votado a Podemos. A su lado un probador de jeringuillas, un domesticador de cucarachas…
—¿Qué dices?
—Como te lo cuento. Y luego un reponedor de minas en activo.
—¡Qué dices!
—En serio. El tío to cuadrao, lleno de tatuajes, vivo, muy vivo.
—Pero ¿qué es lo que hacía?
—Pues cuando había una guerra los llaman a ellos para reponer las minas que ya han explotado y tal…
—¡Impresionante!
—¡Sideral! ¡Abatible!
—Y ¿tiene futuro eso?
—Dice que tiene sobre todo presente.
—Ah, ¿sí?
—Sí, por lo de Trump…
—Pero España también vende armas...
—Pos eso.
—Y ¿cuando no hay guerras qué hacen?
—Al parecer contratan a un domesticador de cucarachas para que estas activen una mina y lo llamen a él para reponerla. También se puede hacer con ratas, pero era más caro. Las ratas exigen más por contrato.

—Mmmm, o sea, que estaba todo siniestramente preparado… ¿lo de la mesa, digo?
—El de las jeringuillas no habló mucho, me tenía mosqueado.
—Oye, entonces ¿te perdiste el Madrid y el Barça?
—¿Tú qué crees? Aquello acabó a las 2 de la mañana. A casa y a dormir la mona.
—Te fuiste con mona.
—¡No veas el Cointreau cómo pega!
—Pero ¿sabes que ganó la liga el Madrid?
—Sí. Pero como si no lo supiera. Paso ya del fútbol.
—¿Qué dices, hombre?
—…
—Pero si tú eres del Madrid de esos de comprarse un piso blanco, y un coche blanco. ¡Si hasta tenías un cuadro blanco en la cabecera de la cama!
—La televisión acabó con el aficionado que llevaba dentro… No retransmiten ni un partido en abierto… Ni el final de la liga… Ni la final de la champions si la juega un equipo español. Todo tiene que ser pagando, ¡coño!
—Tienes razón. Ya no hay ni patriotismo ni ná…
—…
—Sí que es verdad que se te veía más triste. El otro día me decía mi Mari «Veo a Piulo más triste». Y yo le decía «Será por lo de que su mujer le dejó», y ella «No, será porque le dejó por uno más joven y con más dinero», y yo «No creo, será por lo de que le echaron de la empresa que él mismo fundó», y ella «De eso nada, es por lo del cáncer de colon», y yo «Eso ya lo superó, será por no haber podido tener vacaciones este verano y tal», y ella «A ver si va a ser por lo del nombre, Piulo», y yo «Que no, mujer, que ese nombre a él le gusta, aunque lo tenga que repetir dos veces siempre diciendo “Piulo, con i”»…
—Ya.
—Así que era el fútbol.
—¿Conoces esa de los Mojinos escocíos «Soy el hombre más triste del mundo, hoy no hay partido de fútbol»?
—No.
—Pues eso.

martes, 9 de mayo de 2017

El Efecto Cultural shuffle


El Efecto Cultural shuffle
El aprendiz y La niña lluvia

—Te quería comentar una cosilla a ver cómo la ves tú.
—Dispara.
—He observado que hay una tendencia, un efecto en el ser humano que no sé si es genético exclusivamente y de ahí ha trascendido también culturalmente o… Es un poco raro… Es como una tendencia que tenemos, por llamarlo de alguna manera, a la mixtura, al mix, a la mezcla. O sea, está claro que genéticamente la mezcla…, no me sale el término biológico…
—Diversidad.
—Eso. Pues está claro que la diversidad nos hace «mejores» genéticamente. Y culturalmente muchos vemos que la mezcla, la diversidad es «mejor», nos enriquece; aunque para aceptar esto hay que tener una mentalidad abierta y tal…
—Díselo a Hitler…
—Pero es que…, voy más allá. Es como si esa tendencia fuera natural en lo cultural. Creo que cuando el ser humano pasa un tiempo en un estado…, no sé cómo…, un estado de pureza, entre comillas, llega un momento en que o 1) se aburre o 2) tiene curiosidad y empieza a mezclar. Durante un tiempo es como que «Oye, ¿cuántos colores tenemos?», «Pues 4», «Oh, genial», y estamos ahí pintando, en nuestras cavernas de la pintura, durante años, décadas, siglos… Y de repente alguien dice «¿Si mezclamos rojo y azul sale otra cosa?», «¿Para qué voy a mezclarlo?», «No sé, pero…». O bien se han cansado de esos cuatro colores primarios o bien tienen curiosidad, incluso una puede ser consecuencia de la otra.
—Entiendo.
—Yo la prueba hoy la haría así: por ejemplo, cojo a un tío y le digo «Mira, te voy a pagar para hacer un experimento —bueno cogería a varios— y tienes que estar en una casa, en mi casa, por ejemplo, comiendo todos los días la misma comida tres veces al día». Yo le pondría un plato suave de sabor, como arroz con verdura, y otro plato con algo más sabroso, rollo muslo con salsa… Aunque si fueran platos exóticos, mejor, ¿sabes?, algo que no haya comido nunca. Se lo daría en dos platos separados. Y luego observaría cuánto tardan en mezclarlo, minutos, días, semanas... Tengo la sensación de que muchos tomarían los dos platos exóticos por separado. Y llegaría un momento en que por la repetición o porque ya le has sacado todo el jugo alguien diría «Voy a coger un poco de aquí y otro de allá», ¿sabes? Es que me parece curioso cómo culturalmente a muchos les parece que mezclar colores, por ejemplo, es algo negativo, deslavado, sucio, impuro… Pero es que hay mucha gente que lleva coches grises —blanco y negro—. Y muchísimos otros colores impuros… La gente ya no escucha flamenco y pop, sino un mix de flamenco y pop, o flamenco y jazz, jazz fusión… Es un efecto humano, tío, es como una búsqueda del batido perfecto. La sensación es como que es algo que nos hace mejores, que nos salva, no sé, es muy raro… La ropa: sucede lo mismo. Desde hace unos años se ha empezado a mezclar traje  y corbata con zapatillas. Y eso antes no ocurría. Y hay gente que lo ve mal, incluso. De hecho desde hace unos años, las zapatillas y los zapatos puros, entre comillas, dieron paso a un mix entre ellos que no es ni zapato ni zapatilla pero se usa en ambos contextos… ¿Cómo lo ves?
—Lo veo, lo veo… Esas zapas serían más efectivas porque se adaptan a ambos contextos…
—Eso es lo que quiero decir.
—Biológicamente está claro que es así, o sea, hay constancia de que todas nuestras células están impulsadas a ese tipo de diversidad, lo cual explica, por ejemplo, que a los morenos nos atraigan las rubias, o al revés… Es que…, buscamos supervivencia: los virus, por ejemplo, son como trocitos de material genético, y por sí mismos no pueden vivir —no son un organismo vivo, no se alimentan, por ejemplo—, pero tienen otras características propias de un organismo vivo. Y, al infectar a un organismo vivo, el cual actuaría como plataforma, un virus es capaz de replicarse o reproducirse.
—Exacto.
—Sí, sí… Para un virus, que haya mucha diversidad ambiental, es sinónimo de baja efectividad, o sea, el virus es menos efectivo si hay diversidad biológica. Lo que es lo mismo, si fuésemos todos morenos y un virus matara a los morenos, caeríamos todos de un plumazo. En cambio, siendo rubios, pelirrojos, morenos…, dificultamos el trabajo del virus. La biodiversidad es necesaria para la supervivencia de cualquier especie y la buscamos como rasgo beneficioso.
—Genéticamente está claro. Y ¿cómo lo ves culturalmente?
—A ver, si es que hay bolis cuya tinta se borra. Y ¿qué es eso? Una mezcla de lápiz y boli. Otro intento por buscar efectividad, triunfe o no triunfe.
—Lavadoras que son también secadoras.
—Hidroaviones.
—Una tablet sería una mezcla entre móvil y computadora. Tamaño intermedio, no usb, no conexión ethernet…, más batería que un móvil, más espacio y RAM.
—De hecho un Smartphone es una mezcla de agenda física y teléfono móvil de primera generación. Bueno, y hoy todo eso aparte de agenda con mil aplicaciones más.
—Yo diría que es el mix de los mix, porque también es una mezcla de teléfono móvil y consola de videojuegos portátil…
—O teléfono móvil y IPOD… Creo que en el mundo de las últimas tecnologías es donde más se aprecia, ¿no?
—Bueno, sí, pero es de la tecnología en general porque la tecnología es nuestro quehacer, es lo que hace el ser humano. Llevamos haciendo tecnología desde el primer palito para darle al árbol y que caiga un fruto de él. A lo mejor ese primer palito le sirvió luego para apoyarse al caminar o herramienta defensiva…
—¿Recuerdas la conversación en la que te hablé de que la naturaleza del ser humano es el artificio?
—Exacto, eso es… Y en ese ser artífice de su entorno es donde yo metería esta tendencia.
—¡Hasta las primeras células de organismos unicelulares pasaron a ser 2 y luego 4 y… mezclarse hasta ser lo que somos hoy…! Todo esto tiene mucho sentido. Yo diría que toda nuestra cultura, nuestra riqueza cultural, se deriva del intercambio. Intercambio comunicativo —el mestizaje de las lenguas, por ejemplo—, intercambio de costumbres… El intercambio cultural es mestizaje cultural. Trabajamos con la cultural como nuestro cuerpo trabaja biológicamente.

martes, 21 de marzo de 2017

El anfiteatro o Hemiciclo parlamentario


El anfiteatro o Hemiciclo parlamentario
El niño cielo


Después de la sangre, bajó del cadalso, volvió a casa y colgó el hábito… El verdugo sintió un dolor en el cuello, sintió un golpe seco. Se llevó la mano a la garganta, luego al pecho, se aseguró de que estaba vivo, después de la sangre…


jueves, 23 de febrero de 2017

Vergüenza


Vergüenza
El niño cielo

Suelo comprar fruta y verdura en Ca Jaime, al lado de mi casa, cruzando dos pasos de peatones. Pero Jaime abre a las cinco y media y yo volvía hoy a mi casa a las cinco, así que decido entrar en la frutería de Paco. Paco no es español, es indio, pero no sé su nombre así que si un domingo necesito patatas o fruta le digo a mi parienta que voy a Ca Paco.
Sí, Paco abre los domingos por la mañana. Y sábados por la tarde.
Cojo mis patatas, cebollas, almendras y voy para la caja.
—¿Ya? —me dice Paco con su castellano de aprendiz.
—Ya.
Entonces, mientras empieza a sacar mi cuenta, entra una joven de unos 28 años, muy maquillada ella —quiero decir que se ve que le ha dedicado tiempo a la cara, probablemente porque trabajará cara al público, y me parece muy bien que uno dedique tiempo a lo que es necesario—, e interrumpe mi turno y a Paco, muy educada ella también.
—Mira, de esas naranjas de ahí…, esas…, me pones 4 kilos…, y vengo luego, ¿vale?
Yo la miraba febril, recordando esas colas del Banco Fulanito tras las que llegaba mi turno al fin —¡yuhu!—, y una vez sentado se acercaban cinco o seis personas a darle un número de traslado de cuenta o una tarjeta de vencida o unas copias de hipoteca o unas tarjetas black al asesor que me atendía… Todo ello absorbía unos diez minutos de mi tiempo de conversación bursátil entre una cosa y otra, conversación que había que retomar y reemprender una y otra vez, como en un atasco. Todo muy profesional, como la sanidad.
Febril seguí escuchando, porque la joven seguía profundizando cual Schopenhauer en su disertación.
—Lo que pasa es que… las… ramitas…, esas ramitas —refiriéndose picajosa al tallito tan bonito e irregular que les queda a las naranjas al ser cortadas—, les quitas las ramitas, ¿vale? Es que… si no… las tenemos que quitar nosotros.
Pasé de febril a invisible. Duelo al sol.
Todo ello se lo dijo con un tono de corderito cuchufleto de ligue caprichoso de sábado noche, con el que debía de acostumbrar a camelarse al respetable de cualquier sarao.
Los ojos de Paco me miraron un segundo y cambiaron a azules, luego a rojos, luego a amarillos… Ella no lo vio porque a ella no le interesan esas cosas de altruismos y empatías tanto como las fotos de su insta. Yo sí los vi, fotograma a fotograma. Pude sentir por un segundo su vergüenza. Sonrió amable, vencido, sabía que estaba detrás de un mostrador, al servicio de una clienta habitual —porque le hacía un encargo para recoger luego, deduzco—, y no estamos para echar clientes.
—Es que es eso, si no los tenemos que estar quitando nosotros.
Volvió a la carga y dio otra coz como si con una vez no hubiera sido suficiente.
El bueno de Paco bromeó con su castellano de aprendiz. Y aceptó.
Se fue el maquillaje. Yo no llevaba rifle en ese momento para lanzar un tiro de alivio que me evitara el bochorno. Paco me cobró:
—4,20.
—La gente tiene mucha cara —le solté, para mostrar mi compasión por el abuso y la indignación.
—No sé… Ella tiene panadería aquí, en esquina… Son tres chicas por de mañana y son tres chicas por tarde. Yo pienso jefe contento si tú trabajas… Pero…Yo… Yo digo gente dice que en España no hay trabajo. Yo veo trabajo pero no veo…, mmm…
—¿Ganas?
—Sí, ganas.

martes, 31 de enero de 2017

Pantoja


Pantoja
El niño cielo


—Anda, Cipriano, ponme un cafetillo y una madalena, guapo. ¡Que menos mal que eres guapo, condenao, porque con ese nombre…!
—¡Has venío acelerá con el Cipriano! ¡Le has dicho de tó en dos palabras!
—Lo malo y lo bueno, se dice tó.
—Eso te deja sin amigos.
—Me sobran… ¿Viste anoche a mi Panto?
—Por desgracia, sí.
—¡Sin faltar, mameluca, que mucho he tenío que esperar pa verla! ¡Está en forma!
—¡Ah!, pero ¿tú eres pantojista?
—Y andaluza. Tanto monta, monta tanto.
—O sea, que todos los andaluces son pantojistas.
—Y el que diga lo contrario miente.
—¡Mira, si hablas igual que ella! No me había dao cuenta hasta ahora.
—Que yo lleve años fuera de mi tierra no me va a hacer cambiar ni olvidar mis raíces.
—¡Bravo, cosmopolita!
—Lo que uno es… no lo cambia la tierra.
—Pero sí lo da, ¿no? Bueno, ahora que dices eso… Yo esperaba que hubiera cambiado, la verdad, que la cárcel la hubiera hecho más humilde…
—La sangre es la sangre.
—Ya lo vi… teatrera fue y teatrera sigue.
—Cipriano, ponle a esta jabón que se tié que enjuagar el morro.
—Me esperaba una disculpa a los andaluces a los que robó, o a los que robó su chulo bajo su conocimiento.
—¡Tú qué sabes de las personas y del amor y de esos dineros! ¿Tú estabas allí? Lo juzgáis todo sin saber.
—No…, ¡lo vas a saber tú antes que un juez! Yo no sé si a los pantojistas os paga o qué, pero que ella es una bruja soberbia y desde hace poco una choriza, ¡eso está claro!
—¿Soberbia? Amos hombre, envidia la tuya y la de tu gente que echa lagartos por la lengua…
—¡Parece que estemos por desencadenar una guerra civil! ¡Relájate, que te va a dar algo! ¡A ver si vas a hacer como el trampantojo americano este y vas a destituir al juez! ¡Anda mira: tram-pantojo! ¡Si es que son iguales, unos manipuladores y unos falsos!
—¡Enferma vas a caer!
—Cipriano, a ti te parece normal que entra una llamada de teléfono de su hijo, el del chándal, el riverita, y se me pone a llorar la muy dramática. ¡Pero si lo has visto hace dos días! ¡A los óscar nominada ya! Es una profesional de la manipulación. ¡Vamos, manipuló hasta al presentador! Que yo comprendo que la cadena ayer iba a hacer el agosto y había que tratarla bien porque eso vende y garantiza el futuro, pero ¿ni una pregunta sobre sus delitos a una delincuente…? ¡Contratito y blanqueo de imagen o buenismo interesado!
—¡Mira que eres mala…! ¡Si algo hizo, pagado está! Nosotros lo sentimos pagado, ¡y con creces! ¡Tú qué tienes que decir, si no eres ni andaluza ni jueza!
—¡Lo mismo que tú con el Rajoy y los suyos!
—Eres una retorcida.
—Tú eras la de «Lo bueno y lo malo», pero ya veo que a falsa no te gana nadie… Cipri, ¡qué lágrimas, qué juego con las letras! ¡Lleva toda la vida jugando a lo mismo! «Yo no escribo esas letras», dice, la muy… cínica. «Yo ahora quiero ser feliz», sí, y ¿la mujer del presidiario crees que tiene derecho a ser feliz?, ¿eh?
—Pero si esa se los ponía doblaos, doblaos… Ese matrimonio estaba roto. Isabel esperó a que él diera el paso, como una señora, pero era un sinvergüenza y la engañó. ¿Tú qué sabes?
—Cipri, vio un ramo de flores en el público y paró al presentador pa ir a cogerlo y darse un baño de masas…, pa provocar más emociones…, ¡Una populista es lo que es! «¡Lo he pasado tan bien, que quiero volver más veces!», nos ha jodío la intensa, a llevártelo crudo, ¿verdá? ¡Cómo va preparando el terreno, la muy ladrona! ¡Mira si es lista!
—Cipriano, en esta barra no cabemos dos como nosotras. Esto hay que zanjarlo.
—No tienes lo que hay que tener…
—Tú no sabes cómo disparan mis dedos, te puedo depilar el bajo con dos balas.
—¡Cipri, los revólveres!

martes, 3 de enero de 2017

Espacios y medidas


Espacios y medidas
El niño cielo

Esta mañana no trabajaba, así que me acuerdo de que necesito un chándal y, ¡ala!, a un centro comercial. Preferí andar; los autobuses cada vez tienen menos espacio.
Pasé por un bar que debería llamarse El peor bar del mundo, pero quién soy yo para ponerle tal aberración. En la acera había dos tipos, en esa ventanilla cerca de la entrada que ahora está de moda porque dentro no se puede fumar. Uno venido a menos le decía al otro:
—Y por eso ya no puedo jugar más. Alargué, alargué…, y ahora me tienen que quitar el menisco. A los futbolistas nos pasa eso…
A lo que yo añadía en mi cabeza: «Y por eso no me fichó el Madrid. Pero los colegas son los colegas y yo seguía jugando con un poco de dolor. Me llamaban, ¿sabes? Y ¡qué voy a decirles!».
Llegué al centro. Y no sé si se han dado cuenta ustedes pero los espacios son muy reducidos. Va uno al váter y tiene que maniobrar para poder cerrar la puerta y quedarse dentro del váter. Y luego otra maniobra estratégica para desabrocharse sin darle un codazo al continente del papel higiénico que es más grande que el inodoro, por cierto. Por cierto, no suele haber percha. Ni jabón. Cosas básicas, fundamentos, principios.
Luego fui a una de las tiendas. Entro al probador y, adivinen, no hay espacio ni para uno. Solo hay para medio… Y yo soy delgado.
Ocurre lo mismo con los restaurantes —por llamarlos de una manera que se acerque a la realidad— de estos que son modernas franquicias y sus mesas: si pide usted una botella de agua o refresco va bien, la botella y sus brazos caben en la mesa; pero como se le ocurra la audacia de, no sé, pedir algo de comer para acompañar al refresco… Creo que me entienden.
Fui a otra tienda y cuando abrí el probador, ¡sorpresa! ¡Aquello no era un probador, era un camerino! ¡Qué digo un camerino, era un barco! Ya saben ustedes lo que pasa cuando a uno le dejan espacio: se siente uno cómodo, mira alrededor y puede ver, puede alcanzar, se encuentra bien, tiene la cabeza despejada para pensar si las medidas, digo la ropa, es viable… Porque sin espacios uno se acogota.
En fin, me volvía a mi casa por el mismo camino después de un par de horas. De repente paso por el peor bar del mundo, ¿recuerdan? Y allí seguía Messi, solo que ahora era otro el que aguantaba sus sermones omniegos:
—Yo me miraba el tatu de perfil, aquí —señalándose el hombro—, que es donde más guapos quedan, y flipaba. Yo te lo recomiendo. El tatu se tiene que llevar de perfil.

lunes, 26 de diciembre de 2016

¿Tecnologías sí o no?


¿Tecnologías sí o no?
El niño cielo

Esta tarde leía un artículo titulado Tecnoescepticismo, escrito por Enrique Dans, un especialista en el campo de la tecnología y su impacto social —aunque mejor visite el lector su currículum si lo desea— y dueño del sitio web enriquedans.com, en donde analiza la relación tecnología y ser humano.
La idea está clara: una buena parte de la sociedad tiene dudas sobre el futuro que nos depara el avance tecnológico; Enrique Dans no tiene dudas.
A veces usamos «tengo dudas» como equivalente a tener muy claro que algo no te gusta o no lo quieres.
El caso es que este debate entre si las tecnologías son buenas o malas ya es materia vieja para mí, pero sí es nueva la aparición de nuevos argumentos.
El otro día visitaba un fragmento de la película Modern times, de Charles Chaplin, y me vino como un flash el mundo tecnológico actual. En ese fragmento había una crítica a la industrialización, al sistema capitalista de esa época, opresión, clasismo… Charlot es un operario de una cadena de montaje, ese objeto que marca el ritmo de trabajo a los humanos que allí aprietan tuercas, concretamente tres: Charlot, débil, enclenque, «noob»; un fortachón de dos metros, aguerrido y diestro; y un vejete ya cansado al que le cuesta pero ahí está buscándose la vida. Son tres personas inarmónicas a las que no se adapta el objeto, la cosa, la máquina, sino que ellos se adaptan a la máquina. Se suponía que las máquinas eran creadas para servirnos; sin embargo, aquí los obreros son como esclavos de la máquina que marca un ritmo atroz, estresante, al que Charlot sucumbe vencido y es devorado por ella.
Cien años después, en esta época de revolución tecnológica podríamos preguntarnos si algún agricultor cambiaría su tractor por el arado; como podríamos preguntarnos si nuestros mayores —y no tan mayores— que piden la compra por internet en diferentes supermercados porque casi no pueden andar, no pueden conducir, no pueden coger peso, lo cambiarían por tener que buscarse la vida para poder tener comida y productos de limpieza e higiene; incluso en este último año hemos incrementado las compras navideñas —sobre todo regalos— a través de internet con empresas online como Amazon, pero quizás alguien quiera seguir yendo a El Corte Inglés y desesperarse con empujones y colas, para que además no quede ese regalo que han pedido a Papá Noel o Reyes Magos.
Otra cosa es que usemos mal las tecnologías. Claro, sucede, como también ocurrió con la era de las máquinas, cuando se construyeron objetos mecánicos para robar coches, o armas automáticas para matar más rápido —a mí me viene a la cabeza esa época americana de los gánsteres y el frenesí—; hoy tenemos virus informáticos, espionaje en la red, Big data robada…
Pero ¿son las tecnologías o los humanos? La pregunta es retórica, por supuesto. Estamos detrás de cada cosa que hacemos. Nuestros actos nos delatan. A lo mejor mañana un tipo detona una bomba y nos volamos todos por el espacio; pero no es el avance tecnológico, es la persona.
Si, por ejemplo, se quedan por el camino muchos parados, trabajadores con 58 años que tienen muy difícil reciclarse, es porque algo hacemos mal o podemos hacer mejor; invirtamos más en educación y humanidad. Pero también veo algunos jóvenes con 20 años quejarse de que no pueden trabajar aquí o allí y, sin embargo, tampoco estudian más o se forman o se esfuerzan.
Yo también fui escéptico. Pero mi mente abierta y, sobre todo, la Historia, así, con mayúsculas, me hicieron progresar. La Historia es una gran doctora, una gran docente que parece que arrumbamos ahí, a un rincón, quizás porque la asociamos a fechas memorizadas y a reyes y bandos. Pero hay una historia, una intrahistoria, una microhistoria, la humana, que nos desvela el futuro. Deberíamos escucharla. Si hubiesen escuchado cómo Julio César fue asesinado, por poner un ejemplo, no les hubiera costado augurar el «asesinato» político de algún líder hace unas semanas.  
Como dice mi amigo, «yo abrazo las tecnologías». 

Ceda el paso


Ceda el paso
Eva Tacazo

Hete aquí que llovía a porrazos, el cielo estaba gris húmedo y los viandantes de siempre, los de siempre, paseaban en coche.
Con este panorama caminaba de un lado de la calle Robin de Locksley, de los Locksley de siempre también, que había abandonado hace años Sherwood, cansado de ser un fuera de la ley. Ahora cumplía con hacienda. En lugar de arco, paraguas. A su mano una inocente niña.
Del otro lado de la calle, Little John. En lugar de bastón, paraguas. A su mano una inocente correa y 2 inocentes perrillos que no se tropiezan con él porque las piernas de John son chiquitas comparadas con su oronda barriga.
Ambos se colocan pegaditos a la pared para no mojarse, como suele hacerse estratégicamente en estas disposiciones acuáticas. La niña, protegida. Los perrillos, entre las piernas del forajido.
Ambos se van acercando ufanos, abatibles, sin conejos en el cinturón.
Ambos quieren pasar por el lado diestro de la acera.
Se van acercando, cada vez más.
No hay río, pero llueve a cántaros y el único paso sin mojarse es arrimarse al lado derecho todo lo que se pueda.
Están muy cerca. Ninguno se aparta, ninguno cede y…

miércoles, 14 de diciembre de 2016

El fútbol no se toca XIII


El fútbol no se toca XIII
Eva Tacazo

—¡Espera! Deja de remar. Me ha venido una cosa a la cabeza y…
—Es la cuarta vez en tres días ya.
—¿No te parece que la medicina se está vulgarizando?
—Hombre, la medicina, así, en general, pos no sé…
—Quiero decir los médicos. No los veo profesionales.
—A ver, ¿qué te ha pasao que te conozco como si te hubiera parío?
—Pues que fui al alergólogo la semana pasada, antes de decidirnos por Sicilia. Me dijo que me veía muy mal y que tenía que haber ido antes.
—Privada o pública.
—Privada. Pero no entro en ese tema… La cosa es que me dice también, ¡literal, eh!: «Con esto no vas a ser ni sombra de lo que estás».
—Chico un fallo hablando lo tiene cualquiera.
—¿Eh…? ¡Ah! No, no. No me refiero a eso. Me refiero a que llevo una semana y estoy igual que estaba. Igual.
—Ya.
—¡Hombre! Que me medique y ya está. «No ha funcionado, doctora.», y probamos otra cosa. Pero eso de la sombra y tal…
—La medicina no es perfecta, lo hemos hablado…
—¡Ya, coño!, pero no te hablo de la medicina, no la excuses. Te hablo de la alergóloga, de la persona, de la «profesional».
—…
—¿Por qué se aventura y me dice eso? Además, ¿sabes cuánto me costaron los seis medicamentos que me mandó?
—…
—80 pavos. ¿Cómo te quedas?
—En la pública con receta…
—¡Que sí, que sí! Si este mes acabo y ya no renuevo, ya te lo dije. Pero a lo que voy es a que…
—¡Ya, ya!
—Bueno, tú, que lo de vulgarizando tampoco te lo digo por eso solo…, son más cosas…, es como que lo noto, tío. A mí hace 15 años ningún médico me decía algo como «Vas a salir de puta madre de aquí» y luego estaba igual o peor, ¿sabes? Parece que haya que ser sociable y enrollao además de médico. Aunque diría que es una tendencia en todas las profesiones.
—Lo diría por tranquilizarte, hombre.
—¡Ah!, y ¿eso lo justifica? Me miente y… ¡Oh, no! Claro, ¡la postverdad! Ya hemos llegado al tema… Estoy harto de eso y solo lo conozco desde hace 1 mes.
—¿Seguimos remando o saco las mantas y hacemos noche aquí?
—…
—Mientras te lo piensas… A mí me preocupa más lo del fútbol.
—¿El qué?
—Pues yo lo que veo es mucha violencia… Y esta gente es ejemplo de muchos jóvenes.
—¿Solo jóvenes?
—Hum. El otro día Morata forcejeando con uno del Depor se tira el tío, ¡ala! Y luego sale a prensa y dice que es normal, que ellos se tiraron y él también, y no pasa nada y tal.
—¿Y?
—Tío, ¿qué están generando con esas conductas? ¿Vamos a aceptar ahora que tirarse y hacer teatro es lo necesario, lo normal, lo que hay que hacer en algo tan sagrado como el deporte? ¿Sabes que eso provoca al contrario…?
—Esto se ha hecho siempre…
—Pues peor me lo pones. Hay que empezar a cambiarlo. Además, que eso no es verdad. Puede que se haya hecho, pero no tanto como ahora. En baloncesto no pasa, tío. Y a mí como entrenador de chavales esto me duele.
—En la NBA creo que sí. Lo llaman algo así como «Flop».
—Bueno, claro, en la tierra del winchester y del «Te denuncio porque he engordado al tragarme una ración de pasta dentífrica para mi cepillo y esa información no la ponía en la descripción del producto» es normal que esto sea el balazo de cada día, pero…
—Ya. Aquí, la verdad, no se ve mucho en baloncesto.
—Ni en otros deportes. Ni siquiera en los violentos de por sí, como el boxeo o el judo. Yo he visto mucho boxeo, me gusta, y de todas las categorías; la última vez el mes pasado en Murcia. En el boxeo hay respeto, tío. Mi hermano estuvo 8 años en Kung Fu, y desde el primer día el profesor les dio directrices antiviolencia, incluso si se enteraba de que te habías peleado fuera del club te expulsaba…
—Eso es educar.
—Y luego lo que te digo: un crío de 18 le mete un puñetazo a un árbitro, ¿lo viste?
—No.
—Y es que encima el orangután ahora será Dios, ¿sabes?, para su equipo, para su afición… Se le aplauden.
—El que aplauda eso es un tarao. Como los que aplaudieron a Messi cuando iba a declarar su evasión fiscal y tal… Hay que diferenciar: jugador dentro de un campo, es el mejor; ciudadano, muy malo. Los que le aplauden y le excusan no se dan cuenta de que, si ese dinero que defraudan todos estos tíos estuviera donde tiene que estar, no nos subirían tanto los impuestos, probablemente, y otras cosas…
—Pues sí. Y lo que te digo: ¿adónde va todo eso? A la calle. ¿Viste el empujón que le metió un tío a una chica en el metro?
—No.
—Pues la tía bajó 8 escalones y fue récor Guiness… ¡Tío, pero por qué esa chica tiene que dejar de ir a… comprar anchoas, yo qué sé…, a recoger a su gato…, me da igual…, y ahora tiene que ir al hospital, luego a la Policía, baja en su trabajo…!
—El gato desesperao…
—Hum. Luego a juicio, puede que psicólogo… ¡Tío, ya está bien! ¿no?
—Sí. Totalmente.
—Y si no el otro día, antes de partir, que me llega un video de un tío que, ¿no te lo he contao?, para tener más seguidores en youtube se graba y le llama a un tío caranchoa. ¿Lo has visto?
—Ese sí. Vaya mamón.
—¡Mamones! Ambos. Aquí no excuso al otro que le metió un puñetazo. Ese que pague su agresión. Pero ¿al otro qué le va a pasar, eh? ¿Nada? El otro se lo dijo tres o cuatro veces, cuando ya le había advertido que así ni le llamara más y que se largara.
—Sí, es como que me arrimo en la disco a una y disimuladamente le toco el culo. Se da cuenta y me dice que no haga eso. Se lo vuelvo a tocar. Me vuelve a decir con más enfado que no y que me vaya. Y se lo toco otra vez.
—La provocas, tío. Eso no se hace.
—La ostia que me llevo tampoco está justificada.
—Por supuesto que no. No debería eximirla de culpa, es que tu estás ya pasando una ralla muy clara y que no te apetece por reírte o por grabarte o lo que sea. Tío eso es de enfermos… Ni uno ni otro. Cada uno su culpa o responsabilidad o lo que sea.
—Lo entiendo.
—…
—…
—Es que yo sé, porque soy entrenador, que hay otros entrenadores que desde que tienen 8 años les dicen a los críos: «O el balón o el tío, pero los dos no pasan».
—El mundo es muy competitivo… ¿Capitalismo humano?
—Me da igual. ¿Sabes lo que digo?
—Te lo digo en serio. A ti te echarán a la calle porque tus jugadores no son competitivos.
—¡A la mierda la competición! Soy responsable de educar personas.
—Sí. Pero ¿quién te lo va a agradecer? Eres un idealista.
—Como tú.
—Yo ahora estoy en el otro lado… Además, la verdad ya no existe.
—No es solo que no exista la verdad, es que no existe mi verdad ni tu verdad.
—Existirá una… multiverdad o algo así.
—Ya pero «Llueve» y «No llueve» al mismo tiempo es un poco raro…
—¿A lo mejor puede «Mediollover»…?
—No me jodas, mediollover es llover.
—Ya. Es verdad, coño.
—Pos eso.
—Bueno. ¿Seguimos remando que no llegamos a Sicilia?

lunes, 12 de diciembre de 2016

Pienso, luego sufro


Pienso, luego sufro

Paula Giménez Martínez, 3º ESO



Llueve, llueve, llueve como si las nubes sintiesen su dolor, como si las calles de Berlín fuesen su alma, la cual poco a poco va pisando, despedazando, mojando y destruyendo.

¿Que por qué está así? Es muy sencillo. Piensa, piensa demasiado, es inteligente y ve cosas que la gente no ve. Ve la pobreza, ve la destrucción, ve el hambre, la guerra, la hipocresía, la maldad; ve cómo el mundo va poco a poco siendo destruido por seres que la necesitan para vivir. ¿Tendría algún sentido quemar tu propia casa? ¿Y romperla? ¿Tendría algún sentido ir poco a poco destrozando las paredes? No, no lo tendría; entonces ¿por qué, por qué los humanos maltratamos tanto el mundo que nos da la vida? ¿Por qué? ¿Por qué no pensamos?

Por eso sufre, y es que no entiende por qué.

Y lo peor es que no es algo ajeno, es algo que sucede en su propia vida, ¡en su propia casa! Su madre tira las colillas al patio de su casa, su padre deja la basura al lado del cubo, ni se molesta en meterla dentro; y sí, pueden parecer cosas simples, mundanas, pero ¿y si no fuese así?, ¿y si cambiasen las cosas? Siempre que lo piensa sus ojos se iluminan y la esperanza llega y empieza a ver las cosas buenas. Por la lluviosa calle de Berlín parece que algo resurge de sus cenizas y comienza a ver cosas buenas, pero siempre, siempre, siempre ocurre lo mismo, la tragedia llega, los pensamientos resurgen y todo porque alguien, hombre o mujer, niño o niña, tira algo al suelo: un cigarrillo, un papel, ¡incluso un chicle!, y la desesperación renace y vuelve a su angustia.

Continúa andando en busca de alguien, alguna persona que le salve de esta amargura que le come por dentro, pero no hay nadie, nadie que pueda salvarla de la realidad.

Entonces se detiene un momento y piensa, sí, piensa más y se pregunta: ¿por qué ahora?, ¿por qué antes no se daba cuanta de estas cosas?

En su niñez todo estaba bien, no pasaba nada si la gente hacía cosas malas, nunca pasaba nada, todo era perfecto y… ¿por qué ahora?, ¿por qué sufre?, ¿se habrá explotado la perfecta burbuja en la que vivía? Eso parece…

Y ¿cómo es posible que nadie más lo vea?; espera, ¿nadie más lo ve? La locura llama a su puerta y no puede más, no aguanta más. Va a explotar de un momento a otro, entra en un bucle, lo mismo de siempre, y tiene que gritar, lo tiene que soltar, y…

Grita.

De repente la calle tranquila de Berlín se gira a observarla…

¿Cómo puede ser que con tan solo 15 años vea las cosas tan obvias que la gente ignora?



domingo, 4 de diciembre de 2016

Historieando


Historieando
La niña lluvia

Desde que extravío pelo me acaecen elementos asaz rarunos.
El otro día troto al banco y me dice el fiscal:
—Con la venia, cuarto y mitad para el coto privado de caza.
Yo, pasmado y empayasado, decido abrirme camino con mi kayak hasta mi siguiente rupestre. Pero, mientras mis músculos prosperan a golpe de estado, pedaleo casi sin dormitar antes de encumbrar el quinto elemento, donde el asfalto ya no crece ni multa ni permuta. Era el momento exacto y primigenio de aclimatar todos mis papeles, así que pedí ayuda a un submarinista cojo que conocí siguiendo sus huellas. ¡Oh, qué época aquella en la que los políticos dejaban huella! ¡Los aquelarres de antes sí eran aquelarres!
Venerando tierras salvajes fui a parar al hogar del mecánico para que me cambiara el aceite.
—¿Puedo cambiarle el aceite mientras escruta mis paredes?
Le respondí que sí y solo si tenía el B1 de chulapo de barra fija. Me trajo 2 cubatas mal ordeñados y desfiló ante mí, ebrio de hebras de azafrán y otros objetos como leones y pingüinos dorados al sol. Al son de mi burbuja dupliqué la pantalla, pero no logré que saliera queso. El queso es bastante difícil de desatascar. No lo hagan en casa ni en las paredes más recientes. Es una exhortación.
Los límites de mis meninges se atrofiaban a mi entorno. ¡Nunca supe encender al camarero!, así que le pedí el menú y la cuenta. Más que nada, todo. Cuando llegó a mi mesa me ofreció una tarjeta de crédito, así, por la boca, por la calle, sin metro ni nada, vino de golpe, Ribera, creo. Sentí aquello que enfría, no recuerdo ahora mismo su inválido nombre, pero seguro que estaba allí, acechándome mientras yo policiaba con todos detenidos. A lo mejor ya habían tenido sobresaliente. Les dije:
—¡Deténganse!
Registré sus escandalosos agujeros del pantalón violáceo, hurgando cada herida hasta supurar conciencia. Era todo bastante férreo y afectado, como una nube plantular o algo como ello. Estaba todo museado, rezumaba un estilo perturbador y glosario, distinguiendo golfos y cabos, mares y océanos, centenas y centenos. Os aseguro que habría estrangulado su ociosidad si, en un momento prestado, hubiera necesitado su presencia o, como querría decir después, su esencia.
Las marcas aseguraban que podría haber primarias y, destapando el Nobel, pudimos viajar por navidades esbeltas, diseñadas por carteristas y ogros de sofá y puro, también café, un café lynchiano, ese que se babea además de sorberlo. Su cara se heredó de unos a otros, sobre todo en los domesticados. Savia de ti y de mí, que se desbordó durante años en canales espesos y metálicos. Ellos no lo saven, pero suponía varias semanas de arduas vacaciones gratuitas, aunque las pagaran de antemano, no sé si como las facturas duras y enaguadas.
Su madre telefoneó un rato:
—5 y 4.
Y esperó durante 5 años la llamada. Nunca llegó. Internet no estaba en el mercado abatible. Los cerezos en flor eran machacados en Mordor por su color. El color a queso a veces lo es todo. El barco era lo típico y yo eso no lo quería hacer. Me iba a Noruega en diciembre y ya no quería poner más. El censo era el máximo responsable y no quería poner más.
Mi kayak se estropeó antes de enviar nombre a Oslo, a la que yo mismo bauticé épicamente. Y, sin que el desdichado trajee su traje, balconamos instintos y entumecimientos baratos, a veces ayeres.
—¿Dijiste a?
—No, pero todavía sí.
Eso fue nada, ilustre destinatario. No compartí chasquidos sino congelaciones barias.
Y solo una flor me enseñó a pescar.
Una flor...

viernes, 18 de noviembre de 2016

Solo puede quedar uno o ¿Quién es peor?


Solo puede quedar uno o ¿Quién es peor?
Eva Tacazo

El tipo caminaba cansado, con una mochila resbalada en su espalda y con la dejadez de un joven de 33, harto de ver el mundo en blanco y negro, que cruza con ansias la semana de duro tajo, sábado por la mañana incluido, para agarrar cuanto antes el sofá y esperar de su madre un plato de comida para chuparse los dedos.
Venía en mi dirección y a la altura de mi triste figura sacó las llaves de su casa y gritó:
—¡Eh, capullo!
Me giré y vi cómo se dirigía a un traje con corbata, gafas, poco pelo, que salía de la puerta a la que el operario se dirigía. Aquel no le contestaba así que volvió a la carga:
—¡Eh, capullo!
Al principio me sonó a aquello de «¡Eh, capullo!, ja, ja, ja, ¿cómo estás?, ¡cuánto tiempo sin verte!». Pero había algo muy chiquitito en su tono, apenas se percibía, y que sonaba más bien a «¡Eh, capullo!, ¡te voy a reventar!». Seguí mirando y añadió:
—¡Hijoputa! ¡Deja de insultar a mi madre cuando te la cruces o te mato, cabrón!
El traje seguía caminando de espaldas. No se giraba. Pero caminaba con titubeo, con ademán de detenerse, hacía algo raro, pero no se detenía.
Yo estaba a punto de volver a mi viaje espacial hacia la copistería para imprimir el pase al B1, cuando el traje con corbata se giró a lo Burt Lancaster, alzó el brazo a lo Samuel L. Jackson y empuñó su móvil contra el otro, con la cámara activa, mientras gritaba:
—¡Repítelo! ¡Vamos!
Se acercó a su enemigo cada vez más. Se había transformado en un superhéroe. ¡Móvilman!
—¡Repítelo y te denuncio! ¡Vamos, que ya está viéndolo la policía!
El otro se quedó callado, mirando fijamente la pantalla y siendo consciente de que si no contenía su bravura acabaría entre rejas, y tardaría mucho en volver a probar la paella de su madre.
—¡Venga, repítelo si tienes huevos! ¡La policía te va a ver!
El currela examinaba a lo Clint Eastwood, con los ojos entornados y maldiciendo por dentro; pero no tenía la serenidad del vaquero. Tampoco llevaba rifle. Y en ese momento el traje amplió:
—¡Repítelo! ¡Repítelo, cobarde de mierda!
¿«cobarde de mierda»? —el agredido muta en agresor—. Fue entonces cuando todo se me cayó abajo, cuando dejé de empatizar con el traje, y con su corbata, y con su calva... Fue entonces cuando desprecié a móvilman, al hombre que antes había inmovilizado a su enemigo, a su acosador.
Ahora que se sentía fuerte por empuñar un móvil, el arma definitiva contra el malhechor, ahora era cuando se percibía al verdadero Traje. Antes era la víctima. Ahora el verdugo. Le provocaba, buscaba alterarle para que cometiera un error y toda la furia policial y judicial cayera sobre su vecino.
Me giré totalmente desalmado. Una vez más, el mundo superaba la ficción.